La chica de Barcelona
Basado en hechos reales –que la periodista María Urruzola dejó al descubierto años atrás y recogió posteriormente en un libro titulado «El huevo de la serpiente»– nuestra cineasta Beatriz Flores Silva logra una historia de gran precisión y hondo dramatismo. Para recomendar sin más vueltas.
Se sabe que el filme ha sido fruto de un proceso de largo aliento pero el resultado final bien valió el esfuerzo. Beatriz Flores Silva –quien logró otro mojón para el más grato de los recuerdos con el video Pepita, la pistolera— retoma aquí su veta de denuncia social, basada en hechos verídicos, con claras muestras de idoneidad narrativa e indudable solvencia en el manejo de actores.
La historia verídica es bastante conocida por todos y alcanzó en su momento las primeras planas de diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Una vasta red de trata de blancas, que literalmente secuestraba a sus pupilas en Italia (aquí se convierte en España, más concretamente, Barcelona), fue puesta al descubierto a través de una trabajosa investigación periodística que llegó a perder distancia de ese infierno tan temido para rescatar a una joven mujer obligada a ejercer la prostitución en el Viejo Mundo.
Con este candente material en sus manos, Flores Silva (que recicló lo estrictamente verdadero con bastante libertad) logra aquí un ejercicio cinematográfico pulido, de impecable factura técnica y una dirección actoral que sabe extraer el mejor perfil de individualidades tan disímiles como las de Mariana Santángelo, Silvestre, Josep Linuesa e, incluso, Marta Gularte.
No hay que subestimar, por cierto, la capacidad de esta talentosa compatriota, que logra decir varias cosas por su nombre, delatando un oficio propio de veteranos realizadores. Con un comienzo que puede impresionar tibiamente conectado con realizaciones argentinas, En la puta vida va creciendo en intensidad por mérito propio.
La película muestra y demuestra una innegable capacidad de conexión con un público que descubre reflejos e identidades auténticas, sin maquillajes ni retoques. Esto, de por sí, no es poca cosa.
Pero la directora va más allá con su propuesta y se atreve a pequeños lujos de producción mientras se apoya en las luces propias de actrices secundarias (como una descollante Andrea Fantoni o la no menos efectiva Graciela Gelós) y estipula un prolijísimo montaje que no tiene nada que envidiar a realizaciones internacionales.
Puede achacársele –es verdad– cierto desborde panfletario en los últimos momentos del filme, donde se recalca, a modo de arenga televisada, una crítica ya filtrada por todos los poros del largometraje. A pesar de este llover sobre mojado, que podría estar subestimando cierta percepción crítica del auditorio (y algunas esporádicas miradas «europeizadas» que hipercritican ciertas uruguayeces), no se produce un tropezón mayúsculo que empañe los logros fundamentales.
A la hora del balance, por suerte, la báscula logra inclinarse favorablemente para deleite de una platea que, al irse compenetrando con la historia, termina como aliada incondicional de un cine con el que se siente algo protagonista.
En un país cinéfilo por excelencia, la propuesta de Flores Silva comienza a poner algunas cosas en su lugar abriendo el juego para que otras producciones audiovisuales uruguayas obtengan su merecido espacio en el globalizado panorama de nuestros días. Enhorabuena.
En la puta vida (Uruguay/ Bélgica/ España/ Cuba). Año 2001. Dirección: Beatriz Flores Silva; Guión: Beatriz Flores Silva y Janos Kovacsi a partir del texto «El huevo de la serpiente», de María Urruzola. Fotografía: Francisco Gozón; Música: Carlos da Silveira. Con Mariana Santángelo, Silvestre, Josep Linuesa, Marta Gularte, Andrea Fantoni, Graciela Gelós y Augusto Mazzarelli.
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