En escena. Taller Laboratorio de Actuación de la Universidad Autónoma de Sinaloa, México

Nuestra Señora de las Nubes, de Arístides Vargas, en El Galpón

Recuerdan a algunos habitantes del poblado: un tal Memé, unos hermanos Aguilera, reyes del piropo, un poeta cantor.

El tono de actuación, deliberadamente artificial, es un recitado pautado por largas cadencias, como si los personajes fueran sonámbulos que hablaran en sueños. El hombre, Oscar (Arturo Díaz de Sandy), es recluido en un manicomio, ella, Bruna (Norma Angélica) lo asiste. Varias veces la acción regresa al comienzo, al punto de encuentro y a las valijas; algo semejante sucedía en «Bicicleta Leroux, apuntes sobre la intimidad de los héroes», del mismo Vargas, donde también se aludía, nada menos, a los viajes de Odiseo.

Nada, o casi nada, sucede en la escena. El escenario y los actores pudo ser sustituido por un lector, y con ventaja, porque nada esperaríamos que sucediera, y nos ahorraríamos el penoso ajetreo de los actores, con diversas vestimentas y las mismas valijas. Toda la obra es narración; pero el pueblo de Nuestra Señora de las Nubes no se hizo presente. Todo es narración, pero sucede algo peor: todo es literatura, y muy mala literatura, y no teatro. Cuando oímos frases como «…cortaba el queso con la espada del tiempo», quedamos perplejos; pero cuando se nos cuenta la historia del músico y poeta del pueblo que componía de noche canciones de amor, sonidos que inducen a un vecino a disparar sobre el cantautor que sólo es herido en un hombro, pero cuya sombra es alcanzada por las balas, y nos dicen que las sombras muertas no pueden componer canciones de amor, ya tenemos más que suficiente. Es la misma idea de «La edad de la ciruela» y de «Bicicleta Leroux»: la extraña creencia de que la literatura es temas importantes y que, por lo tanto, siempre será hermoso hablar de poetas y de canciones de amor, y que es un lenguaje poético abundar en sentidos sobre contrasentidos, en paradojas, caprichos y divagaciones sin control. Y no hay una organización de los sueños, ni una lógica de las veleidades, ni una dialéctica que unifique en un solo sentido, en un solo mensaje, tanto artificio disperso, tanta cohetería gratuita.

Hemos leído, y aun escuchado, que la obra trata del exilio, pero no lo creemos; salvo que los exiliados vivan en una continua pero distante evocación del terruño. Los personajes podrían ser reyes en el destierro. No piensan nunca en dónde están, no sufren el conflicto de si se adaptan al nuevo lugar; ni buscan ni consiguen trabajo. Como en todas las obras que conocemos de Arístides Vargas, si la irrealidad es roma y sin interés, la realidad falta por completo.

NUESTRA SEÑORA DE LAS NUBES, de: Arístides Vargas, por el Taller Laboratorio de Actuación de la Universidad Autónoma de Sinaloa, México, con Norma Angélica y Arturo Díaz De Sandy’ dirección de Arturo Díaz De Sandy. Estreno del 9 de febrero, teatro El Galpón.

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