VUELVE LA MAGIA DE UN PRODUCTO ALTAMENTE RENTABLE
Probablemente Joanne K. Rowling, la autora de Harry Potter, nunca imaginó el revuelo que iba a causar su aprendiz de hechicero mientras lo engendraba por el año 1990.
Casi veinte años después, el mago es una suerte de marca registrada que garantiza un importante éxito comercial, tanto en las librerías como en la pantalla grande. Si bien podían rastrearse vestigios de mundos literarios generados por autores de la talla de Tolkien o Lovecraft, el caso es que Potter tuvo, desde un principio, una fulminante aceptación en el mundo juvenil que determinó obviamente su traslado al cine, donde el suceso se multiplicó como epidemia. Curiosamente, ambos rubros se retroalimentaron a través del tiempo e instalaron una mítica popular reconocida por sus fanáticos hasta en los mínimos detalles. (Algo que también se ha dado en «Stars Wars» o «Viaje a las estrellas» y da cuenta del impacto causado en el mundo entero).
El caso es que hoy por hoy estamos frente a una nueva producción de título enigmático, «Harry Potter y el misterio del príncipe», que promete reeditar los éxitos que ha venido acumulando desde la primera película («Harry Potter y la piedra filosofal», año 2001) y sumergirnos en ese universo de brujas, dragones y maleficios al por mayor.
Desde un punto de vista estrictamente literario, la propuesta de Rowling podría considerarse apenas aceptable (aunque pueden darse casos más flojos como el de Stephenie Meyer, la escritora mormona de «Crepúsculo») pero de gran penetración entre un público infantil y pre-adolescente que necesitaba su espacio fantástico propio y generacional para diferenciarse de otras propuestas anteriores. Ese nicho, evidentemente, lo ocupó Potter (una especie de Clark Kent infantil con el enorme potencial de sus poderes mágicos que le permiten salir de un mundo rutinario y sofocante). Esto, en términos psicológicos puede denominarse como simple y reconfortante evasión de una realidad anodina.
Es además la continuación de esos juegos infantiles que transforman sillones en castillos y «fabrican» zonas de aventura en el patio trasero de una casa. De esta manera, el mundo de Potter propone un Colegio de Magia y Hechicería (Hogwarts College) donde las «opacas» materias de la educación sistemática ordinaria han sido suplantadas por otras disciplinas como «Defensa de las artes oscuras» entre otros nombres rimbombantes. Es una manera de subvertir una existencia aburrida y monocorde estableciendo que la pared de una estación de trenes londinense (Plataforma 9 de King’s Cross) se transforma en el pasaje a la dimensión desconocida y aprender a volar es parte del aprendizaje. Para esto es necesario ser un chico diferente (¿fantasioso quizás?) y no formar parte de esa mayoría mediocre y vulgar que, en la literatura de Rowling, aparece calificada como «muggles», aquellos seres humanos incapaces de percibir al mundo mágico detrás del mundo real.
Es así, entonces, que «El misterio del príncipe», sexto libro y sexta película en perfecto encadenamiento histórico secuencial, toma nota además del paso del tiempo y de los cambios hormonales de sus personajes (quizás esto no hubiera ocurrido si los libros no hubiesen sido trasladados a la cinematografía, que registró dichos cambios en los protagonistas).
De todas maneras, esta teorización periodística poco va a cambiar el pronosticado suceso en taquilla que siempre depara el joven mago. Amparado en una difusión mediática de escala planetaria, Potter vuelve a las andanzas en un territorio poblado de espectros, profecías y duendes para seguir luchando contra su archienemigo, Lord Voldemort. ¿Será la penúltima?
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