La cantante se presenta hoy por primera y única vez en el país

Chavela en el Plaza

Todavía pueden adquirirse entradas en la Red UTS (Palacio de la música y Cd Warehouse), así como, más tarde, en la boletería del cine. Tertulia 250, platea 350, súper pullman 450, financiados por OCA en 2 pagos.

La simple mención del nombre de Chavela Vargas evoca instantáneamente toda una leyenda. Su biografía, plagada de exageraciones, mitos, rumores e increíbles historias, arranca un 17 de abril de 1919 en Costa Rica, en un tiempo de agitación social, luchas políticas y efervescencia artística. Ella no habla mucho de sus años de infancia, aunque se dice que sufrió muy pequeña un ataque de poliomielitis y que apenas pudo terminar sus estudios básicos.

Emigrada a México, pronto Isabel Vargas Lizano hace notar sus facultades para el canto. «En México todo el mundo canta», dice ella, «es un país musical, que está lleno de música. Basta con que haya mexicanos para que haya música». Así que no faltó la oportunidad para que Chavela mostrara su talento.

Y pronto, su fuerte personalidad y su excepcional carácter llamaron la atención de personajes como José Alfredo Jiménez, amigo de parrandas, tristezas y canciones, compositor único cuyos versos aún hoy Vargas canta en los teatros donde actúa. Tampoco olvidará aquella época de convivencia con Frida Kahlo.

La música mexicana vivía una época de oro: Agustín Lara, Lucha Reyes, Alvaro Carrillo, Lola Beltrán. Esa música con sus letras trágicamente sensibleras, era escuchada en toda América Latina, rivalizando con el tango y el bolero.

Una bohemia a la mexicana, con interminables noches en el Tenampa, rodeada de mariachis, amigos y tequila, copas para todos, apuestas, locuras. Asombrosamente, la artista salió con vida de muchos accidentes en lujosos coches deportivos y escapó a las balas que su propio revólver disparaba al aire.

Fracasos sentimentales minaban esa aparentemente recia personalidad. Chavela fue minando su salud y su autoestima. Llegaba borracha a los escenarios, cantaba una y otra vez la misma canción motivada tal vez por su propia desdicha. Y su fortuna económica, al igual que sus ganas de vivir, comenzaron a caer en picada.

Cuenta que aquel día estaba sola cuando salió a primera hora de la mañana en busca del alcohol y se sorprendió al encontrarse con que el resto de la gente ya estaba en la calle trabajando, luchando, viviendo. Fue el momento del último trago. Y decidió parar, dejar de beber para curarse las heridas por sí misma. Armada de una voluntad de hierro se encerró a cal y canto en su casa y dejó pasar el tiempo.

Cuando volvió a ver la luz del sol, el mundo había cambiado, pero mucha gente no la había olvidado. Y en España le aguardaba un renacer.

Pedro Almodóvar comenzó a incluir sus rancheras, que encajaban a la perfección en la estética kitsch de sus películas.

«Yo he tenido muy buenos amigos en la vida y Pedro es uno de ellos», confiesa Chavela. «No se necesitan mil años para ser amiga de una persona. Es cosa de un cierto momento y la amistad nace. Y entre nosotros hay un gran cariño».

También le esperaba el editor madrileño Manuel Arroyo, que comenzó a interesarse por los asuntos profesionales de Chavela y le propuso un nuevo contrato discográfico cuyos frutos fueron los discos Volver, Volver; La Llorona y Macorina. En España, el éxito de esa voz que en lugar de acompañarse por un grupo de mariachis se presentaba con un dúo de guitarras, fue arrasador.

En México continuaba olvidada y aún es difícil encontrar sus discos allí. Fue necesario que Chavela triunfara en el Olympia de París o en el Albéniz de Madrid para que finalmente su patria sintiera la necesidad de volverla a escuchar.

En 1966 Warner reedita sus tres discos anteriores y graba el cuarto álbum de su retorno: Somos, presentado con éxito en España.

Finalmente, en un concierto sin precedentes en el Teatro Bellas Artes de la capital azteca, cúspide absoluta de la alta cultura mexicana, Chavela se reencontró con su gente y obtuvo el triunfo más anhelado de su retorno.

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