Aquellos días de octubre de 1962
Niko Schvarz
El filme proyecta uno de los focos de esa tensión, la prevaleciente en el interior de la Casa Blanca, entre el presidente John Fitzgerald Kennedy, su hermano Robert, más un asesor ultradimensionado y quizá invención pura (Ken O’Donnell, representado por Kevin Costner, recurrente en la filmografía sobre JFK), de una parte, y de la otra los pesos pesados del Pentágono, la secretaría de Defensa, la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional, que a toda costa y sin el menor escrúpulo procuraban imponer la invasión a Cuba, aun a riesgo de desencadenar la tercera guerra mundial. Cada uno de los integrantes de estos dos campos se mueve en trayectos previsibles y con escasos matices, excepto la figura de Robert Mc Namara.
En realidad, «13 días» revive apenas una entre la sumatoria de profundas contradicciones superpuestas en aquel transcurso complejo, en aquel «momento estelar» –según expresión de Stefan Zweig– en que pudo haber cambiado la historia: la prevaleciente al interior de la estructura de gobierno de los Estados Unidos. Aparece al soslayo, en un segundo plano, otra: la que enfrenta, en un mundo bipolar bajo la impronta de la guerra fría, a la principal potencia imperialista con la Unión Soviética. En ese ámbito están plausiblemente delineados tanto Adlai Stevenson en su enfrentamiento con V. Zorin en el Consejo de Seguridad como Bob Kennedy en su entrevista en el Departamento de Justicia con el embajador Anatoli Dobrynin.
Lo que no está siquiera insinuado es la otra zona de contradicciones, que llegó a picos muy altos de tensión: la que oponía a Nikita Jruschov, que negociaba con Estados Unidos directamente y sin consultar a los cubanos, con Fidel Castro, defensor intransigente de la soberanía de su país y dispuesto a sobrellevar con su pueblo todas las consecuencias que ello pudiera deparar. Este es el clima que respirábamos aquí con mayor angustia en aquellos días inolvidables. Desde nuestro trabajo en la prensa diaria nos comunicábamos permanentemente con la isla, y advertíamos al toque la sustancial diferencia de enfoque y evaluación de los líderes cubanos (como Carlos Rafael Rodríguez, entre otros, consultados en cada giro de una situación extraordinariamente inestable y tornadiza), con lo que aparecía ante el mundo como la posición del gobierno soviético. Recordamos en particular las intensísimas gestiones desplegadas en representación de éste por Anastas Mikoian, que ni siquiera se movió de La Habana cuando falleció su esposa en Moscú. Posteriormente oímos de labios de compatriotas que estaban trabajando en Cuba desde el comienzo de la revolución, relatos estremecedores (que tradujimos en extensas notas periodísticas) sobre cómo vivió esas instancias el pueblo cubano, con el arma al brazo y sin pegar los ojos, dispuesto a dar la vida en defensa de su patria y su revolución, como ya lo había hecho en Playa Girón, cuando Fidel Castro proclamó el carácter socialista de la revolución amanecida el 1º de enero de 1959.
Al cabo de esas dos semanas de pesadilla surgió una solución que evitaba la tercera guerra mundial, y un inmenso suspiro de alivio recorrió el planeta. Los soviéticos retiraron los misiles, Kennedy se comprometió a no invadir Cuba y –bajo cuerda– a retirar los cohetes de Turquía, sobre las fronteras de la URSS. El balance principal fue entonces que se había salvado la paz mundial y que Cuba seguía adelante en la construcción del socialismo, como primer país socialista de América Latina. Esa fue también la conclusión que extrajimos muchos de nosotros, no todos. A su modo, el Kennedy de la película dice algo similar. Cuando al final todos vienen a la Casa Blanca a festejar –y no falta ninguno, incluso los más desaforados guerreristas que allí mismo se la juraron al presidente– éste deja caer meditativamente esta sentencia: «Ellos también triunfaron».
Esta escena se enlaza con aquella en la que, frente a las presiones exacerbadas de los mandos militares, Kennedy les recuerda sobriamente, como al pasar, las ilusiones que pretendieron venderle en ocasión de Playa Girón, y lo que pasó después.
Así se va reconstruyendo esa dramática secuencia cronológica en sus conexiones internas (que conectan esta película con «JFK», también con Kevin Costner en papel de relieve). En abril de 1961, la agresión armada en Bahía de Cochinos, cuando también se quiso llevar a Kennedy a la guerra total, y que el pueblo cubano hizo papilla en menos de 72 horas. Luego, en agosto del mismo año, la conferencia del CIES, el Che en Punta del Este y Montevideo, el lanzamiento de la Alianza para el Progreso como gran maniobra diversionista. En enero de 1962, la Conferencia de Cancilleres americanos en San Rafael y la compra de votos por parte de EEUU para expulsar a Cuba de la OEA (la película muestra a Kennedy ordenando al secretario de Estado Dean Rusk que fuerce a cualquier precio una votación unánime en el organismo interamericano). En octubre de ese mismo año 1962 (y no en 1963, como se dijo con error reiterado en nota anterior sobre «13 días») la crisis de los misiles. Ahí ya quedó larvado, como sugiere el filme, la gran conspiración de la ultraderecha mafiosa, de la gusanería concentrada en Miami y de miembros conspicuos de la cúpula militar, que no le perdonaron a Kennedy y habrían de conjurarse para asesinarlo en Dallas el 22 de noviembre de 1963, como se exhibe en «JFK», precisamente.
Compartí tu opinión con toda la comunidad