Esculturas mal (tratadas)
El patrimonio artístico nacional es todo un problema. Ni la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, con toda su buena voluntad, es capaz de resolverlo, abocada honorariamente a un sinfín de asuntos de complejas y complicadas dimensiones. La ciudad de Montevideo es un ejemplo impar de la desatención municipal. Sucia y deteriorada, ya no es pertenencia del ciudadano y mucho menos del paseante. Sus plazas y calles no son acogedoras, ocupadas por vendedores ambulantes, permanentes y ocasionales, sin el cuidado y limpieza adecuados, con una cartelería y pasacalles de todo tipo, antirreglamentarios, pero tolerados por las autoridades comunales. Entrar en detalles (los alambres y cuerdas que envuelven las columnas de alumbrado, por ejemplo) es observar una acumulación deprimente de violencia visual. Quizás el intendente Ehrlich y el director de cultura Rosencof (que sí tiene tiempo para audiciones radiales y televisivas semanales) no recorren a pie tramos de la capital para comprobar las desventuras de las veredas rotas, las raíces de los árboles emergiendo en montículos, los recuerdos de las mascotas, los canteros vacíos esperando el turno de un árbol prometido de otro que se fue. La tristeza no tiene fin, dice la canción brasileña.
Mayor desazón causa el parque de Esculturas del Edificio Libertad. Es uno (quizás el mejor) de los más hermosos que tiene la capital. Es un parque indígena sembrado de anacagüitas, arrayanes, ceibos, cedrones, espinillos, guayabos, lapachos y ombúes, entre otras variedades que lo hacen único. Los arquitectos Benech y Danza lo diseñaron y tuvieron el acierto, por iniciativa del por entonces presidente Sanguinetti y de Kalenberg, director del Museo Nacional de Artes Visuales, de reflotar la frustrada iniciativa del parque Roosevelt, incorporando esculturas, esta vez exclusivamente de artistas nacionales. Todo un acierto. Un espacio verde para envolver y apaciguar la mole de cemento del edificio central, proyecto formal e ideológicamente de indesmentible prosapia dictatorial.
Cuando se inauguró en 1996, había dos instancias para disfrutarlo. De día, a pleno sol, y de noche, en una atmósfera de extrañas resonancias poéticas. Ahora, desaparecidas o robadas las 150 luminarias embutidas en el césped (así como las placas de bronce), la oscuridad nocturna es totalmente impenetrable. Doce esculturas que corren el riesgo de desaparecer. Una, de Salustiano Pintos, proveniente del parque Roosevelt, llevada por la tempestad, yace en algún depósito. La réplica en madera de Francisco Matto, sin el tratamiento adecuado, se balancea y está a punto de caer. Otra, en madera, de Ricardo Pascale, da lástima. Las baldosas faltan de la plataforma donde descansa la de María Freire, los graffitis se extienden por las superficies de las obras pertenecientes a Gonzalo Fonseca, Mario Lorieto y Manuel Pailós, con el agravante, en este último, de que el pequeño espejo de agua se convirtió (para evitar la limpieza) en un relleno de tierra, desvirtuando la obra.
Algunas esculturas han resistido gallardamente y hasta mejorado con el paso del tiempo. La serie de Silveira y Abbondanza adquirió una pátina que la integra dulcemente al paisaje, y la de Octavio Podestá, su capolavoro, persiste en el noble emplazamiento, al igual que la de Nelson Ramos.
Hay un guardia uniformado rifle en mano, pero no hay cuidadores ni conservadores. El Edificio Libertad dejará de pertenecer al Poder Ejecutivo y pasará a la órbita de Salud Pública. Corre el rumor, absolutamente infundado, por delirante, que las esculturas serán ubicadas en el Parque Rodó.
El parque y las esculturas que rodean al Edificio Libertad deberían ser declarados patrimonio histórico nacional y mantenerlos con la dignidad que merecen. Politizar el tema (que a eso se resume la renuencia a la conservación elemental) y no atender a su valor artístico y a la imaginación de talentos uruguayos que trabajaron con total libertad, sería persistir en la ignorancia o en la simple estupidez, impidiendo a la población el disfrute democrático de la cultura en exigentes condiciones de apreciación.
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