Otras voces, otros ámbitos, otros códigos

Adiós Ayacucho narra la historia de un muerto, un «desaparecido» que vuelve por sus huesos que necesita recuperar para reposar en paz. Al comienzo, como es frecuente en materia de teatro popular, se encienden velas que aluden a la muerte; al fin, las velas se han consumido y el actor apaga las débiles llamas, con lo que sabemos que la obra ha terminado.

La historia de la reaparición de un muerto o de alguien que se cree muerto es un clásico del melodrama desde El conde de Monte-Cristo. En este caso, con alusión a la nueva identidad, el actor aparece durante casi toda la obra enmascarado, seguramente para destacar su nueva identidad de muerto-vivo.

La presentación en escena de un campesino víctima de una desaparición forzada tiene interés en sí misma, y no es poco mérito el coraje de Rubio Zapata al plantar en escena tan incómodo tema; pero, lamentablemente, aquí terminó el elogio. El resto de la bastante confusa novela de Ortega y la no muy iluminadora adaptación del director no plantea tantas perplejidades como la sorprendente interpretación de Casafranca.

El primero de todos es la determinación del sistema de actuación que se emplea. En primer lugar, casi ninguno de los gestos del actor tiene una relación con lo que dice que nosotros podamos comprender.

Podría ocurrir que esta contradicción sea deliberada, para señalar, con su inhumanidad, que quien habla y se mueve es un muerto, poseedor de sistemas expresivos distintos del que empleamos los vivos; pero si ello es así, no surge claramente del espectáculo.

En segundo lugar la dicción del actor es, deliberadamente, monocorde y como una mezcla de recitado con rezo o ritual; por lo menos debemos decir que en ningún caso se emplearon los cambios de ritmo, las diferencias de volumen o de proyección, las variaciones de registro a las que estamos acostumbrados, tanto por nuestros actores como por los que vienen de los países vecinos.

Adios ayacucho, adaptación teatral de la novela de Julio Ortega, por Miguel Rubio Zapata, con actuación de Augusto Casafranca y dirección de Miguel Rubio Zapata. En Teatro del Anglo, sala 1.

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