Apología de la transgresión
Después de un largo silencio, el cineasta Philip Kaufman aborda la peripecia furiosamente al límite de un individuo como el Marqués de Sade en Letras Prohibidas. Estupenda reconstrucción de época y sugestivas ambientaciones para el alto rendimiento actoral de Geoffrey Rush, Kate Winslet, Michael Caine y Joaquín Poehnix.
A excepción de aquella obra maestra que fue Elegidos para la gloria, un filme basado en el no menos excepcional texto de Tom Wolfe en torno a los primeros pilotos astronautas, su obra posterior está vinculada a una estética del erotismo.
Logró ese –digamos– posicionamiento con su adaptación de la novela de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser, y cuando decidió recrear las transgresiones sexuales en aquel lejano París, meca de escritores como Anaís Nin y Henry Miller, en Henry y June.
La crítica se dividió después del impacto positivo de su ópera prima, pero Kaufman parece estar convencido de que las historias con envoltura transgresora son su sello.
En Letras prohibidas, pretende ir más lejos, en todo caso tan lejos como el personaje que aborda en la gestación de imágenes suntuosas y de una trama que construye una particular mirada histórica en torno a Donatien Alphonse Francois de Sade.
El Marqués de Sade en sus últimos años confinado en el hospicio de Charenton por la ira de Bonaparte; su vendaval amoral, su pasión animal, enfebrecida por escribir en torno a la sexualidad y sus variantes. Sade, el pornógrafo Sade, el libertino. O Sade, el anarco como ejemplo indiscutible, irrefutable –en el enfoque de Kaufman y sus guionistas– de la más auténtica, desgarradora y salvaje libertad de expresión.
Sade (encarnado estupenda y extenuantemente por un superlativo Geoffrey Rush) como medida de la transgresión. Como encendido escritor que escandalizará al establishment (interpretado con maestría y crudo refinamiento por Michael Caine) y a la chusma cuando publica su célebre novela Justine.
Ante cada acción, pues, habrá castigo, la idea de sanción para quien como Sade/Rush eluda con su operatividad vital las normas urbanas de convivencia, además de convertirse en una suerte de anticristo o demonio para la iglesia. En cierto modo aproximándose a Marat Sade, lo que busca rescatar Philip Kaufman dentro de la construcción de atmósferas sugerentes –y que transcurren de la luminosidad a una paleta agobiante– es ese modo de conducta, ese ir hacia la frontera sin que importen demasiado las consecuencias.
Eso significa Sade sin una lectura ética y moral que seguramente fomentaría al debate: ser por encima de las reglas, actuar de acuerdo a su visión de las cosas y de acuerdo a sus impulsos vitales, más bien viscerales.
Aunque, en definitiva, el debate en sí mismo lo promueve y lo provoca el propio Sade con su andar. Cuando ya encerrado seguirá ejerciendo la escritura desde la prisión valiéndose del boca a boca para que la fascinada lavandera (valiosa intervención de Kate Winslet) lleve esos perturbadores pensamientos al papel. O ya una vez más castigado, prosiga infatigable escribiendo con un hueso de pollo utilizando vino como tinta encima de una sábana o el que seguirá hasta el fin, cuando le quiten todo, escribiendo con sangre sobre su propia humanidad.
Hay un tremendo tour de force en la composición de Geoffrey Rush para ese indomable que fue Sade. Y hay un Kaufman tal vez pretencioso que lo sitúa en el altar con imágenes finamente elaboradas, como para gritarle a los cuatro vientos desde la pantalla: he aquí un antihéroe, un individuo que cruzó todas las fronteras en pos de hacer lo que creía necesario. Kauffman se pierde en intenciones.
Eso es Letras prohibidas una apología de la transgresión con momentos de gran intensidad dramática, aunque con resultados correctos en la construcción de secuencias donde el aplicadísimo rendimiento expresivo del elenco eleva la consideración final de las pretensiones de Kaufman. Puede verse.
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