Excelencias. Una actriz y autora y una compañía de ballet

Brillo en Festival de Porto Alegre

Giacomina en voyage (*), títeres de Donatella Pau (Italia) Los manipuladores no muestran especial destreza o gracia; los muñecos son decididamente feos; el pobre cuento de cómo Giacomina se desencuentra con su burro Bernabó y lo recupera, más los lances que le suceden por el largo camino a casa, donde se llega hasta el mal gusto, no merece ni siquiera el calificativo de rudimentario. Ni siquiera para niños.

Marleni (**), de Lea Dorn, en el teatro CIEE (Río Grande del Sur). La obra es conocida en Montevideo (puesta en escena de Mariana Percovich, con Miriam Gleijer y Stella Texeira). Trátase del encuentro imaginario de Marlene Dietrich, anciana y alcohólica, en su hotel de París y Leni Riefenstahl, que entra por la ventana y quiere filmar «Pentesilea» de Kleist con Marlene como reina de las amazonas. Cuentan un poco de sus vidas, Marlene luce sus desplantes y habla de Hemingway, se cruzan los inevitables reproches de nazismo a Leni con nebulosas acusaciones de promiscuidad a Marlene. Es discretamente entretenida, gracias a la puesta en escena, refinada e inventiva, de Liliana Sulzbach y Márcia do Canto y a la precisa y muy expresiva interpretación de Araci Esteves (Marlene) e Ida Celina (Leni).

La madre impalpable (***), de Jorgelina Aruzzi y Mario Merino (Argentina), en la sala Alvaro Moreyra, fue uno de los momentos más brillantes del festival y, para nosotros, la revelación de la entusiasmante Jorgelina Aruzzi. Como autora es inteligente y aguda; como actriz es incomparable por sus infinitos medios expresivos: gestos, expresiones, visajes, poses, dicción, modulación de la voz en volúmenes y ritmo, poder de sugestión y… podríamos seguir. Se luce también como escenógrafa y vestuarista. ¿Es necesario agregar que es linda? La idea de la historia de la terrible y desdichada madre del gordito Javi puede no ser demasiado original, pero su realización, línea a línea y escena a escena, es tan admirable como sobria.

Antes do café (**), de O’Neill, dirección de Celso Frateschi, São Paulo (teatro Bruno Kiefer) es, antes que la obra de O’Neill, un experimento sobre su pieza en un acto «Antes del desayuno». Su división en «movimientos» hace pensar en la «cantata» de recitado que trató de componer María Azambuja a propósito de «Stabat Mater furiosa». La dirección de Frateschi cumple acabadamente sus objetivos. La única mujer es amplificada a tres, aparece un narrador y pianista que dice, en parte, las acotaciones del autor norteamericano; para nuestra percepción el desarrollo se basa en improvisaciones de actores de diversos estilos, modo de construir que tiene sus riesgos en un estiramiento que desdeña el encanto de la unidad.

Les noces (***), ballet de Bronislava Nijinska sobre la obra «Las bodas» de Igor Strawinsky, y Serenade (**), coreografía de Balanchine sobre música de Tchaicowsky, por la São Paulo Companhia de Dança (teatro del SESI). Podríamos decir de estas dos piezas que más que acercarse a la excelencia navegan más allá de la perfección. «Las bodas», con sus campesinos, vestidos de amplios trajes regionales en blanco y marrón, que pretextan escenas de conjunto de gran efecto plástico, es una coreografía tan innovadora como lo fue la música de Strawinsky a comienzos del siglo XX; hoy, a casi cien años de su estreno (1923) la obra mantiene intacta su encanto, vitalidad y sobre todo su poderoso sentido rítmico. La coreografía de «Serenade», es más acorde con los moldes clásicos, pero la dificultad de los movimientos propone el riesgo, incitante y excitante, de intentar y a veces realizar lo que parece imposible.

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