Antonio Larreta en escena
Jorge Arias
Nadie es profeta en su tierra, y Antonio Larreta lo demostró con sus realizaciones y triunfos en España, tanto como China Zorrilla con su consagración en la Argentina.
Pero hay un impulso irrefrenable por intentar ser profeta en la tierra propia, en el medio, no siempre fácil, que nos vio nacer. Una misión ardua, porque se conocen y recuerdan los comienzos, las vacilaciones, los pasos en falso y sobre todo los tropiezos, que siempre existen.
Por esto, porque hay todo un Larreta de los muchos que lo componen, que se ha desarrollado fuera de nuestra vista, algo así como la otra cara de la Luna, nunca podremos ser plenamente conscientes de quién tenemos delante cuando vemos avanzar hacia el centro del escenario a este hombre tan maduro como apuesto y de una mirada vivaz e inquieta como la de un adolescente, de una elegancia mundana, un tanto casual, cuyo aspecto artístico aparece sólo lateralmente en la predilección de Larreta por las chalinas, sus graciosos movimientos, sus efectos plásticos de claroscuro.
Larreta actúa también con tanta discreción como si, paradojalmente, su presencia en el escenario pudiera pasar inadvertida; como si pudiera actuar de incógnito, anonimato que homenajea con un ocasional antifaz, todo ello bajo el alias del Antonio Larreta actor, leve capa que cubre a un complejo universo.
Así, habla en voz baja, con buena dicción pero casi entre dientes, en un tono conversacional, casi íntimo; y dirá los poemas que ha elegido como una confesión velada de sus simpatías y diferencias. Se mueve con naturalidad, como si estuviera entre amigos cercanos; cada tanto parece rememorar que está en un escenario y que hay un público que ha ido a verlo, y entonces alza la voz, ronca y con vibración en las notas bajas, y reaparece el actor que conoce a la perfección sus medios y sus efectos.
El espectáculo se integró con canciones a cargo de Cristina Fernández, que se alternaron con los poemas que recitaba Larreta, quien también tuvo a su cargo inteligentes comentarios y curiosas anécdotas. Pero no hubo una obra conjunta, una fusión de ambas artes.
Aunque en algún momento, y en particular al final, se insinuó una interacción entre ambos artistas, Amor: sol y sombra fue, como suele ocurrir, un espectáculo intercalado en otro espectáculo. Fue un recital de poemas por Larreta trenzado laxamente con un recital de canto de Fernández.
La vinculación de las partes por el tema del amor fue demasiado tenue y vago para servir de argamasa a un edificio único, y ni siquiera se intentó agrupar los fragmentos por subtemas, como podría ser la muerte del amado, la separación, el amor lejano, aún «el amor que no osa decir su nombre», que en la noche del jueves estuvo presente, aquí y allá (García Lorca, Auden, Arbeleche), con la misma reserva y discreción que signó a todo el espectáculo.
Como recitador Larreta adoptó, como siempre, un criterio muy personal. Algunos poemas fueron dichos en el tono de la conversación, como Farwell de Neruda, lo que no pareció convenirle; otros fueron declamados muy adecuadamente y con precisos gestos, como Fuera locura… de Líber Falco; otros en un tono pasional, como el poema Blues funerals de Auden, pero fuera de las cadencias corrientes del verso. En ninguno de los poemas se intentó llegar, como podría haberlo hecho Larreta, a esa zona intermedia, a esa voz suspendida entre el habla llana y el canto, que corresponde a un arte también en suspenso, esta vez entre sonido y sentido.
La voz de Cristina Fernández es, como su presencia, exacta, cuidada, blanca. Apenas la vimos sonreír, y todas las canciones de todos los países que su garganta recorrió, tuvieron el mismo buen gusto, análogos ritmos y similares acentos: del fado portugués al bolero y a la milonga, de la canción española a la mexicana, todo sonó en nuestros oídos de un modo semejante.
No hay en sus canciones ni drama ni pasión, aunque el tema lo diga; se diría que no hay música en el mundo que pueda sacudirla o desarticularla. Ni siquiera concebimos música alguna que pueda despeinarla.
Amor: sol y sombra, de Antonio Larreta, sobre una idea de Carlos Arbeleche, con Antonio Larreta y Cristina Fernández. Guitarras de Ana Inés Zeballos y Facundo Fernández Luna, vestuario de Cristina Fernández de Oscar Alvarez , vestuario de Antonio Larreta de Gabriel Muto, iluminación de Adán Torres, espacio escénico y dirección general de Carlos Arbeleche. En Teatro del Centro Carlos Eugenio Scheck, estreno del 10 de mayo.
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