Karl Marx

La mutabilidad de los procesos históricos modificó los rasgos de la controversia. Hoy la dicotomía parece ser entre neoliberales y progresistas, aunque –contrariamente a lo que sucedía en el pasado– las bases del disenso residen en los modelos y no en las estructuras.

Sin embargo –paradójicamente– hay fenómenos que persisten en el tiempo con idéntico y despiadado rigor, porque son intrínsecos a la condición humana: la miseria, la pobreza, la injusticia y la desigualdad.

Como se advertirá, los «pecados» son los mismos. Sin embargo, lo que sí parece haber cambiado son los patrones de valoración y las terapias idóneas para combatir patologías sociales tan añosas como el hombre mismo.

De todos modos, contrariamente a lo que afirman los profetas del desastre y los frívolos gurúes de la globalización, aún no estamos asistiendo al funeral de las ideologías.

En momentos en que la incertidumbre reemplaza a la utopía y la angustia a la imaginación creadora, parece plausible evocar a los pensadores que contribuyeron –en más de un aspecto– a refundar la historia. Uno de ellos fue, más allá de inevitables controversias, el filósofo alemán Karl Marx.

El artífice del bautizado como socialismo científico o materialismo histórico pasó como una auténtica tormenta por el siglo XIX. Sin embargo, su legado se instaló recién en el siglo XX, para producir profundas transformaciones políticas, sociales y económicas.

Asumiendo la necesidad de exhumar al personaje más allá de la veneración, el odio o el mito y de reinstalarlo en el imaginario colectivo con sus defectos y virtudes, el ensayista Francis Wheen se propuso elaborar una minuciosa biografía de este personaje clave de la historia contemporánea.

En este libro titulado precisamente «Karl Marx», el autor presenta, por primera vez, al hombre de carne y hueso con todo su brillo y flaquezas humanas. El Marx de Wheen es un judío prusiano transformado en caballero inglés de clase media, un agitador empedernido, hombre social y amable que, sin embargo, acabó enemistado con casi todos sus amigos y desheredado por su familia.

«Tan sólo once personas asistieron al entierro de Karl Marx, el 17 de marzo de 1883″. Con esta reflexión inicial, el autor hace notar una de las tantas paradojas que rodearon la vida y la obra del filósofo alemán.

En efecto, cien años después de la muerte de Karl Marx, la mitad de la población mundial estaba gobernada por regímenes que reclamaban para sí la celosa custodia de su herencia ideológica.

Durante todo el siglo XX fue venerado como un santo y escarnecido como un demonio. Su nombre generó confrontaciones que excedieron al mero territorio dialéctico, para trasladarse a la escena militar.

Mientras sus apólogos se transformaron en auténticos cruzados de una religión sin dioses ni altares, sus detractores le declararon una suerte de guerra «santa» con inquisición incluida.

La obra relata la infancia de Karl Marx en Tréveris, en un hogar que origen judío que padecía los rigores de la segregación y la intolerancia prusiana. Ese modelo prepotente y autocrático inspiraría luego las primeras reacciones de rebeldía del futuro filósofo.

El autor, que desarrolló una investigación de varios años para reconstruir la vida de este personaje sin dudas vertebral de la historia moderna, evoca minuciosamente la adolescencia y la juventud de Marx.

Recuerda, naturalmente, al Karl Marx universitario en Bonn, Berlín y Jena, que ya comenzaba a nutrirse de abundante literatura filosófica y política, así como sus primeras experiencias periodísticas en la Gaceta renana, de la cual posteriormente sería jefe de redacción.

Aunque su pensamiento político fue prematuramente radical, sus escritos aún estaban lejos de revelar su vocación revolucionaria y transformadora. Las críticas a las condiciones sociales y políticas vertidas en muchos de sus textos le enfrentaron al régimen.

El autor instala luego su pluma en el primer exilio de Marx en París, donde el joven ideólogo tomó contacto con una «fauna» intelectual con la cual tendrá más discrepancias que coincidencias, integrada, entre otros, por Pierre Leroux, Víctor Considérant, Etienne Cabet, Alfhonse de Lamartine y Pierre Joseph Proudhon.

Precisamente en la Ciudad Luz, se reuniría posteriormente con Friedrich Engels. También de allí fue expulsado por sus actividades revolucionarias, radicándose en Bruselas.

Acudiendo a múltiples archivos, lo que le permitió recolectar profusa e invalorable documentación, Francis Wheen reconstruye pacientemente el itinerario existencial del fundador del denominado materialismo histórico.

Recuerda sus agudos escritos, sus acalorados debates y su actitud siempre desafiante ante el poder. No obstante, el autor también descubre a un Marx bastante más humana: bebedor y fumador empedernido, algo enfermo, contador de chistes, impetuoso, temperamental, inclaudicable disidente y abnegado padre de familia.

El investigador recrea los momentos más cruciales de la vida del filósofo: la elaboración y redacción del Manifiesto Comunista, su expulsión de Bélgica, el regreso a Alemania, su arresto y posterior deportación bajo el cargo de incitar a la rebelión armada y su posterior radicación en Londres.

Sin soslayar sus coincidencias y aun sus discrepancias con el personaje, Francis Wheen construye un relato rico, intenso y documentado, que releva con disciplinado rigor los momentos más trascendentes de la vida de Karl Marx.

Sin embargo, a diferencia de otras obras que evocan la vida y obra del pensador germano, dota a su trabajo de su acento bastante más biográfico, que reexamina al personaje desde una perspectiva más humana y despojada de aureolas mitológicas.

(Editorial Debate)

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