Teatro. LA REPUBLICA en España

Españoles, colombianos y brasileños en el festival internacional de Cádiz

Quiere llevárselo a la nación azteca y tropieza con los previsibles obstáculos comunes a los disidentes.

Algo después escribe con su marido, Boris Villar, «No vayas a llorar». En la pieza la madre emprende la odisea de los balseros hacia Miami; se muestran con detalle las penurias inherentes a los viajes difíciles; al fin se exhibe el reencuentro de la madre con su hijo, Antoine Villar. Como escribió Marcel Proust, esto es la suprema indelicadeza de dejar en el regalo la etiqueta con el precio; y no nos intimida ser tan canallas como para no ceder a la presión implícita de la exhibición del dolor: en la Edad Media los mendigos tullían a sus hijos para inspirar lástima y limosnas.

Los autores se apoyan tanto en lo que creen el seguro impacto de su anécdota que no parecen creer en ella. En vez de narrar la historia, triste y sin ningún alcance universal, tal cual es y por lo que pudiere valer, la adornan con un derroche de efectos «artísticos» ­el dúo bailable de Maribel con el balde, los objetos y la sangre que saca de él, las proyecciones sobre su cuerpo cubierto por una sábana­ que cortan la narración y la debilitan.

«El enfermo imaginario» (*) de Molière, por El Carromato (España), incurre en el lugar común de considerar obligatorios el falsete y el amaneramiento, cuando no los galleos y los aspavientos, para toda interpretación del clásico. Ambos artefactos, que pasan de generación en generación sin crítica, suelen mostrar cuál pudo ser el remedio, porque no bien aparece una doméstica que por una extrañísima convención habla el castellano normal, todo viene a tierra, todo tiene vida, todo respira arte y verdad. Fue una lástima, porque vimos buenos actores y buenas intenciones, y porque el patio del baluarte de La Candelaria, una cálida noche de luna y estrellas y bajo las luces de la escena, parecía encantado.

«La razón de las Ofelias» (*) es un ballet de Tino Fernández (Colombia), del que se nos cuenta antes, durante y después del estreno que está inspirado en la esquizofrenia de la madre del autor; ténganse por reproducidas aquí, brevitatis causae, las mismas reacciones que nos produjo «No vayas a llorar». La trama nos pareció confusa e incoherente. Se dirá: qué otra cosa podemos esperar de la esquizofrenia; pero el arte debe poner orden en el desorden. De lo contrario es, como en «La razón de las Ofelias» (¡como en tanto teatro!), imaginación descontrolada.

«Gigantes de ar» (*), del conjunto brasileño Pia Fraus (San Pablo), espectáculo callejero en la plaza de la Catedral de Cádiz está muy lejos, con sus jirafas, leones, canguros y elefantes inflables, con sus malabaristas y sus narices rojas, del inspirado, variado y dialéctico «Cem Shakespeare» que con la dirección de Wanderley Piras y los títeres de Sidnei Caria supieron hacer en el décimo quinto Festival Internacional de Teatro de Porto Alegre. Luego de una media hora en un estilo menos que infantil, y cuando empezaba a levantar vuelo el elefante azul, nos fuimos.

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