Hace cincuenta años moría Homero Manzi

Poeta de barrio y ciudad

Elevó, a todo lo largo de su creación literaria, el nivel de las letras de los tangos, para exponer con palabras sencillas, enriquecidas por matáforas estrictamente visuales, a los personajes y al paisaje de su tiempo.

Las luces amarillas de un almacén, las calles angostas con márgenes de zanjas, piba y glicina, fueye y malvón, la alta luna asomada sobre el raleado caserío, el blanco organito de ruedas embarradas junto con el perfume de yuyos y de alfalfa, han quedado perdidos en el recuerdo de días y de tiempos pasados. Sin embargo permanecen en los mejores tangos que se compusieron en la década del cuarenta, de la que Homero Manzi fue su figura emblemática a nivel poético.

Horacio Ferrer sostiene en «El libro del tango» un texto definitorio de su personalidad literaria: «Bastaría una obra de las calidades de ‘Sur’ para pintarlo entero. En esos treinta versos cantables caben su naturaleza de hombre de Buenos Aires; su amor por la tierra; su convicción de que lo tradicional es la fuente natural para la fisonomía de un pueblo; sus ideas de poeta; su estilo y su técnica de creador de canciones populares y la pauta de su fundamental gravitación literaria del tango.

En la contratapa de una de sus obras más conocidas –«Barrio de tango»–, Manzi confesará: «Los temas de mis canciones serán siempre recuerdos personales. Me resulta difícil escribir fantasiosamente».

Este tango, al igual que «Sur», son los recuerdos de su infancia y adolescencia cuando recién llegado de su pueblo Añatuya, en Santiago del Estero, a los nueve años arriba a la capital y concurre al colegio Luppi del barrio de Boedo.

Estos años de su vida lo marcaron para siempre, en un reportaje volvería a describir de esta forma a su barrio: «Desde la barranca de Boedo hacia el sur se presentía Pompeya y Puente Alsina con sus chimeneas y sus inundaciones; y hacia el norte el último pedazo de Almagro, escenario del payador José Betinotti, el muchacho zapatero que inventó, vaya a saber cómo, la primera canción de Buenos Aires. Y al otro lado Cochabamba arriba, las calles anchas y los árboles verdes y hasta retazos de alfalfares y quintas misteriosas. Y por San Juan, ganando al río el San Cristóbal bravo, lleno de mostradores y escudos de comités y de canchas de taba y de pedanas a cuchillo».

Para terminar diciendo: «Y a los cuatro rumbos, casas sin salas y corredores profundos y huecos, sembrados de vidrio y lata y de hombres traídos por lo mares y de mujeres con pañuelos atados a la cabeza y de muchachos argentinos que estaban fundando, sin saberlo, al hijo nuevo de la patria vieja.» Aquí está Manzi exponiendo su sensibilidad del paisaje barrial, pero rescatando, a su vez, a los seres de su tiempo con el respeto, que profesó toda su vida, para retratar las imágenes de quienes poblaban su barrio, identificando en sus versos, siempre, al hombre con su entorno.

 

El mensaje «manziano»

En una gran proporción de las creaciones de Manzi es posible encontrar un criterio nacional y popular de toda la cultura rioplatense. Milongas negras y candombes, porteñas y camperas, como diversas composiciones de otros géneros musicales muestran, también, la identificación del poeta con una influencia afro, rural y ciudadana. «Ropa blanca», «Negra María» y «Papá Baltasar», son candombes y expresiones afro-latinas.

Se percibe en varias de sus milongas un estilo con estética y rasgos que se encuentran entre los límites de lo rural y lo ciudadano, como gustaba hacerlo también Alfredo Zitarrosa. «Milonga del 900″, «Milonga sentimental» y en especial la meloncolía profunda del drama campero relatado en «Milonga triste», son algunos ejemplos.

Sin embargo, esa tristeza manziana es puramente rioplatense, como es la de Enrique Santos Discépolo, aunque con una notoria diferencia. Manzi deja, en el que lo escucha, una suerte de ánimo esperanzador. En lo suyo hay una pena con dulzura melancólica, poblada de un hondo contenido evocativo y romántico. En Discépolo se encuentra siempre un colofón y un calefón protestatario, dejando al que lo oye una sensación de actitud desalentadora, depresiva, que lleva al escepticismo, en una especie de calvario sin retorno.

 

Al margen del poeta

Su vida no estuvo sólo dedicada a la poesía, en sus años juveniles realizó una destacada labor como dirigente estudiantil y fue un activo participante, dentro de los cuadros del Partido Radical, enfrentando el golpe militar que derrocó al gobierno de Hipólito Irigoyen en el año treinta.

Escribió argumentos para varias de las más destacadas y recordadas películas del cine argentino: «Su mejor alumno», «Pampa bárbara», «Todo un hombre», «La guerra gaucha», «Donde mueren las palabras».

Junto con Elías Alippi, Enrique Muiño, Lucas Demare y Ulyses Petit de Murat funda el sello Artistas Argentinos Asociados. Apoyó la creación y fue presidente de Sadaic, la gremial de autores argentinos.

Trabajó como periodista en varias publicaciones.

Dictó conferencias sobre poesía en México y dejó varios textos sin musicalizar y otros que pensaba reunir en un libro que jamás pudo editar. Todo esto, en sólo 44 años de vida.

Falleció en el Instituto Médico Costa Boero de la ciudad de Buenos Aires un frío y ventoso 3 de mayo de 1951, destrozado por un cáncer que se le había diagnosticado en 1947.

El día que lo estaban velando su entrañable amigo Aníbal Troilo compuso, en su homenaje, una de las más bellas páginas que supo crear su talento musical: el tango «Responso».

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