Segundo Festival del Mercocine

Una mirada abarcadora

El Festival se abrió con la impactante realización de Marcos Bechis, Garage Olimpo, un filme imposible de «disfrutar» –como advirtió el actor Enrique Piñeiro–, en el sentido literal del término, debido a su corte frontal sobre torturas y violaciones a los derechos humanos que el largometraje registra a propósito de los años siniestros de la dictadura militar argentina. Luego, esa crudeza testimonial dejó paso a cierta ternura intimista con El mismo amor, la misma lluvia, del argentino Juan José Campanella (Ni el tiro del final), un cineasta que reside en los Estados Unidos y ha conquistado diversos premios Emmy.

Con singular habilidad para evitar el trazo sentimentaloide, Campanella reconstruyó una historia de desencuentros amorosos a lo largo de veinte años y a bordo de un contexto que incluía un grupo de periodistas editando una revista farandulera muy parecida a las que cuelgan de los quioscos hoy en día. Con un impecable Ricardo Darín en uno de sus mejores momentos actorales, el filme gustó (y emocionó) al público asistente como profetizando un interesante éxito de taquilla en caso de posible distribución comercial a nivel capitalino.

Otro posible taquillazo puede resultar Sexo, pudor y lágrimas, del mexiacano Antonio Serrano: una tragicomedia desenfadada que rompió los tabúes convencionales sobre el machismo azteca a carcajada limpia. También Santitos, de Alejandro Springali –otro representante del territorio mariachi–, logró jugar con la explosiva química del sexo y la religión con buen tino para concretar sonrisas reflexivas y hasta un espacio para la polémica entre panegiristas y detractores.

En igual situación de divisiones críticas se ubicó Mauá, o imperador e o Rei, de Sérgio Rezende (aburrida para unos y épica para otros); Orfeu de Carlos Diégues (Bye Bye, Brasil), que no logró sortear comparaciones con la producción de Marcel Camus y la realización argentina Silvia Prieto del argentino Martón Rejtman. Absolutamente delirante, la historia de esta protagonista propuso un absurdo similar al de Leo Maslíah y marcó una suerte de enfrentamiento generacional entre cronistas especializados (con calificativos que oscilaban de «espantoso» a «excelente»). Rejtam, un interesante novelista con varios cortometrajes en su haber (además de Rapado, su ópera prima), parece ubicarse entre esos inevitables parricidas culturales que todavía están en una etapa de experimentación. En fin.

Menos problema suscitó Buena Vista social club, el documental de Wenders (El amigo americano, Las alas del deseo, El estado de las cosas), sobre un mítico grupo de músicos cubanos en gira por los Estados Unidos. Aquí los elogios resultaron unánimes y tanto público como crítica tuvieron la oportunidad de acceder –en forma prematura– a una realización que muy posiblemente se quede con la estatuilla del tío Oscar. Algunas decepciones estuvieron marcadas por producciones relativamente intrascendentes como la argentina Río escondido, de Mercedes García Guevara; la ridícula No coraçao dos deuses, de Geraldo Moraes, (a pesar de la participación de Antonio Fagundes, el rey de los teleteatros) o la insulsa A hora mágica, de Guilherme de Almeida Prado, un filme bien fotografiado (y nada más), sobre el cuento de Cortázar titulado Cambio de luces o Borges, los libros y las noches, semidocumental con fragmentos ficcionados realizado por Tristán Bauer que pecó de solemnidad y distanciamiento con la platea mientras la humilde Por trás do plano, de Luis Villaca lograba otros niveles de adhesión más subrayados y El mar de Lucas, ópera prima de Víctor Laplace, no pasaba de ser un producto tan prolijo como discreto. Las expectativas, en cambio, se centraron en El coronel no tiene quien le escriba del promocionado director mexicano Arturo Ripstein (Profundo carmesí); un filme basado en el famoso texto de Gabriel García Márquez que no pudo superar la etiqueta de teatro filmado para lucimiento superlativo de Marisa Paredes y Fernando Luján en los roles protagónicos.

Algo lenta en su narración, la película de Ripstein tiene más prestigio a priori que logros en concreto, pero no deja de ser un respetable trabajo a tener en cuenta. Algo que también podría decirse del filme uruguayo La memoria de Blas Quadra de Luis Nieto, dignísima producción autóctona que representa todas las virtudes y posibles pecados de la idiosincrasia nacional con su buena cuota de uruguayeces nostálgicas, tiempos moderados y una estupenda labor de Margarita Musto y Antonio Larreta que pone algunos puntos sobre las íes. Pero sobre este filme (y sobre Mi querido hereje, de Hermes Millán, exhibido en video fuera de programa), vale la pena hablar más extensamente en otra oportunidad. Hasta el año que viene, Mercocine.

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