Sobre giles y atorrantes
Mucho ruido se ha hecho en los días pasados a propósito de dos calificativos empleados por sendos candidatos a la Presidencia.
El doctor Lacalle criticó las políticas sociales del gobierno sosteniendo que no era conveniente regalar dinero a 80 mil atorrantes, en referencia a los beneficiarios del Panes.
El senador Mujica, por su parte, exhortó a la militancia frentista a convencer a los indecisos diciéndoles que no sean giles, que no voten contra ellos.
En la polémica que sucedió a tales dichos y en los comentarios de prensa, los dos enunciados fueron presentados como equivalentes, con lo que quedó instalada la idea de que tanto Mujica como Lacalle habían ofendido a parte del electorado.
No obstante, entiendo que lo dicho por Mujica dista mucho de ser una ofensa, mientras que lo de Lacalle no tiene atenuante alguno. Me explico. En la adjetivación del presidenciable blanco hay un fuerte componente peyorativo y denigrante y subyace la idea de que esos 80 mil compatriotas son holgazanes, haraganes a quienes no vale la pena asistir. En cambio, la expresión de Mujica no fue un insulto por más que cualquiera podría sentirse agraviado si se lo trata de gil, esto es, de tonto. Pero el candidato frentista no se dirigió a los indecisos espetándoles «Sois vosotros unos giles»; ni siquiera se refirió a ellos diciendo «Son todos unos giles».
Lo que hizo Mujica es recurrir a una forma muy común de expresarnos cuando queremos pedir algo o enfatizar un estímulo. Cuando mi mujer me dice «Dale, no seas malo, acompañame al shopping», yo no recibo la idea de que me está tratando de malo (cualidad que no tengo ya que soy de una bondad infinita), sino que me transmite una idea de súplica o de estímulo a realizar ese maravilloso paseo. Del mismo modo, si un amigo le dice a otro, en referencia a una fámula «Cargátela, hablale ahora, no seas cagón», el interpelado no se ofende, porque no toma el imperativo negativo como una afirmación sino como lo que es: un estímulo.
–Y usté, Mendieta, no sea tacaño y págueme otra grapita.
–¡Qué lo parió!
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