Dinosaurio insepulto
La Comedia Nacional sale de su modorra con una exhumación, que, así lo esperamos al menos, demostrará definitivamente que La nona es un cadáver y hasta un inviable ser teratológico.
Nunca comprendimos el interés que despertó su protagonista, una glotona repelente en la que nada puede asociarse con ninguna de las varias ancianas que podemos recordar; nos resulta tan difícil de concebir una persona que no presenta un solo rasgo amable, valioso o comprensible que inevitablemente tomamos distancia, minuto a minuto, de aquel pesado monstruo que se nos inflige desde el escenario.
Chicho, el hijo haragán, es una versión pálida del Eduardo de En familia (Florencio Sánchez). Los demás personajes vienen en tropel de todos los sainetes habidos y por haber, aunque no se comprenda la conducta de ninguno y nadie llegue a distinguirse medianamente o a ponerse de pie.
Se podría decir que todos los personajes sobran, que tanto la tía que envejece peor que la Nona, como la joven prostituta, como el ama de casa sufrida y sin color, no son más que una escenografía móvil para exhibir a la insoportable anciana.
El desarrollo de la obra no muestra la más mínima observación válida de la realidad histórica y social. El texto parece obstinarse tanto en expurgar cualquier posible rasgo de ingenio o de belleza, o diálogo significativo que pudieran darse, como en sobrecargar la obra con flecos de conversación ociosa: un exasperante «Â¡Pero pará!» es gritado no menos de catorce o quince veces.
El autor, o bien detesta el arte de escribir, o bien supone que todo lo que pase por su pluma es perfecto y no puede ser pulido, arreglado o mejorado; nada tiene un lugar previamente asignado en una composición de mayores proporciones que las frases aisladas. La acción avanza a los tumbos, con el estribillo insufrible de las declaraciones voraces de la Nona, y una escena que es un desatino sigue a otra que es un disparate: así el matrimonio de la protagonista, que nada anuncia y al que nada sigue.
No falta en La nona, por descontado, la seudofilosofía de los hombres sabios de los cafetines, el conocido «el mundo fue y será una porquería, ya lo sé», ciego a todo lo que hay, en nuestros pueblos, con nuestros innegables carencias, de sorprendentes maravillas, abnegado heroísmo, dignidad romana y gracia; y no es preciso apelar a las Abuelas de la Plaza de Mayo para refutar la antipática visión del alma de una mujer anciana que muestra el autor.
Por qué esta obra, de ningún valor y carente de todo atractivo, ha logrado, como su afortunado autor, la popularidad y la difusión que tiene hasta hoy, por qué ha logrado que nuestros mejores actores se esterilicen con sus diálogos, donde, sencillamente, no pueden mostrar sus cualidades, es una piedra de Roseta digna de Champollion; en una u otra forma, nos confirma en la necesidad perentoria del pensamiento crítico. En nuestra vida, escribió Descartes, es preciso poner todo en duda, hasta donde sea posible. El primer paso para conocer es no creer; no creer en nuestros sentidos, en las opiniones ajenas. Hay que desconfiar, sobre todo, de los ídolos de las plazas.
La nona, de Roberto Cossa, por la Comedia Nacional. Con Armando Halty, Isabel Legarra, Gloria Demassi, Luis Manzione, Duilio Borch, Alejandra Wolff y Julio Calcagno. Escenografía y ambientación de Osvaldo Reyno, iluminación de Carlos Torres, música de Fernando Ulivi, dirección de Jorge Curi. En Sala Verdi.
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