Sobraron los motivos. Entre el público uruguayo y Joaquín Sabina sólo hubo rosas

Amores que matan nunca mueren

Apenas pasadas las 21.00 horas Sabina y su banda subieron al escenario ante la algarabía de los miles de personas que se dieron cita en el templo del fútbol uruguayo.

Vestido con saco de smoking y bombín negros el español inició el periplo musical de la noche con «Tiramisú de limón», primer corte de difusión de su nueva placa.

El andaluz de nacimiento y madrileño por adopción se mostró un tanto incómodo al inicio del show. Su voz ajada hilvanaba versos pero se lo notaba parco de gestos y poco comunicativo. En el correr del espectáculo Sabina explicaría que no estaba en las mejores condiciones a causa de la intensa gira, el calor y una intoxicación alimenticia. Tras las disculpas del caso y la aclaración de que imaginaba el encuentro de otro modo, el artista aclaró que no había excusas y que cantaría «con el corazón y si no con los huevos». Con el paso del recital el semblante del cantante fue mejorando y se pudo ver al Sabina histriónico y descarado de siempre.

El repertorio fue desarrollándose en un movimiento pendular entre clásicos como «Peor para el sol» y «Con la frente marchita», y temas nuevos como «Embustera». De esta forma el nacido en Ubeda fue dibujando historias de amor, desamor y todo lo que existe en el medio.

Ante el afecto demostrado por el público, Sabina no pudo más que agradecer: «Muy conmovidas gracias por ser un país tan chiquito y tan lejos de casa, pero con un corazón tan grande, que nos hace sentir como en casa».

Mención aparte merece la banda que acompañó al cantautor. Jaime Azúa en guitarra, Pedro Barceló en batería, Marita Barros en coros, Pancho Varona en bajo, José Misagaste en cuanto instrumento se le arrimara y Antonio García de Diego en guitarra, armónica y sintetizador dieron un marco sonoro que arropó en gran forma la voz de mil noches en vela de Sabina. Los músicos supieron también respaldar al artista con su canto, dándole así un tiempo para recomponer fuerzas.

Entre los espectadores se encontraba Jaime Roos, lo que no pasó desapercibido para el español. Fue así que, al cantar «Cristales de Bohemia», además de dedicarla a quienes lo aman en nuestro país, Sabina tuvo una mención especial para el autor de «Durazno y Convención», a quien aseguró que admira.

No faltaron los malabares con las palabras, propios de un hombre que sabe que el lenguaje no sólo denota sino que también connota. Momentos cargados de poesía que hicieron las delicias de los espectadores por su derroche de talento y humor.

También hubo tiempo para jugar con las canciones, al agregarle a la letra de «Contigo» referencias a nuestro país («No quiero París con aguacero ni Pocitos sin ti», «Lo que quiero, charrúa de ojos tristes, es que mueras por mí»).

Los tiempos del show fueron muy bien manejados, pasando de momentos intimistas al ritmo contagiante del rock. Uno de los puntos más altos se dio en la interpretación de «La Magdalena», cuando Sabina tuvo un peculiar mano a mano con la sensual Marita Barros, vestida de prostituta para la ocasión, acompañados por el piano de García de Diego. Hombre de mil historias, el artista contó que en Montevideo una señora que estaba con una niña lo saludó y, señalando a la pequeña, le dijo: «Se llama Magdalena por la canción, espero que no me salga muy puta».

El cierre del recital, pasadas las 23.00 horas, fue con «Y nos dieron las 10″, un final acorde y con una expresión de deseo: «Ojalá que volvamos a vernos, hasta siempre Montevideo».

 

LOS VERSOS A MONTEVIDEO

«Uno escribe siempre la misma canción sobre un niño con cara de viejo que se atreve a volar por el cielo marrón, que agoniza detrás del espejo. Uno inventa siempre la misma canción del poeta borracho y su musa, del teclado mellado del acordeón, del pecado mortal sin excusa. Uno canta siempre la misma canción otra noche en el bar de la esquina, cerca de la estación donde duerme un vagón, cuando el tiempo amenaza rutina. Uno arrulla siempre la misma canción como un perro ladrando a la luna, con la misma trompeta y el mismo trombón del mariachi que no hizo fortuna. Uno acaba nunca la misma canción disparando balas de fogueo. Luego se hace la hora de alzarse el telón y volver a mi Montevideo».

«Yo sé que desde el escenario no hay que dar el parte médico: lo que hay que hacer es cantar. Pero les contaré que está siendo una gira muy larga por un par de continentes y muchos países, y que de pronto hace calor, o frío, o viento. Y aunque hemos sido buenos y nos hemos acostado tempranito, hoy, entre una intoxicación alimentaria ­que no es de aquí: aquí se come muy bien; la traía yo de Argentina­ y esta humedad y estos calores, está uno un poquito descompuesto, y no sólo de la garganta. Lo digo porque yo había soñado este encuentro con la buena gente de Montevideo como ustedes se merecían, algo mejor que estar aquí quejándose. Eso no quiere decir que lo vayamos a dejar: cantaremos con el corazón, y si no, con los huevos».

«Funerales me hicieron, pero aquí sigo, vivito y coleando. Pisar este escenario es un sacramento. Los filósofos dicen que el movimiento se demuestra cantando».

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje