Artes visuales

Lo que hay para ver

La temporada artística 2000 arrancó sin previo aviso. Tempranera como nunca, se instaló en pleno verano (entre los más tórridos que se recuerdan) en el Museo Nacional de Artes Visuales con dos exposiciones memorables, una del arquitecto valenciano Santiago Calatrava y otra de Pintura virreinal boliviana. Hubo otros madrugadores en el paso al nuevo milenio.

Escrito por: Nelson Di Maggio

Lunes 28 de febrero de 2000 | 12:00
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El Museo Histórico Nacional de la calle Zabala, Casa de Lavalleja, estuvo cerrado mucho tiempo, como las numerosas restantes dependencias que esperan (sobre todo el público al que pertenecen) su habilitación. Una política cultural errática y cortoplacista, sin una planificación global de las necesidades culturales del país, se orienta a la instalación de nuevos museos (el de Casa de Gobierno) en vez de acelerar la restauración del la apertura de los ya existentes, que subsisten precariamente, la mayoría cerrados.

La Casa de Lavalleja es uno de los escasos ejemplos de arquitectura colonial montevideana. Construida en 1783 por el rico comerciante portugués Cipriano de Melo (también fundador de la Casa de Comedias, no por su afición al teatro sino “con el objeto de distraer al pueblo de las ideas de libertad” de la Revolución Francesa) tiene, empero, un talante constructivo hispano-andaluz. Es un encantadora casa familiar refaccionada por el arquitecto Alfredo R. Campos. La rereapertura parcial (sólo de la parte superio) de singular atractivo con su sala de fiestas con pinturas murales sencillas acordes a la cultura epocal, resultó un fiasco. Quienes esperaban un actualización de los criterios museísticos quedaron petrificados. Desde la entrada, en la primera habitación, se nota un apreciable desprendimiento y manchas de humedad en el cielo raso. Para una restauración reciente, parece un desatino la re-reinauguración. Pero hay más. La iluminación (el talón de Aquiles de las salas de exhibición uruguayas) es unidireccional y centrada en zonas parciales de los objetos, cuadros y esculturas, acentuando un dramatismo escenográfico. Si el salón principal quedó bien resuelto, los restantes (con las paredes rojo veneciano logrado), no se armonizan con las vitrinas de un llamativo color celeste, aunque sea muy patriótico. El profesionalismo se derrumba cuando se admite el colgado de una acuarela de Adolphe D’Hastrel, litografiada por Compte, horrorosamente recortada por una mano temblorosa en la parte inferior.

No hay una lectura coherente del acervo elegido. Se inicia con un tríptico flamenco del siglo XVI (!) cuando se debió privilegiar el arte nacional, potenciando Carreras de sortijas, el excelente óleo de Horacio Espondaburo, situado en otro cuarto, detrás de un candelero de cristal. Ese cuadro, así como un modesto cartón de Figari, la bandera del regimiento que comandó Manuel Oribe en la batalla de Ituzaingó, con sus gruesas franjas blanca, azul y roja (una composición minimalista), el poncho gastado de Lavalleja, el boceto de J. M. Blanes para el Juramento de los Treinta y Tres Orientales, de mayor expresividad que el enorme lienzo y algunas artesanías, constituyen el avaro saldo (aunque de emocionante valor histórico) de una visita largamente postergada. Para colmo no se publicó ni siquiera un modesto folleto que informe al visitante.

Un buen diseño en el montaje de dos honorables artistas, con obras de pequeño formato, el fotógrafo alemán Christopher Dubia y el pintor uruguayo Roberto de León, obedecen a una de esas propuestas del gran embaucador Batuz, con textos de pared en inglés para practicar el idioma por el público uruguayo (MTOP), la exhibición de Arte en Escuelas, una infantil sucesión de reproducciones con marcos dorados sobre caballetes, auspiciados por una firma bancaria (patio del Cabildo de Montevideo), la pobreza inventiva de la pintora Ana Brüll (Museo del Gaucho) y una desigual instalación doble de Cecilia Mattos (muy inspirada en la creación de objetos, de rara seducción poética y perforadora intención crítica) y Ana Salcovsky (descuida la elaboración formal que neutraliza la investigación conceptual subyacente), en un montaje imposible de personalidades que en otras oportunidades (incluso recientes) han demostrado ser más rigurosas, son las novedades surgidas, de repente, este verano.

La inauguración oficial y principesca de Santiago Calatrava, el martes a las 17.00, es bienvenida porque llama la atención hacia una obra colosal exaltada por un montaje magistral, una lección inolvidable de inventiva en todos los aspectos. Media hora después, en la planta baja del museo, otra inauguración, El regreso de los ángeles, un recorrido de tres siglos por la pintura virreinal boliviana.

Hoy, a las 10.30, en el Parque de Esculturas del Edificio Libertad, se inaugurarán (por el presidente Sanguinetti, desde luego) dos esculturas, una de granito y acero de Nelson Ramos y otra de hierro de María Freire, fechada en 1954, que se agregarán a las ya existentes, un verdadero museo escultórico nacional y contemporáneo al aire libre, donde se notan las ausencias de Agueda Dicancro, Horacio Faedo y Juan de Andrés que según pasen los años se incluirán, así como las de talentos jóvenes y ya consolidados.

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