"Chicago", "La tempestad" y "Hermosura"

Tres noches de teatro en Buenos Aires

 

Hermosura

Es difícil hablar de las producciones de «El descueve» con algo diferente que adjetivos sobre sus cualidades y, sobre todo, sus excelencias. Pero la dificultad del lenguaje no puede configurar una excepción al juicio crítico, que comienza con la discusión del título, Hermosura, al que no le hemos encontrado justificación.

Pero así es el grupo: desde el comienzo, aquí desde el título, provoca, atrae, desorienta, desarma y descoloca. Exhibe un cartel, una fachada, un mascarón de proa, una divisa; pero, a decir verdad, Hermosura no cuadra mejor al espectáculo que «Fantasía» o casi cualquier otra denominación.

Lo que hace «El descueve» en el escenario, un tanto incómodo para los espectadores de «La trastienda» (Balcarce 460) es admirable y un poco ininteligible. Se admira la destreza de los bailarines, su búsqueda de lo nuevo y vivo, la exploración de formas expresivas. Hay un entrenamiento notable, que, no obstante, no va más allá de lo que puede exigirse a un profesional.

Pero aquí nos damos contra una pared de misterio, un muro que suele aparecer en los espectáculos de «El descueve»: es imposible descifrar la idea que ha movido esta obra. Se baila enérgicamente, sobre todo en el primer episodio; los cuerpos se abrazan, ruedan y se enredan, se arrastran, saltan y se revuelcan a lo largo de un delgadísimo hilo argumental que no puede sostener tanto movimiento, y donde un rudo pero sano erotismo es la constante mayor.

En otros episodios los actores hablan largo rato: allí podemos juzgarlos un poco mejor, y lo que se dice es trivial, sin gracia, interminable como una gota de agua que no deja de caer. Los admiramos, sentimos una simpatía difusa pero distante, se hace difícil compartir: «El descueve» es devoto de su arte, al que entregan desvelos y sueños, pero no sabemos cuál es.

Por momentos parece un arte privado, con clave, hecho por y para pocos, a los que significa mucho. Hay algo cerrado, clausurado, ajeno al viento vivificante de calles y plazas; nos falta un poco el aire. Los artistas son tan perfectos en su técnica; como poco claros y nada autocríticos en sus ideas.

Creemos que, en el fondo, el nombre del grupo dice más de lo que parece: algo está por salir de una cueva; hay misterio y sobre todo expectativa; el parto no ocurre. Año a año «El descueve» es una misma esfinge de menguante enigma, pero los relojes parecen detenidos y el futuro no promete mayores diferencias. Quizás la cueva es más seductora que el mundo exterior.

Hermosura, por El Descueve, con Carlos Casella, Ana Frenkel, María Ucedo, Gabriela Barberio, Mayra Bonard, Daniel Cúparo y Juan Minujín. Escenografía de Alberto Negrín, música de Diego Vainer, luces de Gonzalo Córdova, vestuario de Trosman-Chuba y El Descueve, dirección general de Carlos Casella y Ana Frenkel. en La Trastienda, Balcarce 460, Buenos Aires.

 

La tempestad

También La tempestad sugiere calificaciones cruzadas. Shakespeare es siempre admirable, pero La tempestad, su última obra completa, requiere interpretación, explicación y, sobre todo, una inspirada dirección que haga evidente uno, y no el menor, de los varios misterios del poeta.

Shakespeare ha unido aquí su lucidez sin tregua, su visión casi cruel de la vida, donde toda ilusión ha sido suprimida, con una vertiginosa pasión por el diario vivir, por el renovado compromiso de cada mañana, «hasta la última sílaba del tiempo transcurrido».

Hay un punto en la carrera de un escritor en que sus personajes lo alcanzan: así Bouvard y Pécuchet, cuando desarrollan la «facultad lamentable» de ver la estupidez humana sin poder ya soportarla, son Flaubert, y Balzac está en la sola frase «En marcha, postillón!».

En La tempestad Próspero, el mago, alcanza a Shakespeare al abarcar casi todo el espectro de la humanidad posible. Los poderes de Próspero, como los de su creador, parecen infinitos: maneja una tempestad en alta mar como si fuera en un plato y al mismo tiempo, resguarda la vida de sus enemigos para una venganza que al fin muestra un rostro de perdón y casi la reconciliación; sus poderes alcanzan al reino no humano e invisible de Ariel, pero fracasa, no menos misteriosamente, con Calibán.

Pero la puesta en escena es forzosamente una interpretación, y en la neutralidad del director está su fracaso. Lluis Pasqual ha insistido en lo accesorio: el barco en la tempestad, con un velo que es una vela y a la vez el mar, marineros balanceándose en el cordaje, el travesaño de la vela omnipresente; la aventura humana pasa a un segundo plano, detrás de la aventura física. La exaltación del detalle insignificante tiene su contrapartida en la falta de ritmo, muy visible en la desarticulada compaginación y tosca resolución de las escenas.

Tampoco ha estado feliz Pasqual en el estilo de interpretación. Alfredo Alcón es admirable en decir, nos hace gustar con delicia las palabras de Shakespeare; descuella en los aspectos paternales de Próspero, en su dedicada y permanente educación de Miranda. Irradia ternura y simpatía, y a través suyo corre un límpido canal de comunicación con el público.

Pero las interpretaciones no son homogéneas. Las hay adecuadas (Eleonora Wexler como Miranda) sobrias y expresivas (Horacio Peña como Antonio, Tony Vilas como Alonso, Pedro Segni como Ariel); las hay, también, insuficientes.

La tempestad, de William Shakespeare, en traducción de Patricia Zangaro y versión de Lluis Pasqual. Con Alfredo Alcón, Oscar Ferrigno, Diego Starosta, Leandro Aita, Pablo Algañaraz, Santiago Calvo, Adrián Canale, Fabián Canale, Javier Davis, Juan Pablo Gómez, Tony Vilas, Horacio Peña, Osvaldo Bonet, Néstor Sánchez, Eleonora Wexler, Pedro Segni, Carlos Belloso, Bryan Contreras, Aureliano Far Suau, Tomás Fonzi, Eduardo Calvo, Hernán Jiménez y Marcelo Macri. Vestuario de Renata Schussheim, música de Josep María Arizabalaga, iluminación, escenografía y dirección de Lluis Pasqual. En Teatro Municipal General San Martín, sala Casacuberta.

 

Chicago

Con su breve título, Chicago es palabras mayores y claramente fue lo mejor que vimos en Buenos Aires.

Antes que cualquier otra cosa, digamos que Chicago prueba que un gran espectáculo no necesita ni una escenografía costosa, ni un vestuario rutilante, ni esa tristeza que se ha llamado últimamente «efectos visuales»; tampoco cree Chicago que un espectáculo musical debe ser frívolo, cortejar el chiste o reverenciar a la risa, nuestro becerro de oro.

Todo lo contrario: en la escena no vemos sino a los músicos de la orquesta, en diversos planos que pueden servir también para un estrado judicial; hay unas escaleras de quita y pon, un fondo neutro. El vestuario, en varios tonos de gris y negro, es variado, estilizado y muy simple; el tema de Chicago es dramático, con un fuerte sentido de crítica social que ya quisiéramos encontrar en nuestro teatro, como sucedió en el cáustico libreto de El beso de la mujer araña (Terrence MacNally) que va mucho más allá de las ñoñerías de Manuel Puig.

Chicago es, como el filme All that jazz, con el que comparte el mismo rango de elogios, la obra de Bob Fosse, y el programa así lo declara, con la única salvedad de que ha sido recreada por Ann Reinking. Fosse fue un coreógrafo; y todo su intrépido coraje y toda su inagotable inventiva, están en Chicago de principio a fin.

Es tal la variedad de pasos y poses, de gestos y mímica, de vuelos de piernas y aleteos de manos, donde nada sobra, que se siente como si en esa infinita variedad Fosse hubiera logrado incluir al Universo. Hay en la coreografía se
ntido, intención, gracia, alegría, reverencia, temor, amistad, coqueteo, desplante, autoridad…

Fosse puede decirlo todo con dos cuerpos en ordenado movimiento, con las bocas que cantan sin perder un segundo, el todo incluido en un ritmo imperturbable, propio de los metrónomos, como en su filme All that jazz.

El libreto, escrito por el mismo Fosse en colaboración con su letrista Fred Ebb, es, como la coreografía, ágil, conciso, provocativo, punzante y casi desgarrador.

En Chicago todo está cerca de la perfección. Las intérpretes principales, Sandra Guida (Velma) y Alejandra Radano (Roxy) fuerzan a creer que no es posible ir más allá en habilidad como bailarinas, precisión como cantantes y brillo como actrices. Creemos que Chicago es, con Cats (Andrew Llloyd Weber y Trevor Nunn) y El beso de la mujer araña uno de los mejores espectáculos musicales que hayamos podido ver, si no el mejor.

Chicago, libreto de Bob Fosse y Fred Ebb sobre la obra de Maurine Dallas Watkins, en traducción al español de Gonzalo Demaría y adaptado por David Thompson, sobre la producción, dirección y coreografía (recreada por Ann Reinking), original de Bob Fosse. Música de John Kander, letras de Fred Ebb. Con Sandra Guida, Alejandra Radano, Fabio Gigli, Luis López Morera, Salo Pasik y elenco. Músicos: orquesta dirigida por Gerardo Gardelín, dirección de Walter Bobbie. en Teatro Sky Opera, Av. Corrientes 860.

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