Lo mínimo con máxima intensidad
La segunda edición de Fotograma 09 pone el acento en un diálogo nacional e internacional, predominan los fotógrafos locales con alguna revisión de maestros desaparecidos.
Pues la fotografía adquirió un estatuto afirmativo en el medio artístico montevideano, confirmado por la expansión en numerosas salas de exhibición particulares y la aparición del Centro Municipal de Fotografía y de un programa televisivo regular de sostenido interés.
No obstante, el esfuerzo de varios organizadores y de los envíos provenientes del exterior son cada vez más escasos, aunque muchas veces significativos y memorables, falta, como en las demás artes visuales, un acercamiento a movimientos y autores fundamentales que, muchas veces, recalan en la vecina orilla (Sebastiao Salgado, David La Chapelle, la Colección Jumex, la Escuela de Düsseldorf, para citar unos pocos) y que, por motivos fundamentalmente económicos, no pueden ser conocidos aquí.
La fotografía cambió sustancialmente a partir de los años sesenta y setenta, en técnica, formato, temas, en los modos de presentación, en una pluradidad de expresiones de una magnitud insospechada, que hicieron olvidar o tambalear el prestigio varias veces secular de la pintura. Ambos soportes y las nuevas tecnologías crearon lenguajes de complejidad creciente para difuminar sus límites específicos.
También surgieron ensayistas y teóricos que abrieron los caminos de la comprensión de la imagen fotográfica.
Lev Manovich escribió un lúcido ensayo en 1994, Las paradojas de la fotografía digital, donde analiza el comportamiento diferente de las imágenes digitales a las de las fotografías tradicionales: «La imagen digital aniquila la fotografía, mientras que solidifica, glorifica e inmortaliza lo fotográfico», sentenció.
Alvaro Zinno, montevideano nacido en 1958, ingeniero civil, lentamente fue desplazando su profesión por el dibujo, la pintura (estudió con Clever Lara), la fotografía, la música, el video (de Blanes, de Figari), la posproducción y trabajos de gráfica animada, que agregó a una herencia familiar de escultores (como su abuelo, Antonio Pena) y arquitectos (como su padre). Con ese bagaje cultural, enfocó la fotografía como un acto esencial para construir la realidad.
Dos referentes parecen señalar la obra de Zinno. Por un lado, la pintura de Clever Lara, sus cuadros con objetos infantiles, espacios deteriorados y solitarios, y por otro lado, Cándida Hofer, la fotógrafa de la Escuela de Düsseldorf, con sus espacios deshabitados.
Del primero, prolonga la predilección, en su etapa inicial, de muñecos y caballitos de juguetes dispuestos en extensos y despojados interiores. De la segunda, el recorrido por lugares solitarios. En ambos casos, la ausencia de personas.
La singularidad de Zinno exhibida en Fotografías mínimas, título de la muestra en el Centro Cultural de España, estriba en la fusión de esos antecedentes, surgidos del inconsciente, una fotografía conducida hacia la invención de una mirada personal, en el registro de situaciones absolutamente identificables con el entorno circundante de la clase media uruguaya.
Esa clase media que tuvo su emergencia en los años veinte y su auge en los cincuenta y que hoy contempla con nostalgia el esplendoroso ayer. Sucias jardineras con hortensias, la típica flor de la burguesía vernácula, diseño geométrico del pavimento que refrescan discretamente los viejos fulgores del Art-déco, que se extiende por paredes y estructuras arquitectónicas invadidas por la humedad y el descaramiento, barrotes oxidados, puertas con alguna inscripción, columnas pobladas de nombres que estuvieron allí, el pasto y los yuyos creciendo entre las fisuras de las baldosas comunican en su estático punto de vista, siempre en composición triangular, acentuado por el gran formato cuadrado, la vida silente que transcurre, melancólica, memoriosa de un pasado.
Si la presencia humana está descartada, quedan señales de su existencia oculta en los muros cubiertos de polvo, en las persianas semi abiertas, en escrituras indicativas del lugar (Peñarol, anotaciones crípticas, nombres sobrepuestos), y en la envolvente atmósfera de exquisita tonalidad pictórica, de suaves deslizamientos lumínicos que atrapan al receptor hacia el interior de la imagen, que vuelve a vivenciarlos con su renovada presencia de siempre, en esos escenarios amenazados por la precariedad y la «saudade», ese intraducible término portugués, listo para recorrerlo antes de la llegada de otros.
Las tomas fueron realizadas en negativo color 120, escaneado y retoque digital, lo que para ciertos criterios ortodoxos disminuye el aura de la toma directa, la pérdida de la magia primera.
Como quizá también sucede con el montaje, ligeramente desangelado, como si faltara el clima propicio, ese que tozudamente persiste en las irresistibles imágenes.
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