Traffic, de Steven Sodebergh

Todos somos drogadictos

Parece haberse vuelto el nuevo niño mimado de Hollywood: Steven Sodebergh ya no es aquella maravilla que partió del Sundance Institute al mundo y que amparó y estimuló el cineasta alemán Wim Wenders y que, por supuesto, premió en Cannes cuando jovencísimo presentó Sexo, mentiras y video, su ópera prima y a la vez su película maestra a la fecha.

Ahora es el joven maravilla que va camino a ser bendecido por la industria de Hollywood porque, según sus propias declaraciones, ya no es tan importante saber cuál es el punto de vista que anima a Traffic, sino el de ganar dinero.

Y pues que cada uno haga la lectura personal de esta historia de trazo épico, previsible y epocalmente corrupta, posmoderna en sus dichos (los miles y miles de votantes que se pierden por su condición de adictos, ya lo había advertido hace más de un decenio Jean Baudrillard, el semidiós de la condición posmoderna, en su libro de ensayos América), demarcadora furiosa del enemigo exterior (los sudacas y, en este caso, los «chingados» de los mexicanos) que estimula al enemigo interior (ese alienígena que ya está dentro de la casa de los magistrados inhalando cocaína prácticamente pura o pinchándose agujas con heroína), violenta en los roces de los incidentes planteados.

Toda una postura, la de Sodebergh, al borde de su canonización por parte del establishment cinematográfico: la anécdota está allí desarrollándose con sus diversos eventos y el cineasta no parece hacerse cargo, más allá del aparato formal (rigurosamente desplegado) o de estilo con que ha rodado una red argumental muchas veces vista y que, en Traffic, para colmo, llega a tener emanaciones racistas cuando el technicolor tiñe las locaciones y escenas norteamericanas y el sepia amarillento y borroso al momento de estar en México, sitio desde donde parte el conflicto del relato. ¿Qué te pasa Sodebergh? Filma un posible estado de las cosas, pero se desapega para esquivarle el bulto a la polémica que promovió Traffic, especialmente en Nueva York: si habrá que despenalizar o no las drogas.

Todo cambia así nomás, aunque Sodebergh –si pensamos retrospectivamente en su filmografía– tenga esa sensibilidad diferente para narrar historias como se entrevió en la deliciosa El rey de la colina (una poética crónica de la época de La Gran Depresión, a partir de la aguda mirada de un niño) o ingresar en la telaraña escritural para practicar una estupenda versión de Kafka. O hacer, al fin ya desde adentro de la industria, un policial ingenioso en trabajar con las variaciones del género en Un romance peligroso. Y salir de los rieles industriales para fundar un policial personalísimo y perturbador como Vengar la sangre (uno de los estrenos mayores de 2000).

Ahora lisa y llanamente dos de sus largometrajes amparados por la industria hollywoodense disputarán estatuillas en diferentes categorías y en particular en la de «mejor película» precisamente con Traffic y con la «humanista» True story (a solicitud de Julia Roberts, otra favorita a ser galardonada), Erin Brockovich. Esta última es asunto menor, pese a los esfuerzos denodados de la Roberts y de lo delicado del tópico tratado: el de la contaminación ambiental y la muerte de varias personas en un suceso lamentable que proviene de la más desgarrante realidad real.

Traffic, es decir tráfico. O, en todo caso, tránsito veloz como una inhalación o como un asalto furioso de los agentes de la DEA o el FBI o como los personajes que van y vienen incesantemente de México a los Estados Unidos y viceversa, o por dentro del territorio que expande el veneno a través de cárteles de la droga o del sacrosanto puño de la libertad (encarnado por una figura como Michael Douglas, el rostro falsamente de papanatas del propio sistema tan agujereado por la corrupción interna) que recorrer las ciudades llevando un mensaje que –en rigor– nadie oye.

A tal punto es desoído que, su propia hija (Erika Christensen), llega al punto de prostituirse para conseguir merca. Y a tal punto es desoído este zar de este nuevo Vietnam, o guerra deliberadamente perdida, que hasta su mujer (Amy Irving) ya sabía lo de la muchacha y fue complaciente en honor a aquellos años en que más jóvenes también se la daban, you know, man.

Hay una sensación de que el filme, más allá de estas consideraciones, no llega a cerrar el tópico candentemente tocado. O sí, la bienhechoreidad gana momentáneamente la pulseada cuando hacía el epílogo papá y mamá participan del programa de rehabilitación de su hija o cuando Benicio del Toro (brillante performance y Oscar cantado, único personaje que regala honestidad, carnalidad y pisa en la realidad real, frente a los estereotipos y las convenciones del resto de los personajes), en ese México polvoriento y tercermundista, logra distenderse y ver a los pequeños jugar baseball bajo luces de neón. Optimista (falso) Sodebergh, pero vale toda intención.

Las cámaras delatan, afirman y confirman, y no hay lugar a dudas dónde está el enemigo (ese hijo de puta del general del lado mexicano que construye con convicción Tomas Millian y que tortura sicarios y lo que se ponga a tiro), reconocen la espacialidad y los personajes todos involucrados en la misma cadena de favores del tráfico de drogas («Estás tan metido en esto como yo», le dice agudísimamente el pasador de drogas que compone soberbiamente Miguel Ferrer a los agentes encarnados por Don Cheadle y Luis Guzmán; «ustedes saben que esto va a seguir funcionando»), pero al asunto le falta reflexión. Porque semejante tema no puede reflexionar en la propia gestión o acción, o tal vez sí, pero en Traffic en el viejo y querido vuelo de las buenas intenciones.

Todos forman parte del mismo discurso sin dobleces, tan esquemático como frío en su exposición: el traficante que encarcelan (Steven Bauer), su esposa (Catherine Zeta Jones) que se escandaliza y que decide pagarle a un sicario para desaparecer de la faz de la tierra al informante (Miguel Ferrer) que declarará en tribunales y así no perder su calidad de vida, el boludito del policía que gana 300 mangos y se ve tentado a pasar información de los cárteles y lo hacen boleta (Benjamin Bratt) y así sucesivamente previsto y sin sorpresas.

Traffic es un simulacro de filme antisistema. Posee altos rendimientos actorales y se admite la gran solvencia de los recursos formales (tan vistos en filmes como los últimos de Oliver Stone), pero es todo tramposo: en casi tres horas de metraje parece que pasa de todo, y en realidad no pasa nada y la rueda seguirá girando.

Irrita que un talento como Steven Sodebergh, haya arribado a los dominios del «talentear». Del virtuosismo que se hace añicos, si realmente se hurga a fondo en los contenidos de su película. Una película de tráfico convencional de pasajeros veloces, de una épica que cita en definitiva la noción verdadera de épica.

De todo esto, solamente queda el personaje de Benicio Del Toro por ser el único que logra zafar a tanto lugar común en este planeta en que, mal o bien, todos somos drogadictos, incluyendo la adicción de Sodebergh y su voracidad sin abstinencia de alcanzar las mayores estatuillas posibles en la próxima entrega del Oscar.

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