"Interiores" de Woody Allen en el Teatro Circular: un homenaje a Bergman

En busca de las almas perdidas

Hay desencuentros, encuentros a destiempo, soledad de a dos, incomunicación, densos silencios y esa extraña vocación del hombre por la desdicha; inversamente, no encontramos ninguna de las marcas de fábrica de Allen: el humor, las bromas narcisistas, la fascinación por el absurdo y el sinsentido.

Pero pronto reconocemos los espacios comunes, la vida dentro de una burbuja, los ambientes cerrados, el exceso de intimidad con el silencio, el claustro materno, el autobloqueo de las parejas de Central Park West o Juventud, divino tesoro; todo lo que revela en ambos la falta de esa fuerza que sólo da la auténtica sabiduría y la auténtica originalidad.

Hoy, con sus carreras artísticas casi terminadas, Bergman y Allen dejan la misma impresión de que no han sido sino una mezcla de hedonismo, angustia y conformismo. Sentimos que Shakespeare, Esquilo o Balzac podían existir plenamente en un mundo de palafreneros y tahúres, soldados griegos y borrachos, buscadores de oro o marineros amotinados.

Pero ni Allen ni Bergman, dos hombres solitarios, pueden existir más allá de un área física restringida y de grupo selecto de admiradores; sobre todo mujeres. En sus obras todos o casi todos los problemas que suelen afligir a los hombres están previamente resueltos; pero ya nadie sabe cómo y por qué vivir.

Interiores muestra, tal vez sin quererlo, las virtudes y flaquezas de la burguesía: seres fuertes y hasta poderosos, pero frágiles y sobre todo vulnerables, acechados y torturados por los límites, por el destino del hombre fáustico, que quiere ser y hacer todo. Son plenamente conscientes de sus virtudes y defectos, pero padecen una radical incapacidad para hacerse cargo de sus vidas.

Así el padre (Walter Speranza) separado de su esposa Eve (Alma Claudio) proyecta una renovación por un nuevo amor, Pearl (Rosario Peyrou) con quien ha compartido un viaje por las islas del Egeo; choca con sus hijos y con su propia piedad para la esposa abandonada, a la que no quiere herir con el divorcio y nuevo matrimonio.

Eve forcejea con su depresión y sueña con abrirse camino en una segunda y desesperada carrera como decoradora, pero no ve nada que no sea ella misma y así busca y encuentra su fin. Renata, la hija poeta de éxito y ambiciones (Patricia Yosi), que recuerda a Sylvia Plath y Ann Sexton, casada con un escritor casi fracasado (Frederick, por Carlos Rodríguez), Flyn, la hija que emprende una carrera como actriz y que ha entrado en el vértigo de la autopista de Hollywood (Laura de los Santos), Joey (Marián Cáceres), la hermana que pasea sus dudas por el escenario mientras su marido Mike, un estudioso de sociología e intelectual de izquierda (Gustavo Didoné) prepara una tesis académica y hace caso omiso de las solicitaciones de su esposa.

Los personajes van y vienen, hablan y discuten, pero sus encuentros y coincidencias no van nunca mucho más alla de la epidermis, y el sexo es el único y el último lazo de posible unión.

Esta atmósfera de artificio, de mundo en segundo grado, aparece un tanto subrayada por la escenografía (Osvaldo Reyno), en base a elementos plásticos de formas a la vez irreales y familiares, en colores neutros.

Los personajes son reconocibles y viven como nosotros en casas con muebles, pero nunca sabemos bien dónde están ni qué son esos desniveles, esas superficies onduladas, esos muelles de donde vienen luces espectrales. El suicidio de uno de los agonistas ocurre en medio de una luz verdosa, como una desaparición en un escenario de David Copperfield. No obstante, poco a poco empezamos a conocerlos y cuando descubrimos que todos están a nuestra altura, que tienen defectos y virtudes semejantes a los que encontramos en nuestros interiores, cuando comprobamos que, felizmente, no hay en ellos ni héroes ni malvados, estamos dispuestos a comprenderlo todo o casi todo, y este vínculo con nuestra realidad produce un inmediato contacto entre el escenario y la platea.

Al fin, luego de que todo parece que se ha recompuesto pero es aún más inestable, cuando todas las ruedas han girado y todos los relojes marcan otras horas, nos preguntamos: ¿Y ahora qué? Y no encontramos más respuesta que el «Hay que vivir», donde Allen casi alcanza al «Il faut vivre, rien que vivre» o la fórmula de Santa Teresa «Cada día tiene su pena».

La realización de la obra es brillante.

El texto es siempre intencionado, inteligente, significativo, abundante en luces y sombras; no hay en él espacio alguno para el tedio o para el lugar común.

La puesta en escena de Sergio Lazzo, uno de nuestros más aplicados y estudiosos directores, es impecable en todos los aspectos. El movimiento de los actores en escena es diestro y sin efectismos; la claridad en la exposición de las escenas y la exactitud de su resolución son admirables; el trato del elenco y el diseño de la interpretación es tan ceñido que se ha logrado de cada uno de los actores lo mejor. Para un espectador que frecuentó al mismo teatro Circular hace ya muchos años, fue emocionante el reencuentro con la mejor Alma Claudio, que luego de uno o dos ensayos donde no llegamos a ver claramente a la personalidad de la intérprete que conocimos y admiramos en la década del 60, ha vuelto a la plenitud de sus facultades artísticas.

Interiores, de Woody Allen, por el Teatro Circular de Montevideo. Con Walter Speranza, Rosario Peyrou Gustavo Didoné, Carlos Rodríguez, Alma Claudio, Patricia Yosi, Marián Casares y Laura de los Santos. Escenografía de Osvaldo Reyno, luces de Hugo Leao, dirección de Sergio Lazzo. Estreno del 27 de abril, sala 1.

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