Museo Zorrilla. Un acto emotivo con las instalaciones colmadas

Tributaron homenaje a Nilda Müller al cumplirse diez años de su deceso

Nilda Müller (1911-1999) fue recordada en un concierto en el hermoso Museo Zorrilla de Punta Carretas. Las instalaciones del mismo estaban completísimas y varias personas quedaron afuera. Es que pocas figuras culturales han sido tan emblemáticas como Nilda Müller. Su madre había creado una asociación que reunió a lo más selecto de los artistas e intelectuales nacionales y visitantes extranjeros y Nilda continuó de manera ejemplar el legado materno. El emblemático apartamento del Palacio Salvo, el número 741, fue el centro de reunión por las noches. Desde los años sesenta y hasta poco antes de su desaparición, y sin avisar y sin ningún pretexto, eran habituales las tertulias luego de un estreno, ya fuera teatral, musical o cinematográfico.

Nilda Müller era una anfitriona de excepción. Generosa y cordial, preparaba algún bocadillo (eran algo más, casi siempre) y las bebidas no escaseaban. Y el infaltable té, que sabía preparar bien a la inglesa. Fue el reencuentro de sus amigos íntimos. De aquellos que concurrían de manera repentina y sin avisar y los que asistían esporádicamente, en fechas determinadas. A su apartamento concurrían los talentos establecidos y jóvenes emergentes. Predominaban los músicos. Cantantes de ópera (continuó dando clases durante mucho tiempo) y concertistas locales, a los que se podía agregar algún visitante de fama. Los teatreros no faltaban, en especial los integrantes de la Comedia Nacional. Como los escritores y críticos. Eran los tiempos de la convivencia, más intima que las populosas de los cafés Sorocabana, Tupí Nambá o La Verbena, que no estaban lejos.

El apartamento chico siempre desbordaba de amigos. Y las opiniones y hasta discusiones ásperas, encontraban su cauce suave en la intervención casi siempre oportuna y de buen humor de la anfitriona. Fueron tiempos de fuerte compromiso social de la cultura en general, en los cuales nada permanecía ajeno a nadie, con una escala de valores y principios que remitían a una ética, inexorablemente, que hoy se han debilitado. Principios y valores es lo que se ha venido extraviando en el Uruguay contemporáneo, por obra de todo tipo (políticas, deportivas, sindicales, culturales).

Por eso, el homenaje a Nilda Müller en el Museo Zorrilla produjo, durante una hora y media, el pasado que fue. Las breves palabras de la actriz Claudia Rossi, amiga desde los comienzos de su carrera, situaron la atmósfera adecuada del encuentro. Siguieron los coros Pan de Luna, con dirección de Vida Bastos, interpretando obras de Fabini y Guastavino; el coro masculino Vox Mundi y el coro mixto Nilda Müller (en su debut oficial), ambos dirigidos por el maestro Fernando Berman, interpretando obras de Pracht, Beethoven, Guastavino, Schubert, Ascone y Raúl Montero. Montero, precisamente, acompañado por la guitarra de Ana María Pierotti, interpretó canciones propias («Cenizas al mar», dedicada a Nilda), entre otras. Nilda Müller hubiera aplaudido con entusiasmo.

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