Dieta empalagosa
Jorge Arias
Una cuota adicional de fastidio nos viene del celo apostólico con que el tema aparece en escena, a lo San Pablo, que prescribía la predicación, con ocasión y sin ella. Cuando termina Fresa y chocolate uno se pregunta si hay algo más que sexo en la vida. Y esta visión, que quiere ser muy cubana, del tema, forma parte del ya inverosímil sobredimensionamiento del sexo en el mundo de hoy.
Se nos dice que hemos visto en esta pieza a un disidente político, lector de John Donne y con tendencias religiosas, pero sabemos tan poco de sus divergencias con el comunismo como de sus afirmaciones trascendentes, y esperamos en vano oír algo tan poco frecuente como un recitado de alguno de los inspirados e inquietantes poemas de Donne, donde el Eros suele estar presente, aunque no, gracias a Dios, omnipresente.
Se nos dice que hemos visto a un activo comunista, pero no escuchamos una palabra sobre el sistema económico de Cuba, el marxismo, el partido o la vida de un militante. Lo único que sabemos es que Diego (Antonio Arroyo) es homosexual, o, más exactamente y según sus propias palabras, maricón y que quiere irse de Cuba y que David (Luis Mesa) es heterosexual, y que se hacen amigos luego de un encuentro que David cree fortuito pero que no lo es, en la heladería Coppelia de La Habana.
Encontramos en la obra un segundo error, a cargo de la puesta en escena, que amaga hacer perder el hilo de la obra y es una especie de ballet, totalmente fuera de contexto, a cargo del heterosexual (Luis Mesa) completamente desnudo y con poses que se compadecen mal con su pregonada «orientación», el todo bajo complicadas luces, generalmente rojizas, que evocan las habitaciones especiales de las casas de cita y entre vaharadas de humo adecuadas a un concierto de rock.
Para concluir, la interpretación es discordante. El homosexual (Antonio Arroyo) está interpretado como calmo, reflexivo, seguro de sí mismo, aunque ello no surge necesariamente del texto; el heterosexual (Luis Mesa), también sin mayor necesidad textual, es un saco de nervios, tiende a la acrobacia, prueba que frecuenta un gimnasio y está siempre a punto de descontrolarse.
Creemos que el autor está convencido de que sólo habrá paz cuando todos asumamos nuestra homosexualidad, por supuesto que reprimida. Como en el Antiguo Testamento, como en el catolicismo, como en los fundamentalistas islámicos, como en la religión de los mercados, está implícita la idea de que la vida colectiva no tiene arreglo mientras no pensemos y hagamos todos lo mismo: mientras no lleguen el reino de Dios y la Nueva Jerusalem. La supuesta defensa de la diversidad es, en el fondo, el cuestionamiento de la diversidad; y Torquemada enciende su hoguera.
Fresa y chocolate, de Senel Paz, por la Compañía de Arte Dramático de Cuba, con Luis Mesa y Antonio Arroyo, iluminación y sonido de Paula Kofoed, realización de Gabriel y Sebastián Corina. En Teatro de la Asociación Cristiana de Jóvenes, sala 2.
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