Jean Bazaine
Con sus compatriotas Fautrier, De Stael, Estève, Manessier, Le Moal, la portuguesa Vieira da Silva, el japonés Zao Wou Ki, el ruso Poliakof, el canadiense Jean Paul Riopelle, emergió luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Fueron catapultados, con entusiasmo, por críticos y marchands y constituyeron el cuerpo principal de la abstracción en su vertiente lírica.
Muy pronto comenzaron a definir un estilo propio y mientras algunos se consolidaron en los principios iniciales, otros se orientaron hacia geometrización de planos de materia y el signo inspirado en la caligrafía oriental. Creció paralelamente al expresionismo abstracto en Estados Unidos y la aparición del informalismo los relegó al olvido.
Bazaine fue el más teórico. Dejó un par de libros y varios artículos sobre el arte y la pintura. Quizá porque empezó estudiando Letras en la Sorbona y a partir de 1924 se inclinó hacia la Escuela Superior de Bellas Artes de París. Amigo de Marcel Proust y de James Joyce, para no desmentir su vocación primera, hizo su aparición en una unipersonal de 1932.
En su larguísima vida, casi la del siglo, permaneció fiel a una condición pictórica típicamente francesa: un oficio sólido, un gusto elegante y sobrio en el tratamiento del color y la materia, una composición dinámica pero medida, los sentimientos sometidos al imperio del raciocinio. Hizo vitrales para varias iglesias, en un momento en que el arte religioso aceptó, potenció y difundió el arte abstracto, y sus cuadros figuraron en exposiciones internacionales. Su legado fue una lección de ética pictórica. Los críticos menores de sesenta años lo desconocen pero, como por razones culturales tienen tantos baches, no se nota una ceguera más.
Compartí tu opinión con toda la comunidad