Maté un tipo, una obra de Daniel Dalmaroni, en teatro El Galpón
Aquel profesor perdía la paciencia luego de largos momentos obtusos de la alumna; y no está escrito que la nueva alumna que llega al final tendrá que morir.
Las víctimas están en la proporción de 35 a 1 a favor de Dalmaroni; si no contamos mal, luego que se nos dice de 33 víctimas, son asesinados dos de los personajes. Lejos de nuestro propósito defender a Ionesco, una furiosa moda mundial cuando el estreno de «Rinocerontes», hoy una sombra que se desvanece; pero «Maté un tipo» está más cerca, no ya del «grand guignol» (reducido hoy a Sergi Belbel), sino de Muñoz Seca.
Malos momentos tenemos todos y aunque matar a alguien porque nos sacó el lugar en la cola del cajero automático no es corriente, lo creemos.
El protagonista (Héctor Guido) se lo cuenta a su mujer, mientras toman la sopa; ella (Alicia Alfonso) está absorta en un chisme de barrio con cambios de sexo y reconstitución de parejas impares no menos fantásticos que el crimen de su marido. La mujer no lo cree, duda, lo encubre, se somete al horror; la hija del matrimonio es algo más reacia pero colabora; ningún espectador se convence.
Dalmaroni, como todos los dramaturgos, gozó de los diez minutos de suspensión de la incredulidad, pero abusó de ese crédito con el segundo crimen; de ahí al 33 todo fue a rueda libre y se nos cuenta de golpe, lo que nos ahorró, por lo menos, las treinta y una sopas. Es cierto que todo puede ocurrir, y estamos habituados a oír en los informativos de la televisión cómo un asesino de su hija niña, a quien además violaba, era considerado amable, servicial, etcétera, por los miopes vecinos; ya sabemos que la realidad es más fantástica que la ficción; pero también sabemos que el teatro y sus muertes requieren más explicaciones que la vida. Al mediar la obra sólo nos resta interesarnos en cómo termina aquello, qué hace el autor con tanto crimen entre manos; y la respuesta es nada. Más crímenes quizás; y sospechamos que todavía vendrá uno más, el último posible. Luego que se apagaron las luces, esperábamos un grito, porque la sufrida esposa era la única candidata.
La reiteración de las situaciones y de las frases hacen muy pesado el tránsito de «Maté un tipo». Lo más que podía pretender la pieza es una diversión frívola; pero la misma superficialidad del tratamiento del tema lo desvanece; al quitarle verdad le quita espanto; y estas carencias no se arreglan con unas manchas de sangre, al fin, en las manos de Héctor Guido. El inimaginable crimen, no menos trivial, de «La escala humana» (Spregelburd, Tantanián, Daulte), que es el antecedente de buena parte del teatro semirrealista y semifantástico que vemos hoy, fue un caso único, casi milagroso, nada fácil de repetir. Rompió el molde la primera vez que fue fraguado.
MATE UN TIPO, de Daniel Dalmaroni, por El Galpón, con Héctor Guido, Alicia Alfonso, Arturo Fleitas y Victoria Césperes. Escenografía y vestuario de Hugo Millán, música de Fernando Ulivi, músico ejecutante Mario Semiglia, iluminación: Juan José Ferragut, dirección de Alfredo Goldstein. En teatro El Galpón, sala Atahualpa.
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