Llanto por El Tola
Esa pequeña comunidad, en la que todos se conocen al detalle que conocía mejor que nadie la calidad humana de El Tola, comenzó a fluir hacia la vieja casona de las calles Simón del Pino y Misiones, donde todos, alguna vez, por la razón que fuera, estuvieron. Y ahora volvían por cientos y miles, para despedir a uno de sus mejores vecinos.
También vinieron Juceca, Anhelo Hernández, Gladys Castelvecchi, y muchos otros que llamaban, llegarían a la madrugada de hoy o lo acompañarán hasta el cementerio del Norte, donde será cremado a las 13 horas. Es que más allá de su condición de artista excepcional o de intelectual de fuste, El Tola era un espléndido ser humano que forjó el cariño de todos.
Cuesta escribir en pasado, porque si bien era un inexorable, a ninguno se nos ocurrió pensar que este día llegaría. Tal vez teníamos la íntima convicción de que era inmortal, porque era parte del paisaje. No se puede imaginar a Piriápolis sin el cerro San Antonio; será difícil pensarlo sin El Tola.
Comunista, religioso, intelectual, tolerante, humanista, artista y sobre todo, buena gente, conformaron esa personalidad de tal forma que nadie, absolutamente nadie, pudo sustraerse al encanto que irradiaba.
Una vez me contó que a sus 30 años pasó por una crisis existencial y se le ocurrió que tenía que dejar Montevideo para ir a morir a otro lado. «Así llegué a Piriápolis, buscando el lugar para morir. Pero aquí me di cuenta que era exactamente el sitio donde quería vivir». Aquí conoció a su mujer; aquí nacieron sus hijos; aquí pinto su obra; aquí fue edil del Frente Amplio; de aquí se llevaron presos a sus hijos; de aquí su esposa tuvo que marcharse al exilio; aquí construyó muchas de las casas de la ciudad; aquí escribió; aquí tendió manos y puentes, aquí vivió. Y lo hizo en plenitud.
Cada vez que abrazaba desde su humanidad o tendía la mano cordial, la que no tenía ocupada con el cigarrillo, surgía esa mirada impresionante por la bondad que trasmitía. Supongo que era la misma que veían en él Maneco Flores Mora, Mario Arregui, el «Gallego» Montero, Carlos Maggi, amigos de todas las horas; amigos de la noche, amigos de la creación, todos integrantes de la barra del Metro donde surgió lo que se conoce como «la generación del 45″ con Angel Rama, José Pedro Díaz y Líber Falco, escuchando atentos a Paco Espínola y Juan Carlos Onetti.
Su vida fue como una gran anécdota que él mismo relataba con su risa fresca y cascada o que otros se encargaban de darle el tono de epopeya, que ahora sé, tuvieron sus 82 años.
El tipo sufrió hasta lo indecible durante los oprobiosos años de la dictadura. Primero se llevaron a sus amigos, algunos fueron asesinados; después se llevaron a sus hijos y finalmente tuvo que irse su mujer. De las ciudades del interior, Piriápolis fue de las más golpeadas. Su hijo Mario estuvo preso siete años y Claudio cinco. El mismo estuvo en la cárcel. Aún así, tuvo fuerzas para seguir luchando y para ser solidario con quienes lo precisaban.
Poco a poco fue recuperando la vida. Volvió Claudio, regresó Milka, recuperamos la democracia. Pero algunos de sus compañeros nunca más volvieron y esa fue una espina que sobrevivió clavada en su corazón.
El Tola se prometió que nunca sería cómplice de la intolerancia y que por sobre todas las cosas estaba el ser humano, con defectos y virtudes. «Al fin y al cabo no somos perfectos», solía decir, y después venía la risa. En agosto pasado participó de un acto de amistad con el ex ministro Benito Stern, en problemas judiciales, quien en 1984 le había prestado ayuda para que su mujer pudiera regresar. Adelantándose al futuro, dijo: «Probablemente mi presencia en este acto termine originándome problemas graves con mis compañeros. Pero siento que debía estar aquí, para expresarle mi apoyo a un amigo».
Poco después participó del lanzamiento de la obra del fallecido poeta Gustavo Lerena, notorio militante de Asamblea Uruguay y el jueves a la noche, horas antes de su muerte, habló en el acto recordatorio de los 25 años del asesinato de Eduardo Mondello, hijo de Pepe, el de las mejores fotos de Piriápolis, ultimado en el batallón de Ingenieros de Laguna del Sauce.
«Tenemos que dejarnos de pavadas y recuperar el sentido de la religiosidad», fue una de las últimas cosas que dijo antes de morir. Que a decir verdad era un sentimiento que venía expresando desde hace muchos años y retratando en su serie de cuadros gigantescos que llamó El Vía Crucis y que hace dos años expuso en Maldonado con auspicio de la Iglesia Católica.
Ayer, todos los que alguna vez recibieron su afecto y solidaridad estuvieron en su casa para decirle a Milka, a Claudio y a Mario, todo el dolor que sentían. Algunos amigos ya proponían que se de su nombre al Liceo de la localidad, actualmente sin nombre, liceo construido en parte por la lucha del matrimonio Invernizzi.
Eduardo Galeano escribió que «El Tola Invernizzi, que es del oficio, sabe que los pintores no van al cielo. Pero tiene esperanzas. Fuentes bien informadas le contaron que allá en las alturas han cambiado, en estos últimos días, las leyes de inmigración, y que ahora están otorgando facilidades. Ya San Pedro no alza la mano para impedirte el paso. ‘Usted no ha sido tan bueno como dice’.
En cambio, el portero de Dios te palmea la espalda: ‘Usted no ha sido tan malo como cree’.»
Ayer de madrugada El Tola salió, tal vez para comprobar si lo que le habían informado sus fuentes era cierto.
Sospechamos, que desde algún lugar con su infaltable cigarrillo en la mano, con su sonrisa franca y cálida, extenderá su mano sobre el hombro de todos y dirá: «No pierdan tiempo llorando por mí, los hombres que desesperan necesitan de ese tiempo y ustedes tienen que seguir luchando».
Compartí tu opinión con toda la comunidad