Catálogo (incompleto) de las Musas

Por Washington Benavides

yo fui el ratón Ignatz

de un imposible Krazy Kat;

yo fui el repartidor de hielo

(ingenuo y buen cantor)

enamorado de Betty Boop,

a punto de descarrilarse por un rufián,

buen mozo y millonario;

en los dibujos animados

de Max Fleischer,

con su pop-art anticipado

en los collages fotográficos

de las casas de inquilinato neoyorkino.

Krazy Kat y Betty Boop fueron

mis fieles camaradas,

en mis invernaderos de eremita,

gracias al asma y «mi

cuerpo de alfeñique».

Después, nacido el bozo,

y aunque las chiquilinas de mi barrio

me perturbaban algo en la entrepierna,

yo perseguía los carteles de Mucha

con una idealizada Sarah Bernhardt:

«Les Amants», «Le Dame aux Camelias»

«Lorenzaccio», «Medée», o «La Sorcière».

Aquel perfil perfecto,

la corona real, el cetro

de plata, el círculo del zodíaco.

También Ramón Casas y sus afiches

de «Anís del Mono»

con sus españolas incuestionables:

(bajo el mantón de Manila)

«La mejor musa es la de carne y hueso».

Otras veces, caí bajo el beleño

de las damas-ninfas de Sir Burne-Jones

o las andróginas diosas de Beardsley

«Isolde» o «Salomé»

o pisé, descalzo, en las casas de té

tras el aroma de las cortesanas,

en las estampas de Utamaro.

De ismo en ismo, luego, como una barca

de ola en ola,

me vine a visitar a «Las señoritas

de Aviñón».

Las chiquilinas de mi pueblo

se hicieron señoritas casaderas

cestos de hermosas flores atadas

por prejuicios y las conveniencias

del gran juego social.

No todas, claro está, Bobalicón.

No todas. Algunas se jugaron el destino

en amores sin mañana, en conflictos,

en combates reales, en decisiones

sin cálculo.

Pero en lo más hondo, te

confieso:

Krazy Kat y Betty Boop

siguen siendo mis fieles camaradas.

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