J. H. y R. (1910)
Por Jorge Arbeleche
a Gladys Castelvecchi
Permiso.
Franqueo el umbral. Entro en tu casa
entre sigilo y miedo, con paso de gamuza.
A veces hay más gente. (Nos reunimos acá
los académicos); a mí me destinó el azar
un sillón con el aura aromada de tu nombre.
(En realidad es una silla retapizada en cuero).
mi azoramiento, tu sombra o tu fantasma,
el eco de tu paso, que no cesa, IMPERATOR,
no me dejan lugar para sentarme. Me apoyo
sobre el borde y aun así no puedo con mis pies
tocar el suelo: –el mismo que pisaste–.
Hablamos. Se piensa se discute se elucubra
acerca de palabras. Nunca
las alucinadas
que te zumbaban la frente
en un vuelo aturdido de murciélagos
las que te rasgaban los labios sin besarte
en tanto vomitabas el corazón a borbotones
las que te hormigueaban debajo de la lengua
hasta secarte las glándulas del habla.
Palabras
a vaces moscas
avispas
luciérnagas a veces
(bichitos de luz que alumbran
la vuelta de los campos)
montes y cumbres y collados
y páramos y yermos
alternados.
Gladiador de sílabas y acentos,
he subido a tu torre de los panoramas:
sólo vi
un desolado panorama de torres;
he trepado a tu altillo:
no hay nada. Y está todo.
El mar enfrente te miraba
y yo lo miro ahora,
color de tierra de arcilla o de ladrillo
como estas baldosas ya gastadas,
las mismas que entre delirio y ahogo
al roce de tu pie se transformaban
en aquel mar de púrpura meciéndose
en las ondas de oro que cantara un cantor
ciego. Y de repente nada se ve.
Está ese mar al lado. Y tú lo veías lejos.
La montaña está lejos, y tú la veías cerca.
Pero no lo sabías.
Manoteabas el aire
para agarrar las letras. Pero no lo sabías.
El aire se sostiene en dos pilares:
el árbol que se pudre y aquel que reverdece.
Acecha tras la piedra
el enmohecido cangrejo de la angustia
Y la escarpada corola de la gloria.
Pero no lo supiste. No lo supieron
Afanoso mester de la ceguera.
Julio Herrera y Reissig, 1875-1910
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