"Los lobos" en Teatro Alianza, dirección de Ruben Yáñez

En la selva de las ciudaddes

Ante la limpidez cristalina de esta escenificación, podemos decir de la obra, ahora, exactamente lo mismo que escribimos en LA REPUBLICA del 26 de abril de 1996: «La acción dramática es rápida, incisiva, con nervio y con calma… Nuestra consciencia es nuestro primer teatro y nuestras pasiones nuestros primeros personajes… hay… una ética del autor, que Agustoni ha vivido hasta el fin. Y si hay una lección moral de maestro a discípulo y viceversa en Los lobos, hay otra lección en el lenguaje del autor, que se ha esforzado en presentar un drama que contiene sutilezas psicológicas con una claridad de lenguaje ejemplar… el dialogado es brillante y sobrio, muy trabajado pero sin alardes técnicos, y la inteligencia de las réplicas parece brotar, no ya del abundante ingenio del autor, sino del mismo cerebro de los agonistas… quedamos convencidos de que Los lobos es el fruto de un largo, paciente y refinado trabajo y que no hay una línea que Agustoni pueda escribir mejor». A cinco años, Los lobos resiste airosamente la acción del tiempo. La anécdota sucede en Buenos Aires, hacia 1940; pero los terribles dramas de consciencia que contiene siguen atenazándonos aquí y ahora. Ya en las primeras dos líneas se siente el compromiso del autor con lo que escribe; una atmósfera sombría, mezcla de respeto, aprensión y electricidad, está instalada, y nadie podrá sustraerse al hechizo.

Bajo los rígidos trajes de etiqueta, los diálogos, no menos comprimidos por las exigencias de una urbanidad puesta a prueba, son dinamita a punto de estallar. Por una vez, al fin, el teatro nos muestra un espejo: un espejo de la política y sus compromisos, pero también un espejo de nuestras flaquezas y nuestras fuerzas.

La política que se nos muestra, aunque se asoma a abismos de horror moral, no es un juego de tahures, malvados hasta la carbonización; son hombres como los espectadores, que no somos del todo incapaces de acciones semejantes. Podemos detestar a Achával (Marcos Zarzaj) pero admiramos su tesón y su habilidad manipulatoria; quizás podemos despreciar a Cafferatta (Till Silva), pero, entre un whisky y otro, nos escupe a la cara unas cuantas verdades; odiamos al coronel Bazán (Alejandro Busch) y a todo lo que representa, a quien el autor apenas parece tolerar; pero con Los lobos comprendemos mejor las aberraciones de la cadena de mandos y los límites de la obediencia, y nos nace un asomo de respeto por el soldado al que sus superiores cargan con trabajos sucios.

La perfección de esta puesta en escena de Los lobos es un mérito de Ruben Yáñez, en un feliz regreso a la dirección teatral. Los años han pasado, pero no tenemos dudas de que Yáñez tiene hoy todavía mucho que hacer y que decir, y todo ello para bien de nuestros espectadores. Mostró el director su garra en el pulso: la obra se desarrolló con la gracia y el equilibrio de una composición musical, con sus distintas voces y temas, sus entradas, dúos y solos, sus silencios y sus estallidos, sus remansados momentos de paz donde una nota de inquietud prepara una nueva erupción de sonido y de furia. La atmósfera fue sutilmente indicada por una iluminación (Inés Schaich) rica en matices y acotaciones dramáticas. El drama se dijo, al mismo tiempo, en una frecuencia nítidamente audible, sin tropiezos, por la platea, y, simultáneamente con sentido y significación, el interés del espectador, electrizado, no decayó un instante, las escenas se armaron y se resolveron con dialéctica, compás y medida: cada episodio cerró un capítulo y anunció el próximo.

También tuvo especial mérito Yáñez en el rendimiento y empaste de las interpretaciones, que se ensamblaron como por efecto de una armonía preestablecida. Nunca olvidaremos las interpretaciones de los cuatro actores principales en aquella versión argentina; pero en ningún momento su recuerdo sirvió para desmerecer la de estos nuestros actores, sino al contrario, para realzar, con la necesaria comparación, sus muy considerables aciertos.

Ya habíamos tenido pruebas de la eficacia actoral de Till Silva, muy recientemente en su creación, no menos inolvidable, de Eduardo Mateo; tanto en lo que se refiere a Lorenzo y Correa, que se desempeñaron aquí en los papeles que se dirían protagónicos, y también en lo que se refiere a Busch y Zarzaj, éstos en papeles quizás más difíciles que los protagónicos, por lo ingratos. Habíamos visto ya suficientes pruebas de su talento; pero nunca a la altura que alcanzaron en Los lobos. La crítica puede ser una profesión feliz, y Los lobos nos dio una prueba más de esta siempre posible felicidad.

 

Los lobos, de Luis Agustoni, con Alejandro Busch, Alvaro Correa, Leonardo Lorenzo, Till Silva y Marcos Zarzaj. Escenografía de Luis Carlos Núñez, iluminación de Inés Schaich, dirección de Ruben Yáñez.

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