En Cinemateca Uruguaya, dos ciclos con filmes de Atom Egoyan y Edward Wood
Desde hace unos veinte años, el egipcio de origen armenio nacionalizado canadiense Atom Egoyan se ha dedicado a provocar al prójimo a través de una serie de películas que han llamado poderosamente la atención al público y la crítica. Esta revisión recoge cuatro de esos filmes, justamente los que tuvieron estreno (y exhibiciones regulares) en Montevideo donde, incidentalmente, el descubrimiento se produjo a través de la Cinemateca en 1997, comenzando con Exótica, que fue una primera culminación de Egoyan y ganó el premio de la crítica en Cannes en 1997.
Sus dos filmes siguientes, El dulce porvenir y El viaje de Felicia confirmaron dos cosas: que mantenía sus calidades, y que inevitablemente se podían prever sus dificultades de ahí en adelante dentro de la industria. Sin embargo, Egoyan parece no haber caído en la trampa (no totalmente, al menos): su filme Ararat, sacude sus raíces armenias y confirma una fidelidad a un mundo propio a pesar de estar confeccionado dentro de los marcos del cine industrial, con despliegue de producción y estrellas de cierta fama, incluido el también armenio Charles Aznavour. La resurrección del tema armenio, ese genocidio tantas veces olvidado, otorga al filme un redoblado interés.
Autor teatral desde los 22 años, vinculado al cine desde los 19, Egoyan debutó como director a los 24 con Next of Kind. Recibió premios y varios elogios por Family viewing (1987), al que le siguió Speaking parts (1989). A las cuatro película que se exhiben y que constituyen una buena muestra del aporte de Egoyan, habría que añadir por lo menos otro más, The adjuster (1991), del que no existe copia en el archivo de la Cinemateca aunque puede conseguírselo en video. Se trata de un trabajo no menos personal donde una mujer, integrante de una comisión de censura, reproduce secretamente mediante una minicámara escondida en su bolso las secuencias que ella misma prohibía. Toda una provocación que puede costarle la independencia a un autor, claro, aunque el hombre no cede. También ha sido productor de no menos provocativos talentos ajenos, por ejemplo Guy Maddin. Hoy, a las 17.15, 19.15 y 21.15 horas se exhibirá Ararat.
Por otra parte, en Sala 2 se puede ver una monográfica de Ed Wood.
Los únicos que afirman que Edward Wood Jr. fue el peor director cinematográfico del mundo son los afortunados que nunca vieron Monstruos de Marte (Robot monster, 1953) de Phil Tucker. Reconozcámoslo, de todos modos: Ed fue realmente uno de los peores. Lo más sorprendente en su cine es su asombroso desparpajo, el entusiasmo con que lo encaraba y su absoluta carencia de autocrítica. Trabajaba con presupuestos paupérrimos y recursos conseguidos de cualquier manera, se permitía incluir en una película a un actor (Bela Lugosi) que ya había muerto y que debió reemplazar por otro durante buena parte del metraje, no le preocupaba que un plano fuera filmado de día y el contraplano correspondiente fuera una toma nocturna o viceversa, y escribió algunos de los diálogos más pomposos y risibles que se hayan oído jamás en un cine.
Curiosamente fue un abogado de la tolerancia y la «diferencia», canalizando su vocación por el travestismo en su «obra maestra al revés» (o al menos su filme más personal), Glen or Glenda, en una época en la que esos temas no se usaban en el cine. No hay que creer en cambio que su existencia real fue tan divertida (o al menos entrañable) como la pinta Tim Burton en la película que le dedicó, y que proporcionó una de sus mejores oportunidades de lucimiento a Johnny Depp. El estreno de Plan 9 del espacio sideral fue menos festivo de lo que se ve en la película, y Wood terminó mal: hundido en el alcohol y la droga, murió prematuramente tras dedicar sus últimas fuerzas al soft-porno y similares.
Había nacido en Poughkeepsie, Nueva York, el 10 de octubre de 1924, y murió en 1978. Actuó en teatro, escribió alguna pieza que no entusiasmó a los críticos y luego descubrió su vocación cinematográfica. Apareció en papeles secundarios en algunos filmes ajenos (Calles de Laredo, 1948, de Leslie Fenton; El Barón de Arizona, 1950, de Samuel Fuller) y luego salió a perseguir el sueño de la película propia. Este ciclo reúne tres de sus culminaciones (es un decir), además del biopic de Burton, que precisamente podrá verse hoy.
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