Supieron cumplir. Los Guns N' Roses se despacharon con un show de casi tres horas de duración

Lecciones de democracia china

Corría la una de la madrugada del viernes y la ansiedad ya había llegado a su pico en el Estadio Centenario. Muchos empezaban a especular sobre qué estaría haciendo Axl Rose. Algunos lo imaginaban entregándose a algún placer prohibido, otros saboreando algún melón cúbico. Todas las dudas se despejaron cuando a la 1.25 comenzaron a sonar los primeros acordes de «Chinese democracy».

De esta manera comenzaba uno de los shows más esperados de los últimos años.

La propuesta de Rose y compañía fue apostar a un repertorio que balanceara los clásicos de siempre con los temas de su último álbum. Como era de esperar, los primeros desencadenaron la locura del público, mientras que las novedades de «Chinese democracy» fueron recibidas con un poco más de frialdad.

Canciones como «Welcome to the jungle», «You could be mine», «It´s so easy» y «Nightrain» generaron los pogos más intensos de la noche en un público que sobrellevó como pudo el cansancio de una espera tan prolongada.

Dentro de un repertorio previsible las únicas sopresas fueron la inexplicable ausencia de la balada «Don’t cry» y los brillantes covers de «Whole lotta Rosie» de Ac/Dc y «Another brick in the wall» de Pink Floyd (al que le puso voz el público).

Durante el show se desplegó una parafernalia técnica inusual para nuestro país con efectos de pirotecnia fría, más de un centenar de luminarias robotizadas y cinco pantallas gigantes que permitieron ver los rostros de los artistas desde todos los rincones del Centenario.

Rose, quien se cambió de ropa varias veces pero no abandonó las bandanas, se despachó con todo su arsenal de meneos de cadera, corridas por el escenario y movimientos sugerentes en el soporte del micrófono. A los 48 años, Axl ha perdido un tanto de estado físico (aunque no está tan gordo como se rumoreaba), pero no las mañas.

La voz del roquero se mostró en un nivel aceptable durante toda la presentación aunque, por momentos, fue tapada por la música. Tampoco logró alcanzar sus tonos más agudos, pero a nadie le quedo duda de que, literalmente, sudó la camiseta.

Asimismo quedó más que claro que el show estaba pensado para darle unos instantes de descanso al vocalista. Fue así que prácticamente todos los músicos tuvieron su momento para lucirse a través de diversos instrumentales que se fueron intercalando con las canciones. Por lejos quienes brillaron más fueron los guitarristas, DJ Ashba, Richard Fortus y Ron «Bumblefoot» Thal, quienes derrocharon técnica y pasión a la hora de hacer cantar a sus instrumentos.

El toque gracioso de la noche lo puso el público, con cantos como «Olé, olé, olé, gordo, gordo» (por suerte Rose no maneja la lengua de Cervantes) o recomendaciones como «Alcáncenle un pulmotor». Una forma más que distendida de no tomarse en serio la tan mentada calidad de rock star de Rose.

El recital se cerró con «Paradise city», una verdadera joya del «Appetite for destruction», cuyo frenético remate permitió el último pogo de la noche. De esta forma finalizó, próximo a las 4.00, un espectáculo que, para muchos, significó cumplir un sueño.

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