Artes Visuales

Manieristas al ataque

Nelson Di Maggio

 

En Uruguay, mientras las generaciones veteranas, cuidadosas de los vaivenes mercantiles y el vistoso desenfado, profundizaban a través de la depurada artesanía, nuevas tecnologías y complejas instalaciones una reflexión totalizadora del arte y su destino, la juventud, enfermedad fugaz, se entusiasmó hasta el empacho con una temática ligeramente transgresora, el colorido estridente (ignorando, como algunos críticos, a los planistas que habían tenido una audacia sin comparación) y una materia extendida groseramente sobre el soporte de papel sin enmarcar. Un acto de liberación que se confundió con las libertades democráticas recuperadas y las posibilidades económicas del artista. El advenimiento de una decantación reflexiva en esos oficiantes de la superficie bidimensional no se produjo.

Los que prefirieron la investigación permanente (Agueda Dicancro, Nelson Ramos, Wifredo Díaz Valdez, acompañados por las generaciones intermedias y emergentes Rimer Cardillo (representante nacional en la próxima Bienal de Venecia), Mario Sagradini, Lacy Duarte, Cristina Casabó, Pilar González, Mario D´Angelo, Ricardo Lanzarini, Jorge Soto, Alejandra del Castillo, Pablo Uribe, Roberto Fernández, Claudia Anselmi, Roberto Cancro) dejaron la marca de una personalidad firme, con claridad conceptual, objetivos bien perfilados, en trabajos exhibidos en unipersonales de manera regular y periódica, cuando tenían algo que trasmitir, no el mero afán de mostrar(se) o vocación concursera. Una estética y una ética compartidas. Otros talentos se hicieron notar durante quince minutos o insisten en proyectos al comienzo de interés, luego frivolizados o venalizados en la práctica de una cultura del éxito, mejor si recorrida con rapidez.

Una refrescante columna de aguerridas mujeres veinteañeras (Cecilia Vignolo, Rita Fischer, Patricia Flein, Andrea Filkenstein, Patricia Grieco) reforzada por sus colegas varones (Martín Verges, Osvaldo Cibils, Juan Burgos, Martín Sastre), configuran un auspicioso renovador panorama. Hay que animarse a dar nombres, con el riesgo de alguna omisión involuntaria, en un medio que distribuye indiscriminados elogios.

 

Manieristas variados

Fernando López Lage (Centro Municipal de Exposiciones) prosigue un proyecto curatorial de unipersonales de artistas jóvenes iniciado el año pasado con Eduardo Cardozo al volver con refinado ímpetu a la pintura y soslayar (aceptando pasivamente) la postergación de un monumento premiado por unanimidad por un jurado. Con López Lage la superficie pictórica retorna también, pero en clave (casi o seudo) geométrica. Recoge la materia y el cromatismo de su primera exposición individual en el MAC (1988, la mejor, irrepetible) en un manierismo de la modernidad. Claro que como sucedió con su maestro Hugo Longa (todo energía, vitalidad sin pulir ni elegancia que lo aleja de los pops), falta la sutileza y más aun en las estructuras planas y ortogonales. Barras paralelas, título de la muestra, se tiñe de curiosidad, es otra vuelta de tuerca en una trayectoria cambiante, sin adquirir una dimensión convincente. Como en Longa, no brilla el dominio técnico de la materia-color íntimamente sentida (que además no le importa) y que aquí resulta indispensable para convocar, parafrasear e ironizar sobre Mondrian o la elaboración por otros de una idea propia practicada por Vasarely, Max Bill o Le Parc. En ambos casos faltó audacia, desparpajo desacralizador, una meditación desde adentro del acto pictórico. Aunque la superactividad que viene desarrollando, mentada como positiva en el catálogo (otro plúmbeo diseño gráfico de Editorial DobleEmme), sea más bien un factor limitativo y negativo en el proceso creador.

Manieristas son las Construcciones, esculturas, de Norberto Rattner, montevideano del 50 (Galería del Paseo), también presentada por Alicia Haber. El texto revista influencias varias anotando a Nelson Ramos, Marcelo Bonevardi, Barcala, Matto (con referencia descolgada de la técnica bonsai), aunque también comparecen Burri y Millares, pero esa mirada observadora no se detiene con la misma agudeza en los recursos técnicos utilizados por el escultor que lo alejan de los nombres citados: una grosera desprolijidad en el ensamblaje y recorte de los materiales desechables (metal, madera, cartón, arpillera) que cuestionan su pericia técnica y evaporan una posible sugestión poética que derrochan los maestros citados. Es una lástima que no lo advierta pues a pesar de todo, es una obra atendible.

El tercer manierista es Carlos Palleiro (Atrio del Palacio Municipal). Ocupó con dinámico, alegre y colorido diseño gráfico (afiches, tapas de libros y discos, ilustraciones) gran parte de la sala en una retrospectiva de treinta años, entre Uruguay y México, donde reside. El correcto montaje produce un efecto visual sumamente atractivo, de contagiante optimismo y apto para todo público. Invariablemente remite a las escuelas polacas (sin el perverso toque de asociaciones insólitas), checoslovacas y cubanas, así como al argentino Eduardo Giménez que en Fuera de caja diseñó para Jorge Romero Brest una papelería inventiva. Pero el excelente catálogo (hay dos, uno mayor y otro más portátil, impresos en talleres aztecas), el disfrute de la muestra misma relativizan esas objeciones. Un afiche dedicado a la inolvidable Mónica de Elina Berro, pone el dedo en la llaga de la deuda del teatro uruguayo con la actriz.

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