El triunfo de la dignidad humana en las catacumbas de la dictadura
En «Memorias del calabozo», el escritor y dramaturgo Mauricio Rosencof y el hoy senador frenteamplista Eleuterio Fernández Huidobro construyen un admirable friso histórico y documental, que retrata minuciosamente la rebeldía, el heroísmo y la resistencia.
El libro, que es una suerte de autobiografía de la tragedia, recrea la agobiante experiencia de reclusión de los ex guerrilleros tupamaros, en las catacumbas de la dictadura liberticida que asoló a nuestro Uruguay durante once largos años.
Esta edición aniversario de una obra de referencia que tiene ya un cuarto de siglo de publicación, replantea un necesario debate sobre la barbarie del terrorismo de Estado y sus desgarradoras secuelas.
La obra registra un prolongado coloquio entre Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, que fue grabado en más de setenta cintas y cuidadosamente compaginado, con un formato que mixtura la novela con el testimonio.
Este relato que impacta y remueve por su dramático realismo- corrobora la delirante paranoia de los carceleros que torturaron y humillaron despiadadamente a los presos políticos durante el gobierno autoritario.
El texto narra las peripecias de dos de los nueve rehenes de la dictadura, que permanecieron cautivos en condiciones infrahumanas en establecimientos militares de alta seguridad.
En 1973, pocos meses después de la ruptura institucional que inauguró el período más oscuro de nuestra historia reciente, nueve guerrilleros fueron sacados del Penal de Libertad y trasladados a diversos cuarteles del Interior.
La medida, que tomó por sorpresa a las víctimas, tuvo el propósito de transformar a los prisioneros en rehenes y así evitar eventuales operaciones de resistencia a la tiranía.
Los reclusos fueron divididos en tres grupos, uno de los cuales fue integrado por Rosencof, Fernández Huidobro y el hoy presidente de la República, José Mujica.
La modalidad de confinamiento, que naturalmente respondía a la lógica demencial del autoritarismo, fue el encierro a rigor, el aislamiento con prohibición de hablar y el intento por quebrar física y psicológicamente a los presos políticos.
La narración se inicia, naturalmente, en el momento que ambos presos fueron sacados por la fuerza y, sin mediar explicaciones, trasladados con destino desconocido.
Los autores restituyen la memoria de ese momento crucial de sus vidas, signado por la angustia, el temor y la incertidumbre por el desenlace del periplo.
Esposados, encapuchados, maltratados y ultrajados en su dignidad por los militares, los combatientes carecían absolutamente de certezas sobre cuál sería su incierto destino.
Cuando arribaron a la primera etapa de su tortuoso periplo, comenzaron a asumir la gravedad de la situación y el terrible tormento que les aguardaba.
«Si no los podemos matar, vamos a hacer que se vuelvan locos», afirmó tajantemente el responsable del operativo, poniendo en marcha una pesadilla que duró once años, seis meses y siete días.
El dantesco vaticinio se hubiera cumplido si las víctimas no hubieran tolerado lo intolerable. Lograron sobrevivir gracias a su fortaleza inconmensurable, a su inclaudicable rebeldía y a su intransferible amor por la vida.
El registro condensa una experiencia digna de las peores crónicas criminales del nazismo en la primera mitad del siglo y las atrocidades perpetradas por otras dictaduras latinoamericanas, durante los más oscuros tiempos de la represión.
Las técnicas de tortura se ajustaban naturalmente a los manuales de los servicios secretos norteamericanos que operaron en nuestro país durante ese oscuro pasado y a los lineamientos de la doctrina de la seguridad nacional, que era impartida por el imperialismo en sus centros de adiestramiento.
Sin embargo, la violencia homicida de los uniformados que estaban a cargo del trabajo sucio ordenado por el régimen, respondía también a la lógica del odio enfermizo a la población civil.
En ese contexto, los autores explican que el apelativo «pichi» con el cual se solía calificar a los presos políticos, era un término radicalmente despectivo que se aplicaba a todos los que eran identificados como «enemigos».
Queda claro que muchos de los soldados que participaron en la represión, no entendían bien qué estaba sucediendo ni por qué sometían a los prisioneros a los aberrantes suplicios.
Rosencof y Fernández Huidobro examinan la psicología de los oficiales militares, que, según sus rangos, exhibían diversas patologías de salvajismo y sadismo.
Aunque obviamente los subalternos cumplían las órdenes de sus mandos que estaba prohibido cuestionar y se ajustaban a los códigos de la disciplina militar, la ferocidad de los maltratos respondía a instintos asesinos de compleja interpretación.
Reflexionando permanentemente en voz alta, los guerrilleros, que recuperaron la libertad en marzo de 1985, reconstruyen detalladamente los perfiles más terribles de la violencia a la cual fueron sometidos durante esos once largos años de padecimiento.
El «Ruso» Rosencof y el «Ñato» Fernández Huidobro relatan detalladamente su tortuosa cotidianidad dentro de esas celdas claustrofóbicas, frías, húmedas y calcinantes en función de la estación del año, en las cuales apenas podrían moverse.
Virtualmente muertos de hambre, de sed y con la vejiga a punto de estallar por la imposibilidad de evacuar, las víctimas sobrevivieron como pudieron en condiciones absolutamente inhumanas.
Incluso, llegaron a beber su propia orina y a ingerir insectos, con tal de mantenerse con vida y no sucumbir al calvario al cual fueron sometidos por parte de los despiadados motineros.
Rosencof y Fernández Huidobro recuerdan la técnica que ambos emplearon para comunicarse y burlar los controles de los carceleros, que les prohibieron hablar y los condenaron al silencio compulsivo.
Los guerrilleros inventaron un código de golpes mediante los nudillos que sólo ellos conocían, el cual les permitió «dialogar» a través de las paredes de sus celdas y, mediante esta estrategia, aferrarse obsesivamente a la esperanza.
Los tramos quizás más conmovedores refieren a las esporádicas visitas de sus familiares a los centros de reclusión, durante las cuales los maltrechos reclusos eran obligados a sacarse la capucha y a exhibir sus rostros tatuados por el dolor y el prolongado sufrimiento.
Lo realmente admirable es el humor que ambos autores imprimen al texto, mediante la narración de algunas anécdotas bastante jocosas, que retratan gráficamente la grotesca psicología de los carceleros.
Los narradores recuerdan el trascendente rol que jugó la imaginación durante esta odisea. En efecto, la estrategia de los encarcelados era soñar despiertos con personas o situaciones que les permitieran evadirse momentáneamente de la pesadilla.
Esta historia real, que por su descarnado y contundente realismo supera a cualquier guión cinematográfico, es una verdadera crónica de la barbarie, el dolor y el sufrimiento.
«Memorias del calabozo» es una obra sin dudas de referencia de la literatura testimonial, que denuncia la salvaje represión de los criminales que ensombrecieron el horizonte de nuestra historia reciente.
El libro es también un auténtico himno a la rebeldía, la resistencia, el heroísmo, la dignidad y la entereza física, psicológica y ética de los protagonistas de la lucha contra el terrorismo de Estado.
(Edición de Banda Oriental)
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