Diana Veneziano. Autora, directora y actriz en Casa de los Siete Vientos

Adiós que me voy, por Polizón Teatro

Son viajes alrededor de mi cuarto, con algo de Alicia en el país de las maravillas y otro poco del inagotable El ropero de Narnia, de C.S. Lewis. Desde el comienzo, varias frases que se repiten aluden a los recuerdos y a su evocación.

Veneziano se distingue por su claridad de propósitos. No sólo aparecen, transparentes, a lo largo de la pieza. Los dice, con todas las letras, en el programa de mano: «dramaturgia… (es)…tejido de imágenes visuales y sonoras…que no se dirigen únicamente a la comprensión racional…sensaciones, emociones, conmociones que no se entienden intelectualmente pero se comprenden sensorialmente…» Cita a Artaud: «…la obra teatral es un tejido de imágenes visuales y de imágenes sonoras…» «Adiós que me voy» es una serie de imágenes, que ilustrarían distintas escenas, tituladas: «Adiós que me voy», «El engaño», «El viaje», «La primera vez», «Saludá», «La muerte», etcétera. Pero son las imágenes de un caleidoscopio. Algunas son hermosas, otras sugieren más imágenes y aún emociones; otras parecen vacías. Presenciar «Adiós que me voy» es como ver cuadros en movimiento; cuadros posiblemente «expresionistas», sin más hilo conductor que el azar de improvisadas rememoraciones. La autora ha recibido impresiones; no se atreve a tocarlas; cree que no puede ni debe organizarlas. Como le llegan las devuelve a la platea. Parece la puesta en escena de las ideas «quietistas» de Miguel de Molinos: inmovilidad ante el flujo de la vida, un ensimismamiento que pone distancia con el mundo, la suspensión sin plazo de la palabra y de la actividad racional. Unas líneas de Felisberto Hernández, una de las musas inspiradoras de Veneziano, lo dicen literalmente: «Por algo que yo no comprendo, esos recuerdos acuden a este relato. Y como insisten, he preferido atenderlos».

Pero el hombre lo quiera o no, es el «legislador del universo», el extraño portador de las formas sintéticas a priori que mostró Kant. No existe esa suspensión de la vida, esa sensación pura, separada de la percepción. Hay algo en todo esto de la ilusión de la «escritura automática» de los surrealistas; pero el arte, si no es racional, es organizado; puede no tener medida, pero debe tener ritmo. Los elementos dispersos no son, por sí mismos, nada; podrán ser útiles «para el empleo de una ilusión a describir».

No hay en «Adiós que me voy» nada más. Es algo; pero el teatro, ese lenguaje múltiple, da para mucho más. Los cuadros de Gorky, Kandinsky, Mondrian o Rothko son superiores a cualquier ensueño, a cualquier combinación de un caleidoscopio. Los restos de Itálica, «por tierra derribados» aluden a un templo; pero ese templo no existe ya. Los más hermosos poemas del futuro se harán con el alfabeto y la mejor música con el do, re, mi…; pero el alfabeto disperso es como los mármoles de Olimpia, que no llegan a dibujar una ruina. La gacetilla de prensa habla de «Residuos de imágenes, objetos, seres…» En efecto, hay basura en los sueños y en los recuerdos.

ADIOS QUE ME VOY, de Diana Veneziano, con Diana Veneziano, Norma Berriolo y Oriana Irisity. Luces de Ivana Rodríguez y Sergio de los Santos, vestuario y selección musical de Sergio de los Santos, dirección general de Diana Veneziano. Estreno del 29 de agosto, Casa de los Siete Vientos, Gonzalo Ramírez 1595.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje