La playa: la realidad atraviesa a los personajes en forma cortante y desmoronadora

Perdidos en el paraíso

La idea de viaje, de posibilidad de saltar más allá de lo previsible es lo que obsesiona a Richard (Di Caprio) y andar, posarse, contagiarse del sentido universal de la experiencia. Y, si se puede, situar un lugar en el mundo donde la capacidad de asombro y los principios del placer puedan expandirse triunfalmente como un modo de vida, un ser y estar barnizado por la noción de felicidad, esa condición de los utópicos.

Así el personaje en su ruta llega a Bangkok: el choque de culturas inicial para ese joven estadounidense (en la novela homónima el personaje es británico) provoca, desde luego, fascinación y más tarde una lenta y progresiva sensación de hastío en ese espacio geográfico saturado de gente, de rostros extraños. No hay paraíso allí. Puede haberlo?

Danny Boyle, el notable realizador de Tumba a ras de la tierra y de la emblemática Trainspotting (casi un decálogo del suceder de los jóvenes en los noventa) y de Vidas sin reglas (una road -movie algo fallida), construye un escenario deliberadamente de postal turística: en el uso de las texturas, de la fotografía amplia en su respiración para recargar la idea de simulacro de paraíso en la isla donde irán a parar Richard y sus dos acompañantes (Virgine Ledoyet y Guillaume Canet).

Un junkie interpretado magistralmente por Robert Carlyle, vecino de habitación en Bangkok, es quien le otorga la llave para ingresar a ese sitio secreto y para nada ilusorio: un mapa donde está ubicada esa isla donde todo es de todos en una suerte de comunidad neo-hippie comandada severa e imperativamente por Sal (Tilda Swinton, impecable) y es hacia allí donde Richard (y sus cogeneracionales, una pareja de franceses en plan de vacaciones) coloca todas sus energías: el paraíso, para él, está a pocos quilómetros y no hay que desaprovecharlo. Pero un dato le advierte que no todo puede ser luminosidad y buena onda: el suicidio del personaje interpretado por Carlyle es realmente shockeante. Pero hay que seguir andando en la persecución de la noción de paraíso, del quiebre de reglas permanente, de la idea de libertad sin sermones: solamente la experiencia de vida es la que guía, la que impulsa y la que compromete a los personajes.

Aun aceptando que en la isla pueden llegar a convivir una comunidad pacífica, autogestionaria al lado de traficantes de marihuana –en una división acordada por ambas partes del territorio–, como para marcar estereotipos, Danny Boyle logra entonces plantear una línea metafórica potentísima: todo escenario o todo estado de las cosas posee indudablemete su contratapa: su hundimiento en el corazón de las tinieblas, para citar a Joseph Conrad.

Richard en la playa transcurre de la situación paradisíaca y placentera, absolutamente confortable en la comunidad hippie lejos de las crepitaciones del mundanal ruido (e incluyendo el inexorable romance con su acompañante francesa) a territorializar un derrape emocional progresivo que lo colocará en una situación de bordeline a partir de una serie de sucesos. La realidad real ya no es una polaroid. Perdidos en el paraíso, la realidad atraviesa a los personajes en forma cortante y desmoronadora: del placer al desasosiego, al miedo, a la deseperación hay segundos en la combustión de una mente febril y joven (la del personaje de Di Caprio).

La playa, con el respaldo de atractivos efectos visuales y una banda sonora hechizante facturada por el incansable Angelo Baladamenti (habitual colaborador de los filmes de otro grande como David Lynch), posee entonces ese fondo metafórico que subraya que los impactos de la ilusión personal pueden convertirse en descenso a los infiernos y en una lucha con los demonios personalísimos.

Los monólogos interiores de Richard, dichos espléndidamente por Di Caprio, enfatizan la calidad existencialista del proyecto de Danny Boyle: esos momentos meditativos y a la vez dubitativos a medida que avanza el relato son, de alguna manera, los que marcan la pulsación de una película que destruye toda sensación o idea de paraíso, más allá de las acciones del personaje y en particular de un Richard ya hundido en sus propias tinieblas y filmado con claroscuros a la manera del epílogo de Apocalypsis now y Marlon Brando gesticulando sus últimas palabras, su último aliento.

Hay un momento determinante en el discurso del filme, propio de Boyle: la aventura es la aventura, el sentido de búsqueda del yo particular tendrá sus transparencias pero asimismo sus tremendos conos de sombra.

Si se sale de allí, de una situación extrema como la que padecerá Richard, ya perdido y recuperado por su propia voluntad, vale la pena haberlo vivido. Toda la capacidad de riesgo conlleva gestos y gestiones, durezas del dudar y por cierto un temple y una condición ética que anunciará sus basta, hasta aquí, cuando todo da vueltas alrededor sin ya tener sentido ni contenido.

Pero Danny Boyle a partir de un recuperado Di Caprio (buen rendimiento actoral que pasa por alto a Titanic y guiña al adolescente prodigiosos de Mi vida como hijo y Quién ama a Gilbert Grape), insiste en su mensaje: acumular a través del sentido de la experiencia y volvernos otros y seguir siendo los mismos apelando a las fibras más nobles de la condición humana.

Experimenta, esa es la idea aunque el paraíso devenga una zona algo infernal. Merece verse.

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