Arte

Una temporada con sabor amargo

No fue un año memorable. Las autoridades del Ministerio de Educación y Cultura descuidaron hasta el ensañamiento las artes visuales. No encontraron el rumbo renovador para el Museo Nacional de Artes Visuales, la principal pinacoteca del país. Lo dejaron a la deriva, sin un presupuesto mínimo que cubra las numerosas deficiencias, desde su estructura edilicia a la falta de personal, capacitado o no, a la penosa situación del clima interior, desde los extremos de frío o calor, que perjudica las obras existentes, el deterioro de la biblioteca, el escaso interés de las múltiples minipropuestas en exhibición y el poco edificante homenaje a Teresa Vila, notable personalidad que merecía un tratamiento de mayor envergadura. Son, apenas, algunos elementos negativos de los muchos que aquejan al museo del Parque Rodó.

Otros museos históricos nacionales siguen peor suerte. Inmovilizados desde hace medio siglo, semi habilitados y oscuros unos, cerrados otros, no ofrecen al visitante el atractivo de sus valiosas colecciones. En contraste, se anuncian la apertura de nuevos museos o espacios contemporáneos, sin las debidas garantías de funcionamiento, ni siquiera parcial, cuando lo importante era potenciar los existentes reforzando continentes y contenidos. Se clausuran los pocos espacios de exhibición como Plataforma MEC y Espacio Pedro Figari (de paso, el Premio Figari quedó relegado en una imperdonable maniobra de posible disolución) y los contactos con el exterior se diluyen de manera inexorable. Si no existiera el Centro Cultural de España, los uruguayos no tendrían noticia del arte en el exterior.

La comedia de las equivocaciones condujo a inaugurar, parcialmente, obras que de inmediato se cierran (Auditorio del Sodre, el Aeropuerto, el municipal Museo del Azulejo) en incomprensibles operaciones propagandísticas que dañan la seriedad y credibilidad en las instituciones. Aferrados a las delicias del poder, jerarcas ministeriales de hoy, para asombro, aceptan descender de categoría con tal de integrar el próximo gabinete y ostentar el habitual optimismo sobre la actualidad cultural. Distante de la realidad, claro. Sin entonar perspectivas apocalípticas, las artes visuales tienen un futuro incierto e inquietante. Todo se desliza con aparente aceptación, ya que la actividad crítica independiente desapareció y los posibles cuestionamientos y discrepancias, que en otros tiempos eran movilizadores del pensamiento y apuntaban a la reflexión, quedaron arrumbados en los cajones de las apetencias personales. Las asociaciones y gremios específicos, las publicaciones periódicas, antiguamente combativos, forman parte de la corte oficial. Ya nadie se acuerda de la Generación del 45.

 

El CCE acaparó la temporada

En el recuadro «Lo mejor del año» el peso de la actividad artística recae en los institutos culturales extranjeros. En primer lugar, el Centro Cultural de España. Su amplia, plural programación (cine, literatura, música, conferencias, talleres, artes visuales) y la aceptación de numeroso público lo condujo a permanecer abierto también durante el mes de enero. Por sus salas desfilaron importantes muestras. Deslumbrante montaje en «Hojeando…cuatro décadas de libros y revistas de artistas», la revelación de Amalia Nieto como ilustradora, la aguda mirada del fotógrafo Alvaro Zinno, la profundidad conceptual en las fotografías de «Laberinto de la mirada», todavía en exhibición, la sensibilidad del dibujo en el escultor Eduardo Chillida, la inteligencia operativa en la instalación de Horacio Sapere y las fotografías de Manuel Vilarino y, aunque todavía de visión incompleta por quien escribe, «Frágil» , selección de videos y filmes hispanos que continúa todo el verano. Las nuevas tecnologías tienen, en el CCE, un lugar de indiscutible profesionalismo y en condiciones ambientales únicas en Montevideo.

 

Pequeño gran museo

Inaugurada el año pasado, pasó inadvertida en su modesta difusión y recién este año la muestra «A través del humo: perfume «, en el Museo de Artes Decorativas, sigue asombrando por la calidad de su presentación con objetos auténticos de las civilizaciones egipcias y musulmanas. Un remanso, un islote aislado de los museos nacionales, que merecería una mayor atención por el público y los medios, siempre distraídos de lo que realmente importa.

Por la extinta Plataforma MEC, circularon dos muestras de interés. La primera, del plurifacético Dani Umpi, con una instalación y actuación personal absolutamente encandilantes que aún en su propio país no obtiene el reconocimiento que le brindan los argentinos. También en el mismo lugar, Pedro Tyler, uruguayo residente en Chile, dejó constancia de su talento singular en el manejo de nuevos materiales. Entre las colectivas , «Muestras rodantes» (luego en versión final en el Centro Municipal de Exposiciones) cumplió su cometido itinerante por diveras ciudades del Interior.

El Centro Municipal de Exposiciones, de lánguida programación, hospedó muestras que, insatisfactorias, dejaron su huella, «Arte contemporáneo uruguayo», «Compañía de Oriente», «XX años del Centro de Diseño Industrial» e «Inclemencia del tiempo». En las individuales, se destacaron el ingeniero Alvaro Casinelli con videos y Catherina Romanelli, joven revelación que hizo de sus lágrimas el soporte expresivo. Mención aparte, «Experimentaciones» , notable selección de fotografías brasileñas de vanguardia.

 

Otros ámbitos

El MAPI, Museo de Arte Precolombino e Indígena, acertó en «De tierra, agua y fuego», pero su actividad no se mantuvo con el rigor de otras temporadas. El nuevo director del MNAV le dio poca importancia a la notable recuperación de una instalación escultórica de Agueda Dicancro, arrumbada en los depósitos del museo y se convirtió en una ejemplar investigación de Vladimir Muhvich. Esa desdeñosa actitud signaría la superficialidad de la inmediata programación, cavilando tres meses a museo cerrado.

La Alianza Francesa activó su agenda con la presentación de Federico Arnaud, en plena posesión de sus recursos, la revelación del historietista Gabriel Cicarriello y la potente revelación de Eduardo Olascuaga (también en el Museo de Arte Contemporáneo), un uruguayo exiliado que volvió para quedarse. El Instituto Goethe hizo lo propio con Jorge Carbajal, un videasta a tener en cuenta, el único nombre a registrar de una aburrida agenda.

 

Revisiones bienvenidas

En diversidad de lugares, con intenciones recuperativas no siempre logradas (primó la buena voluntad, la improvisación, la «investigación» epidérmica), la ojeada al pasado signó la temporada. Con puntos altos en José Gamarra (Galería de las Misiones, Museo de Arte Contemporáneo), con su extraordinaria obra de los años sesenta, de Hilda López (Galería de las Misiones), las cerámica de Eva Díaz (Museo Torres García), la revelación del artesano Rodolfo Visca como pintor luego de su inmediata desaparición (Museo Gurvich), de Ernesto Cristiani (CCE) y José Miguel Pallejá (Museo Blanes), con obras adquiridas hace medio siglo, recién restauradas y dadas a conocer. Fueron las exposiciones más notorias. (Ver recuadro).

 

Rasgos curiosos

La fotografía adquirió carta de ciudadanía artística con «Fotograma 09″, implementación de ciento cincuenta exposiciones por todo el país, organizada por el Centro Municipal de Fotografía y la edición de excelentes catálogos. Las publicaciones adquirieron buen nivel en Galería de las Misiones, CCE, Galería MVD, Plataforma MEC, entre las principales. Dos revistas («La Pupila», en su segundo año, y «Maldoror») contribuyeron a difundir aspectos de la actividad artística nacional. Pero ninguna igualó a «Agendarte», la ya clásica agenda informativa por Internet.

Una vez más, las casas de subastas sustituyeron y aventajaron a los museos. La pintura nacional en Castells & Castells alcanzó momentos brillantes que las autoridades nac
ionales no supieron aprovechar, si es que se enteraron.

Pequeñas e irrelevantes transgresiones al sistema de exposiciones propusieron Toll Gallery (macetones en la calle San José) y Galería Go, en La Madrileña. Las audacias de «Hart Espacio» o «A morir», desaparecieron.

El Museo Blanes recordó su 80º aniversario con una sencilla ceremonia al mediodía y la edición de cuatro tomos de actividades anteriores. Era la oportunidad para ver en retroperspectiva la obra de su fundador y primer director, César A. Pesce Castro (1890-1977), un gestor cultural ejemplar para su época.

El avispero artístico se alborotó ante el amague presidencial de trasladar el urnario de Artigas al Palacio Estévez y retirar la decoración de Manuel Espínola Gómez, un proyecto desde el vamos imposible por falta de rubros. Además, la obra del pintor si bien tiene su interés, es completamente inadecuada en su delirio barroco a la austeridad hispana de la construcción. En cambio, esos mismos agitadores por una causa que no se llevaría a cabo, silenciaron el vandalismo del Parque de Escultura que ahora, desafectado el Edificio Libertad, queda más desamparado que nunca. Y ahí el patrimonio artístico es de fundamental importancia.

A pesar de las vagas promesas de nuevas salas, las que desaparecen y la falta de audacia, salvo una minoría puesta en evidencia en el recuadro, la actividad artística nacional se caracterizó por la rutina y la falta de intrepidez.

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