En escena. La Comedia Nacional en obra de William Shakespeare

Macbeth, por la Comedia Nacional

De Mario Ferreira conocíamos la brillante "Sueño de una noche de verano", de Shakespeare. Luego obtuvo un merecido "Florencio" por "El último yanqui" de Arthur Miller; albergábamos grandes esperanzas por la pasión y muerte del "general Macbeth" como lo rebautizó Susan Sontag.

Escrito por: Jorge Arias |

Martes 27 de octubre de 2009 | 2:52
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Macbeth. Paradojalmente no comprometido.

Para nuestra percepción de la pieza, la idea de “Macbeth” es llevar a un grado de máxima tensión las antinomias del bien y el mal que caracterizan el alma del hombre; hasta qué punto somos a la vez, como escribió Oscar Wilde, infierno y cielo. Shakespeare nos presenta a un ambicioso cuyas armas son la traición y el crimen; pero este gangster medieval tiene escrúpulos y sentimientos de culpa. Quiere el poder; pero no es César Borgia. Valeroso guerrero tiene un talón de Aquiles: su imaginación. Como Hamlet a partir del fantasma de su padre, Macbeth lanza su carrera de criminal porque unas mujeres harapientas le dijeron que sería rey y que ningún hombre nacido de mujer lo vencería: hubo un estallido en su mente y la tragedia echó a andar. Con esta ilusión agregada a sus cualidades guerreras, fue imbatible; pero fue todo fe, que es como decir que fue todo imaginación, la más poderosa en un personaje de Shakespeare, después de Hamlet. Macbeth es crédulo y manejable; pero Lady Macbeth, que parece controlarlo y amaga cobrar proporciones de tragedia griega, deberá cederle el paso. Se apoyó en ella; pero es él quien sigue adelante. Queda el héroe librado a sus fuerzas; va a ser derrotado, porque el bosque, que no es tal sino hombres armados y camuflados, avanza, y porque Macduff, su Némesis, fue parto de un cadáver y no nació de mujer viva. Allí produce Macbeth, el último día de su vida, una portentosa transformación, en la que alcanza a Shakespeare, cuando identifica la vida con el teatro. Se sabe un actor y habla como Jean Paul Sartre: “La vida es una historia contada por un idiota, llena de sonido y de furia, que nada significa” (Sartre escribiría, algunos siglos después, “El hombre es una pasión inútil”). Shakespeare nos fuerza así a identificarnos con Macbeth; nos vemos en el espejo de un asesino que tiene un único momento de lucidez que se agotará en sí mismo, como la “pálida candela”. Aunque el valor no lo ha abandonado, y con el coraje puede regenerarse casi todo, esta transfiguración sucede demasiado tarde y debió oír cerca los pasos de la muerte para que sucediera. Como Macduff, tampoco nace de mujer, sino del monstruo que fue. Vive un instante de grandeza, al borde del abismo; y así ocurre con la grandeza. La tragedia es que muere, cuando ya había abandonado su crisálida y perece, por error, un hombre nuevo.

No podemos culpar a Ferreira por no compartir estos puntos de vista. Su visión, que es la de un hombre de teatro, debe ser la mejor. Pero, en el estreno al menos, no vimos una interpretación de la obra. Objetivamente vimos “Macbeth”, un “Macbeth” paradojalmente no comprometido, extrañamente neutral. Sucedió, además, en una escenografía neutral, ni extraterrena ni corpórea, con formaciones que no son ni árboles, ni fantasmas, ni sueños. Los versos de la sublime tragedia fueron dichos, pero no nos conmovieron. No le faltó nada a este “Macbeth”: nada, excepto la tragedia.

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