El hombre de las mil guitarras

Desde que Mark Knopfler arrancó el show con la exitosísima «Calling Elvis», el auditorio (mayoritariamente de 30 años para arriba aunque había en menor escala adolescentes) se enfervorizó notablemente y fue coreando trazos de canciones a lo largo de un espléndido, sincrónico y virtuoso concierto que comenzó con puntualidad escocesa a las 21:30 y culminó a la medianoche. Tremendo por su calidez y por la extensión de esa calidez y de ese refinamiento expresivo que fue como un largo abrazo entre los emisores y los masivos receptores.

Mark Knopfler es uno de los guitarristas más sensibles e imaginativos de la cultura rock. Cuando el compositor y guitarrista (y vaya cantante, qué grado extraordinario de expresividad) y los suyos –un impecable combo de instrumentistas que arropó las canciones en forma fantástica, sin excesos y con un sentido impecable e implacable de la sincronicidad– cerró el festival con una avasallante versión de «Telegraph Road», las ovaciones crecieron en intensidad. Era el premio justo, más que merecido a un artista ejemplar y ejemplarizante con un temple y una personalidad musical fuera de discusión.

Inteligente, en las dos horas y media de concierto, Knopfler exhibió un repertorio donde mezcló los temas de su disco reciente Sailing to Philadelphia y aquellos de la era dorada de su ex banda Dire Straits, planteó un concierto sosegado, con crescendos de tensión donde su habilidad en la guitarra fue el sabor definitorio y definitivo de una velada literalmente gozosa.

El comportamiento de la banda fue también estupendo: hay que destacar sobremanera el modo expresivo y la forma de plegarse al proyecto cancionístico de Knopfler, a un guitarrista como Richard Bennet, al bajista y contrabajista Glenn Woolf, a los finos tecladistas y ocasionalmente guitarristas Guy Fletcher y Gerard Watkins, al baterista Chad Crommwel y al zarpado, subido de decibeles en su acting interpretativo –al fondo del escenario–, Mike Henderson, que aporreó el piano y otros instrumentos. También sonaron armónicas y violines con una aplicación inobjetable que no tuvo otra intención que enriquecer la trama sonora de las canciones.

Los solos de Knopfler, de extensión mediana o larga según lo requería la canción, fueron perfectos y de una transparencia interpretativa inimitable.

Es que Knopfler es inimitable: si bien su ‘touch’ guitarrístico es más bien representativo de los primeros 70, en realidad posee una soltura muy actualizada que, por cierto, se vio en gran forma y con una rotundidad en el fraseo irrefutable.

Cuando en los bises, literalmente provocó un hondo silencio, casi de ritual religioso para escuchar una brillante versión de «Brothers in arms» (posee uno de los mejores solos que haya escuchado este cronista), Mark Knopfler y su team de músicos habían ganado largamente la partida ante un público absolutamente fascinado. Después incendiaron la noche con una caliente versión de la célebre «Money for nothing» y cerraron del todo con la exquisita «Wag the dog».

Esta versión 2001 de Mark Knopfler, ante más de 5 mil personas, demostró sin desplazamientos acrobáticos ni gestos grandilocuentes, sino todo lo contrario, una humildad muy parecida a la grandeza. Y habrá que aprender de ello.

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