Un agudo crítico a la prostitución del poder y la cultura consumista
El autor, que en el transcurso de su extensa carrera supo edificar una sólida identidad literaria, fue uno de los creadores más talentosos, significativos e influyentes de la era contemporánea.
Sus obras más importantes son: «Manual de pintura y caligrafía», «Casi un objeto», «Levantado del suelo», «Memorial del convento», «La balsa de piedra», «Historia del cerco de Lisboa», «El Evangelio según Jesucristo», «Ensayo sobre la ceguera», «La caverna», «El hombre duplicado», «Ensayo sobre la lucidez», «Las intermitencias de la muerte» y «Caín».
Su estilo, que mixturó la reflexión existencialista con una implacable mirada política, concitó siempre fuertes adhesiones entre sus apólogos y enconados rechazos entre sus detractores.
Sin actitudes ambiguas ni complacientes, Saramago desafió permanentemente a la prepotencia y la inmoralidad del poder, pero también a la cultura de la resignación desmovilizante promovida desde los púlpitos de las iglesias.
Su pluma fue una suerte de látigo, que laceró enérgicamente la cosmética epidermis de una sociedad domesticada y funcional al consumismo, al sistema de acumulación capitalista hegemónico y a la frecuente indiferencia ante la agresión imperialista.
Su proverbial y nunca negado ateísmo, que fue consustancial a su ideología marxista de siempre, transformó a José Saramago en uno de los autores de culto de la izquierda universal.
Fue novelista pero también poeta y periodista, con una impronta que lo distinguió por su acerado manejo del lenguaje y la estructura narrativa, su reflexión de vuelo filosófico y su adhesión a sus ideales libertarios.
De algún modo, su prédica tuvo su génesis en su propio origen pobre. Fue hijo de campesinos sin tierra, lo cual resultó determinante en la construcción de un discurso de denuncia al latifundio y en su solidaridad con los que menos tienen.
Esa peripecia personal, que compartió con su familia y con tantos otros trabajadores rurales explotados, marcó fuertemente el curso de su prolífica carrera literaria.
Su recordada novela «Levantado del suelo», publicada hace ya treinta años, es un buen ejemplo de su insoslayable compromiso con las penurias de los marginados, segregados y expulsados por el sistema capitalista que gobierna el planeta.
Obviamente, su ingreso al Partido Comunista en plena dictadura salazarista, fue una confirmación de su inclaudicable vocación revolucionaria y su militancia por la dignidad.
Las publicaciones de «Memorial del convento» y de «La muerte de Ricardo Reis» marcaron un crucial punto de inflexión, en una escritura que mixturó la intensidad poética y un acento narrativo de singular elocuencia.
Tras la edición de «La balsa de piedra e «Historia del cerco de Lisboa», la pluma de Saramago construyó otro gran hito de su producción literaria: «El evangelio según Jesucristo», publicado en 1991.
Este libro, que es sin dudas uno de los más polémicos de su extensa obra, generó exacerbadas reacciones de la Iglesia Católica, que consideró irreverente la osada reelaboración bíblica ensayada por el Premio Nobel portugués.
Su peculiar relectura contestataria del calvario de Jesús, que rompió con el mito dominante y el discurso complaciente del poder religioso, reafirmó, aún más, sus convicciones y compromisos.
La literatura de José Saramago tuvo también una dimensión alegórica, expresada, por ejemplo, en obras de la talla de «Ensayo sobre la ceguera», que fue adaptada al cine hace tres años por Fernando Meirelles, en un filme de escaso brillo y vuelo dramático, que corroboró la habitual superficialidad de la producción de la industria hollywoodense.
Esta ficción novelesca, que alude a un grupo humano que queda misteriosamente privado de la visión, es realmente una metáfora sobre la ceguera intelectual e ideológica de nuestro tiempo.
La pluma del escritor asumió entonces posturas más incisivas y filosóficas, con títulos como «La caverna», «El hombre duplicado», «Ensayo sobre la lucidez» y «Las intermitencias de la muerte», que fueron reseñados en esta sección de análisis literario.
En estos cuatro libros, el escritor cuestiona severamente a la sociedad de masas y al desenfrenado consumismo e interpreta los no siempre explícitos códigos del desencanto colectivo.
El autor se interpela y nos interpela, en torno a temas tan disímiles como qué consecuencias podría tener la ausencia de la muerte para el sistema capitalista y qué sucedería si una sociedad decidiera deslegitimar al poder mediante el masivo voto en blanco.
Su última novela, que reseñamos en octubre del año pasado, es «Caín», otro heterodoxa revisión bíblica, que fue escrita en apenas cuatro meses, como si su autor intuyera el inminente advenimiento de su muerte.
En este libro, Saramago aborda el Antiguo Testamento como materia de análisis, en un discurso literario que demuele deliberadamente muchos de los prejuicios instalados en el imaginario colectivo.
Mixturando la narración con el ensayo, el autor reivindica al presuntamente primer fratricida de la historia, fustigando, en cambio, a su supuesto creador.
El novelista y ensayista acusa a Dios de ser el responsable y el culpable de todos los males del mundo y redime al ser humano, más allá de eventuales culpas.
El personaje de Caín -símbolo de todo lo malo y lo grotesco para la religión judeocristiana- es humanizado por el escritor. En efecto, aunque es un fratricida, el protagonista de esta peripecia literaria es un ser solidario, contestatario y crítico de la injusticia, la violencia y la prepotencia.
Incluso, el premiado creador se permite impregnar a su relato de una fuerte carga de erotismo, sugiriendo, naturalmente, que la carnalidad es una práctica normal y despojada de toda eventual connotación desdorosa.
El 18 de junio de 2004, durante una teleconferencia en la cual participó LA REPÚBLICA junto a periodistas de otros quince países, José Saramago repudió las prácticas oligopólicas de la industria de la información, denunciando su «concubinato con el poder global». Su reflexión apuntaba a descalificar la obsecuencia del imperialismo mediático con las invasiones perpetradas por Estados Unidos en Irak y Afganistán.
El Premio Nobel denunció una «conspiración de mentiras» e instó a los actores políticos mundiales «a decir la verdad», sobre lo que estaba sucediendo en esos dos países agredidos.
«Hay que exigirle a los políticos que digan la verdad», afirmó elocuentemente Saramago, quien añadió que los pueblos están enfrentados a una «conjura de mentiras», en directa alusión a la guerra en Irak. «Durante dos años, se ha mentido sistemáticamente, porque hay un concubinato entre el poder y algunos medios masivos de difusión».
Con referencia a su libro «Ensayo sobre la lucidez», el narrador y ensayista criticó a las democracias devaluadas y a la recurrente tentación autoritaria del los regímenes deslegitimados por la corrupción y la indiferencia.
En su opinión, la humanidad estaba por entonces viviendo en una suerte de «burbuja democrática», afirmando que las soberanías habían sido literalmente pulverizadas y el poder real residía en los organismos multinacionales de crédito, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo.
Estas elocuentes definiciones retratan al José Saramago ideológico y comprometido con sus más acendrados principios éticos, que repudió a la prepotencia del poder y a la prostitución de los valores.
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