Casi famosos, de Cameron Crowe

Aquellos días de rocanrol

El cineasta Cameron Crowe, quien alguna vez sobresalió como periodista de la revista musical Rolling Stone, admitió que su largometraje Casi famosos (Almost famous) podía verse como «una carta de amor» a la cultura rock y, en particular, a aquellos días turbulentos y adolescentes de la década del setenta.

Años en que el corsé imperativo de su madre (la formidable Frances McDormand) le impedía ciertas libertades naturales de una época vertiginosa y febril. Pero el vuelo de la paloma (su hermana mayor), al cumplir los dieciocho, le permitió al William Miller (interpretado aplicadamente por Patrick Fugit) ese despertar intelectual, sensorial y emocional a partir de los discos de vinilo que le dejara la chica (Led Zeppelin, Simon & Garfunkel, Jimi Hendrix, entre otros) y por lo tanto, desatar furiosamente su vocación de escribir acerca de sus ídolos.

Tiempos de aprendizaje para ese alter ego de Cameron Crowe, quien conecta con el legendario crítico de rock Lester Bangs (encarnado magníficamente por Philip Seymour Hoffman) para comenzar algunos de sus muy primerizos, pero pasionales artículos.

Hasta que, finalmente, la propia Rolling Stone le pagará mil dólares para seguir el tour de una banda en ascenso como Stillwater (en la realidad fueron los emblemáticos Allman Brothers) desde adentro mismo de la producción de intensidad y de excesos que evidentemente manifiesta toda agrupación roquera.

Para la madre, tan protectora, lo principal es que no tome drogas. Y el chico, ese Crowe/Miller es una especie de Demian (el personaje de Herman Hesse) que está a la descubierta y en consecuencia descubriendo ese mundo al que hasta hace poco tiempo observaba en los posters de las paredes o en las propias revistas.

Casi famosos, de Cameron Crowe, posee un tono declaradamente autobiográfico y en consecuencia un tono muy emocional en la descripción de ese entorno cultural donde se pavonean los rock-stars, las groupies (Anna Paquin, Fairuza Balk y la reina o gurú del grupo, la estupenda Kate Hudson), los fans, la arrogancia de las criaturas, sus júbilos y sus miserias privadas. Todo descripto sin caer en rushes melodramáticos y todo rociado de una solventísima banda sonora con clásicos de la época.

El filme es un tributo a los modos del rock y a sus formas de convivencia y de supervivencia. También lo es para esas muchachas hermosísimas que no en todo los casos buscan sexo casual con los superstar (en el caso puntual del personaje interpretado con gran pulso expresivo por la Hudson) y que, desde un flanco de los trips, en más de una ocasión aportan y aportarán puntos de vista o enfoques más que prudentes o correctos en mitad de la crisis de una banda de rock.

Esas mujeres tienen un lugar relevante en el filme, no solamente porque se encargarán de hacerle perder la virginidad al joven Crowe/Miller, sino porque esa visión femenina ha decidido en todos los territorios, y en este particular caso en el rocanrol, gestos y acciones más que gratificantes para los astros que trepan y seguirán trepando a escena a lidiar con las multitudes.

El filme transcurre de consideraciones íntimas a coloquios altisonantes, de retazos de conciertos como para dar entorno de época, e incluso a situaciones de riesgo que no pasarán a mayores. En rigor, se trata de un diario de viaje personal de este Cameron Crowe que se dio el gusto de autorretratarse con nobleza y con riqueza de imágenes y situaciones que deleitarán al público roquero.

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