Hoy. Un compacto y un DVD con las raíces firmes en la tierra

Nuevo disco de Juan José De Mello

En su trayectoria de treinta y pico de años, De Mello ha tenido un recorrido, un fluir y un influir, idas y vueltas, y, por cierto, tanta acumulación de ese sentido de la experiencia es lo que lo ha mantenido en la difícil pista de la perdurabilidad.

De convicciones inalterables, crítico frente a los incidentes de la cotidianeidad, De Mello continúa sembrando belleza en sus auditores.

Sus canciones más recientes llegan suavemente, acompañadas de hermosas melodías y de la experiencia que dan los años. Es un artista que pone un énfasis superlativo en la dinámica de las melodías, en sus contrastes, lo que lo lleva a apropiarse con una visión muy personal de las letras que interpreta. La arquitectura de sus textos se nutre en la memoria. Sus canciones contienen ritmos que se hunden en la misma génesis de la identidad regional del Sur de América y recogen también la poesía de otros referentes ineludibles. De Mello como intérprete retoma esos textos, los interroga y los devuelve una vez más a tiempo presente.

Como compositor ha investigado en las raíces profundas de la tradición folclórica de la comarca que lo vio nacer, recreando así estilos a los cuales les ha impreso su modo de ver el mundo. Esa subjetividad confiere a su trabajo una particular calidad artística que le ha permitido consolidar un perfil propio, un santo y seña de identidad que el auditor atento reconoce de inmediato.

En este disco, De Mello, a la manera de un «andapagos», recoge un manojo de canciones con sonidos imbricados en diferentes geografías que de inmediato atrapan a quien las escucha.

Acompañado por un solvente staff de músicos, el cantor recorre temáticas que muestran los afectos, el amor y su contraparte, el desamor, las alegrías y tristezas del ser humano y paisajes propios de la geografía telúrica que ha transitado como un agudo observador.

Esto ha posibilitado que sus canciones hayan adquirido una dimensión universal, tal vez por aquello de «quien pinta la aldea pinta el mundo», tal vez porque más allá de diferencias, el ser humano ­de cualquier parte del orbe­ posee en su esencia los mismos anhelos y similares sueños. Ahí está la clave del arte que ofrece este cantautor que ha mantenido una independencia que le es propia y que lo identifica como «un puente», a la manera cortaziana, entre diferentes hemisferios y culturas.

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