El teatro irreal
Jorge Arias
Así sucede con la de Poeta en Nueva York, obra que dispuso de una encargada de «estética» (Paula Villalba), como si la estética no fuera necesaria a todos los participantes de una puesta en escena y pudiera confiarse a un especialista, como el técnico de iluminación o el peluquero; también nos enteramos de que la «Danza teatro», entidad misteriosa que no sabemos a qué alude, porque Poeta en Nueva York no la contiene, es aquí la obra de Valeria Pasina. Pero la perla negra es el «Taller de creatividad vivencial» con que contribuye Mirna Frascarelli. Nos asombra, ante semejante despliegue de especialización, cómo pudo arreglárselas Shakespeare sin esos imprescindibles adminículos.
Pero, naturalmente, el arte sólo puede juzgarse por los resultados; y aquí, como sucede en general, la multiplicidad de especialistas en temas tan graves no conforman una unidad artística. No advertimos la razón de haberse elegido un libro de poemas de Lorca, y no una de sus obras teatrales, pero aún dentro de la poesía sorprende la elección de Poeta en Nueva York: son poemas que rehúyen el recitado, y en general se dicen en fragmentos mientras el público espera el «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías». Poeta en Nueva York es un libro de poemas de difícil lectura, de impenetrabe unidad (a diferencia, por ejemplo, del Romancero Gitano) y a menudo sobrecargado y divagador. Se plantea con Poeta en Nueva York el mismo problema, y por parecidas razones, que se plantea con Así que pasen cinco años y El público.
Es una obra que requiere un director audaz que explique todo con una sola idea, por ejemplo a partir del casi confesional «Doble poema del lago Edem»: pero aquí la adaptación de Fernando Gallego, formal y austera, no cumple ninguna de dichas exigencias.
La puesta en escena se limita a un entretejido de poesía con coreografía cuyo sentido no es claro. La coreografía es elemental y no va más allá de lo que puede verse en una clase de gimnasia, reclama de los actores movimientos rígidos y expresiones en blanco, como de estupor.
La música es incongruente con Lorca y el recitado fragmentario evidenció, quizás con la excepción de Alvaro Ricciardi, dificultades de dicción en los actores. Se recita a veces y por partes, algunos poemas de Poeta en Nueva York; pero de pronto irrumpe Mariana Pineda, bordando la consabida bandera de la libertad y, si no oímos mal, hasta un fragmento de «La canción del pirata» de Espronceda, cuya relación con García Lorca, con Nueva York o con la poesía no habíamos advertido hasta hoy.
Como siempre, las condiciones materiales y técnicas del Teatro Victoria empeoraron el espectáculo. Acústica imposible, tétricos espacios vacíos, ladrillos a la vista que nada significan, luces espectrales.
La impresión final es la de haber presenciado un rito de una extraña secta gimnástica que invoca a Lorca como podía haber invocado a Joffré Rudel, y que no hubiéramos comprendido peor si se hubiera expresado en indi o en pali.
POETA EN NUEVA YORK, de Federico García Lorca, en versión teatral de Fernando Gallego, con Alvaro Ricciardi, Silvina Garay, Estela Quartiani, Lourdes Arce, Fernando Gallego, Beatriz Aquino y Pepe Ramallo. Iluminación de Martín Blanchet. Dirección de Fernando Gallego.
Compartí tu opinión con toda la comunidad