El demonio nos gobierna
Un anciano (Bergman: Erland Josephson) invoca a un personaje (Marianne: Endre) que se corporiza en su alejado estudio cerca del mar. La invita a jugar un juego, que consiste en que recuerde la vez en que ella fue infiel.
Todo comenzó con una invitación del mejor amigo (David: Krister Henriksson) de su marido (Markus: Thomas Hanzon), que fue tomada a broma pero dejó el gusano de la tentación: «será divertido».
No lo será; una breve estadía en París y unas tardes de tensa relación provocarán cambios irreversibles en su vida y sufrimientos infinitos para ella, su marido y la hija de ambos. Y eso es sólo la primera capa del filme.
Todo hasta aquí habla de Bergman. El viejo tema teatral (Marivaux, Musset) en que la cuestión es decidir a quién se ha de amar. En el sueco, la incapacidad de comunicarse. El inexorable impulso a equivocarse (El demonio nos gobierna fue aquí el título de una de las primeras películas de Bergman). Pero también hay Bergman en la forma: el uso recatado del surrealismo, los primeros planos escrutadores, algunos símbolos.
Probablemente sea de Bergman la terrible visión moral: no importa la levedad de la falta, el culpable habrá de beber hasta el final los peores castigos, con la conciencia de merecerlos y un remordimiento no redimible. No importa siquiera que también hayan faltado contra ella.
Un concepto del protestantismo nórdico. El mismo que hizo que Bergman –el guionista– mantuviera viva su culpa durante décadas hasta confesarla de esta manera. Cuando se despide de su fantasma, ella de dice «nos volveremos a ver, en el teatro o en otro lado», como por ejemplo en esta película de Liv Ullmann.
Mientras los católicos se confiesan en secreto y quedan como nuevos, el vínculo directo de los protestantes con Dios alentó una tradición de autobiografías autocríticas, que dan cuenta a los hombres de lo que se ha hecho con la gracia.
Bergman alivia su dolor (Vergüenza fue título de otra de sus películas) encubriendo hasta el final la confesión propia con el cuento de la situación desde el punto de vista de la mujer.
Liv Ullmann aportó una dirección notable de actores, sobre todo de Lena Endre, que lleva el peso del filme con notable calidad. El relato de cómo explicó la situación a su hija (Isabelle: Michele Gylemo): una toma en primer plano de varios minutos, merece quedar en la antología de la actuación. Aporta una mano musical para pasar del gabinete del anciano a los lugares en que sucedió la acción y otra serie de detalles (el vestuario de Endre, siempre en los mismos tonos).
Ullmann aportó además cierto desprecio desde el inicio por el personaje de David; un alerta a las mujeres que dejan el hombre indicado por ayudar como madres al problemático; el énfasis sobre la situación de la niña; otra mujer que introduce una vuelta de tuerca al final redondeando una película en la que todos engañan. Añadido discutible.
La cinta comienza con una frase de Botho Strauss que explica que de todos los fracasos y accidentes de la vida, el que deja huellas más devastadoras es el divorcio.
Es una película lenta y sin demasiadas variaciones. Seguramente no recomendable para fanáticos de cine de siete mil trompadas. Pero dos horas y media es lo mínimo que lleva una confesión tan dolorosa. Tan de verdad.
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