Ping pong: los conflictos de una familia burguesa fragmentada
Esos comportamientos ambiguos son también habituales en los núcleos ligados por vínculos filiales, donde los sentimientos están a menudo contaminados por la envidia y la mezquindad.
También se suelen suscitar cuadros de competencia intrafamiliar, originados por serios problemas de autoestima y hasta de identidades devaluadas por el entorno social.
La propia sociedad de acumulación capitalista hegemónica acentúa radicalmente esos instintos destructivos y autodestructivos, característicos de la exacerbación del individualismo.
En «Ping pong», el joven realizador alemán Matthias Luthardt construye una aguda radiografía de una familia burguesa sacudida por pasiones y sentimientos contradictorios.
El realizador, que es debutante, cosechó el Premio de la Crítica Joven del Festival de Cannes y, con apenas 34 años de edad, aflora como una de las grandes promesas del cine independiente de su país.
Salvando obvias diferencias, este filme tiene algo de la revulsiva estética y el simbolismo de la célebre «Teorema», del gran maestro italiano Pier Paolo Pasolini, porque indaga osadamente en las relaciones interpersonales de una familia que padece serias disfuncionalidades afectivas.
El personaje central de la historia es un adolescente de 16 años llamado Paul, que se va a vivir durante un tiempo con una pareja de tíos y un primo, luego de padecer una traumática pérdida: el suicidio de su padre.
Obviamente, esa dramática circunstancia lo ha devastado emocionalmente y se prepara para afrontar un duelo que no será nada fácil de procesar.
El arribo del joven promueve un fuerte impacto en una grupo humano consumido por la rutina y la inexorable erosión provocada por la convivencia. La primera reacción de los anfitriones un alto ejecutivo y una mujer bastante estricta y autoritaria- es de rechazo a la presencia del joven pariente.
En esas circunstancias, el adolescente padece inicialmente una traumática sensación de marginación, particularmente de parte de su primo, quien lo considera como una suerte de parásito.
El realizador alemán trabaja con la materia prima de las emociones de sus personajes, ensayando un crucial quiebre en el discurrir de la historia: un romance entre el joven invitado y su tía.
La ausencia por viaje de un esposo distante y el drástico cuadro de fragmentación familiar fomentan esa relación cuasi pecaminosa entre tía y sobrino, que tiene mucho de compartida experiencia de autorredención.
De algún modo, ambos buscan obsesivamente la salvación a través de un amor prohibido, para mitigar el devastador rigor de los flagelos de la soledad, la pérdida y desencanto.
La figura del primo también promueve otros conflictos, por sus crónicas frustraciones generadoras de angustia y su presumible competencia con el recién llegado.
El drama se desarrolla en un chalet virtualmente aislado, una suerte de paraíso artificial burgués que tiene explícitos signos de identidad social: un jardín con una mesa de ping pong y una piscina.
En ese contexto, el juego asume una dimensión claramente testimonial, porque simboliza el ir y venir de los conflictos subyacentes y de relaciones marcadas por la confrontación.
El talentoso Matthias Luthardt construye una historia mínima enfocada en cuatro seres humanos psicológicamente agobiados, donde afloran sentimientos ambiguos y contradictorios que originan una pesada atmósfera de violencia latente.
«Ping pong» es un desgarrador retrato humano, que reflexiona sobre el traumático dolor de la pérdida, el amor prohibido, el desamor y el más radical desamparo.
Ping Pong. Alemania 2006. Dirección: Matthias Luthardt. Guión: Matthias Luthardt y Meike Hauck. Fotografía: Christian Morohl. Música: Matthias Petsche. Reparto: Sebastian Urendowsky, Mario Mitterhammer, Clemens Berg y Falk Tockstroh.
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