Estreno. "Agosto", "Osage County", de Tracy Letts, en El Galpón

La omisión de la familia Weston

Trocar «Beverly», interpretado por Luis Fourcade, por un hispánico «Ramón» o rebautizar, nada menos que con «Blanca» (Soledad Frugone), a una india cheyenne tradicionalista, «Johnna Monevata»?

Estos caprichitos no tienen importancia y da lo mismo «Hill» que «Miguel»; sí la tienen los agregados y las modificaciones del texto. Una de ellas es sólo grosera, lo que no es poco; la otra es harto audaz. Lo primero que hay que reprobar es el insoportable diluvio de palabrotas que empapa y embarra el texto, con razón y sin ella. El original de Letts contiene expresiones malsonantes, como «son of a bitch», «fuck you», «motherfucker», «shit», etcétera; pero tanto las menciones de cierto producto humano de eliminación, también cierto lugar que no está en mapa alguno, a donde solemos enviar a quienes nos molestan, como una palabra que según Sarandí Cabrera (en esto, no es de extrañar, contra el uso común), nombra al miembro viril, y el anfibológico «boludo» (que significa tantas cosas que ya no significa ninguna) con el premio, oh sorpresa, del surrealista «boluda», superan la tasa de tacos que nos suelta el autor en una proporción no menor de 20 a 1.

Sin duda debe haber una ley en Argentina que obliga a condimentar los textos teatrales, propios y ajenos, con groserías y pronto verá esto el lector a propósito de la inminente «Baracka». Estos condimentos molestan y distraen de la acción; pero como todo espectador de inmediato los filtra, son casi intrascendentes; pero hay dos puntos en que la traductora pasa de la raya, y por mucho. La Sra. Morán se anota un tanto en un diálogo en que «Jimena» (por Estefanía Acosta) explica que comer animales es comer su miedo. Violeta (María Azambuya) le pregunta: «¿Es comer su miembro?» (hilaridad miserable en el público). En el original la pregunta es si dijo «comer su piel», con el juego de palabras intraducible fear – fur (miedo – piel). ¡El radical «mie» fue tan tentador! Pero la Sra. Morán entiende que es mejor dramaturgo que Letts y le modifica la última escena. Se dirá que no tiene importancia, porque nada es importante en esta obra y menos aún el final; pero el doloroso ascenso de Violeta por la escalera que la conduce hasta el altillo donde vive «Blanca», para recostarse en sus faldas y decir «se han ido, se han ido» mientras Johnna canturrea los versos finales de «The hollow men», de T.S. Eliot, que son una parodia de una canción infantil («Here we round the mulberry bush»); poema cuya frase «La vida es muy larga» es el comienzo de «Agosto», y cuya última estrofa debió ser su fin («This is the way the world ends»). En el desenlace de Morán, Violeta invoca a su marido muerto como si lo extrañara: improbable pesar en quien ansiaba que Ramón (Beverly) muriera para apropiarse del contenido de un coffre fort. La modificación de Morán atenta contra el sentido de la obra, que no es mostrar una «familia disfuncional» sino probar que la familia contemporánea es, toda ella, «disfuncional»; que es una cáscara vacía, o, peor aún, un organismo peligroso. Letts transcribe, como adelanto del tema de la obra, en la primera página de la edición de «August: Osage County» esta frase de Robert Penn Warren: «…la buena reunión de familia, con el picnic bajo los arces, es como bucear en el tanque del pulpo en un acuario». A Violet (no a la «Violeta» de la Sra. Morán) sólo le queda la «compañía» de la doméstica, el personaje más sano de la obra, pero que dice una y otra vez que está allí sólo porque necesita el trabajo.

La obra es una rara síntesis. Por una parte contiene guiños «cultos», como las alusiones a T. S. Eliot, John Berryman y Hart Crane del prólogo; aun la posible presentación de toda la obra como un comentario o glosa de «The hollow men». En el debe de «Agosto», y más claramente, hay varios préstamos. Ramón – Violeta son un espejo de James y Mary Tyronne («Viaje de un largo día hacia la noche», de O’Neill); más acentuada aún es la similitud con Dodge y Halie en «El niño enterrado» («Buried child») de Sam Shepard. Ambas piezas tienen un planteo semejante y terminan con más semejanzas: el ascenso final por la escalera, en el desenlace que escribió Letts (que nuestro público no ve ni verá), parece calcado del horripilante ascenso de Tilden por la escalera que lo lleva hasta su madre (¡y madre de su hijo!) con el niño incestuoso, muerto, enterrado y desenterrado en brazos. Violeta también tiene algo de la fijación en el pasado de Amanda Wingfield, de «El zoo de cristal») y de la viperina Martha de «¿Quién le teme a Virginia Woolf?».

«Agosto: Osage County» es un melodrama bochinchero, entretenido y divertido, cuya inventiva no es superior a la del más vulgar teleteatro argentino. Letts nos sacude con desgracias al por mayor: alcoholismo, drogadicción, psicofármacos (a cargo de Violeta), marihuana (a cargo de una jovencita de catorce años), odios, envidia, celos, promiscuidad, acoso sexual, adulterio e incesto. El autor no tiene el más mínimo escrúpulo en propulsar su obra con las escenas más traídas de los pelos que pueda imaginarse, como el absurdo golpe de Estado, luego revocado, que parece dar Bárbara sin más éxito que confiscarle a Violeta un renovable frasquito de pastillas, acción que pretexta una riña general con empujones y tironeos a lo largo de todo el escenario; o el inoperante diálogo de la defensa del vegetarianismo, que Jimena practica o dice practicar; o la escena en que se trata de impedir la «revelación» de un adulterio que todos saben y que con el paso de los años (y un poco de llevar a los personajes con la mano), condujo al incesto.

Hay una última y casi única redención para «Agosto» y es la interpretación de María Azambuya como Violeta. La actriz, que ha estado siempre en el más alto nivel, nos ofrece una creación notoriamente trabajada desde el alma, con precisión de gestos y sobria dicción. Todo lo que dice y hace suena a cierto; nos convence hasta en los momentos más delirantes del libreto. Con semejante fervor, sobriedad y técnica, debemos destacar los trabajos de Soledad Frugone, Diego Rovira y Walter Etchandy.

La escenografía de Osvaldo Reyno realza esta puesta en escena, cumpliendo a la perfección las indicaciones del autor, lo mismo que la música de Fernando Condon (y las buenas grabaciones de Eric Clapton) y el vestuario, siempre hermoso y de buen gusto, de Nelson Mancebo.

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