Autobiografía de Duke Ellington
En 1973 apareció, editado por Doubleday, «Music is my mistress». En 2009 la editorial barcelonesa Global Rhythm Press publicó 543 páginas con su traducción al español y esta tirada es distribuida en Uruguay por Océano.
«La música es mi amante» fue el lema que propaló Ellington a lo largo de su extensa carrera. Si bien describe lugares que visitó, clubes y teatros donde actuó, comidas que degustó, personalidades que conoció e intereses artísticos que cultivó, sin olvidar loas a la Biblia y agradecimientos a Dios, el maestro focaliza su narración en la trascendencia que tuvieron sus éxitos musicales.
Con una escritura directa, de fácil lectura y sin rebuscamientos literarios, Ellington deja claro que desde su niñez lo trataron como a un personaje especial. Una educación religiosa, una madre que lo atendía permanentemente, un padre que ganaba un buen sueldo y gente que lo rodeaba y le resolvía cualquier tropiezo, lo acostumbraron a una vida cómoda en la que su talento musical pudo desarrollarse sin aprietos.
Cuenta cómo conoció a sus primeros colegas y formó su orquesta, con la que fue a Nueva York. Sus primeras composiciones, sus triunfos en el Cotton Club, sus éxitos discográficos, sus giras patrocinadas por el Departamento de Estado (hay breves referencias a las dos visitas que efectuó a Montevideo), los promocionados conciertos sagrados y el honor de ser galardonado en la Casa Blanca por los presidentes de Estados Unidos.
Salvo pequeños incidentes de fácil resolución y pronto olvido, todo da la sensación en esta historia de que al autor nunca le surgió un obstáculo verdaderamente serio y que jamás tuvo que abdicar frente a las adversidades. Incluso en la larga autoentrevista que va de la página 497 a la 520, descarga preguntas a las que contesta a veces con petulancia y otras con previsible frivolidad.
A sus éxitos se le aplica la frase de página 101: «Se trata de otro clásico ejemplo de la importancia de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno haciendo lo que conviene hacer delante de la gente precisa». Y remata en página 457 con: «Hay algo que no cambia nunca: lo que pasa es lo que pasa. Estaba pasando entonces y seguirá pasando hasta que pase lo que tiene que pasar y uno se convierta en lo que está pasando». Queda claro, según él, que Dios lo eligió para que fuera uno de los notables del siglo XX.
La narración se interrumpe en ocasiones para dar paso a las anécdotas, diálogos y opiniones de Ellington sobre músicos y otras personas que lo rodearon. En general son evaluaciones laudatorias en las que deja entrever el acatamiento y la admiración que el resto de los mortales le profesaba.
Son particularmente elogiosos los conceptos dedicados a Harry Carney, Johnny Hodges, Jimmy Blanton, Willie «The Lion» Smith, Art Tatum, Tony Bennett, Joya Sherrill, Joe Nanton, Tony Watkins, Billy Strayhorn, y curiosamente breves las de Fred Guy, Bubber Miley, Ben Webster, Ray Nance, Cat Anderson y otros músicos que, en mayor o menor grado, tuvieron su importancia.
«Music is my mistress» se editó cuando Duke ya estaba seriamente enfermo. En enero de 1974 sufrió un colapso. Con un estado de cáncer avanzado le permitieron dejar el hospital y volver a su casa para celebrar su cumpleaños 75, el 29 de abril. Su salud empeoró con una pulmonía y murió el 24 de mayo.
Este libro se completa con un par de poemas que relacionan la música con las mujeres hermosas, un centenar de fotografías en blanco y negro y la lista completa de composiciones del autor. No hay índice onomástico y tampoco una discografía que ponga en la atención del lector lo que realmente importa: las imperecederas grabaciones de este genio del jazz.
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