Entre la pasión provocadora y la génesis de la creación literaria
En «Cartas de un joven escritor», el docente e investigador uruguayo Hugo J. Verani aporta una nueva visión de la personalidad del emblemático narrador uruguayo Juan Carlos Onetti, de cuyo nacimiento se conmemoró recientemente el primer centenario.
El autor, que se ha especializado en las vanguardias literarias de Hispanoamérica, asumió el desafío de compilar y editar sesenta y siete cartas remitidas por el joven Onetti al plástico y crítico de arte argentino Julio Payró, con quien mantuvo una entrañable amistad.
Este valioso material, que naturalmente permanecía inédito, es atesorado por los archivos de dos prestigiosas instituciones norteamericanas: la Research Library del Getty Research Institute de Los Ángeles, California, y la Hesburgh Library de la University of Notre Dame de South Bend, Indiana.
Las cartas corresponden al período 1937-1955, que coincide con la génesis y el comienzo de la prolífica carrera literaria del por entonces muy joven escritor.
Pese al cuidado trabajo de edición, los textos conservan la espontánea frescura y frontalidad que les supo imprimir su autor, así como su fuerte acento coloquial.
Es precisamente ese respecto por las formas y los contenidos lo que permite sumergirse en la fascinación de estas sugestivas epístolas, que marcan las diversas inflexiones emocionales del emblemático narrador uruguayo.
Juan Carlos Onetti y Julio Peyró se conocieron en 1936, cuando el escritor uruguayo era un esperanzado veinteañero que aún no había debutado en el ámbito editorial y Payró diez años mayor que él- era ya un artista y crítico muy prestigioso y reconocido.
Esa diferencia de edad no fue óbice para que se generara un fraternal vínculo amistoso entre ambos, favorecido por una visible afinidad intelectual y confluencia de intereses.
Las cartas que tienen mucho de aventura de descubrimiento- revelan que Onetti confiaba mucho en el juicio de Payró, al punto que solía enviarle los textos de sus cuentos o novelas, incluso antes de remitirlos a la casa editorial que se haría cargo de su publicación.
Para el joven narrador, la opinión de su amigo resultaba ser crucial, lo que trasunta el respeto y la admiración que profesaba por su criterio y sus cualidades de analista.
Esta obra presenta, como pocas, al Juan Carlos Onetti de carne y hueso, pasional, desafiante y visceral, que, en la segunda mitad de la década del treinta, luchaba denodadamente por conquistar un espacio en el universo literario rioplatense.
De algún modo, podría afirmarse que esta obra construye una visión claramente desmitificadora del célebre escritor uruguayo, absolutamente distante del pedestal que ocupó décadas después, cuando cosechó el preciado Premio Cervantes.
Sin embargo, aunque el Onetti de este trabajo es una persona humilde y realista, ya afloraba una personalidad rebelde por antonomasia, que denostaba la frivolidad de la clase intelectual de la época y el estilo de vida pequeño burgués que siempre despreció.
En el extenso prólogo de este libro, Hugo J. Verani ensaya una profunda reflexión en torno a los intereses comunes que unían a ambos artistas y a la pasión de Onetti por la pintura y su admiración por Joaquín Torres García.
Aunque no era un entendido en materia de plástica, el escritor siempre demostró una particular sensibilidad para degustar, apreciar e interpretar los códigos y lenguajes de esta manifestación artística.
Las primeras cartas, que están fechadas entre 1937 y 1938, descubren a un Onetti cuya personalidad oscila permanentemente entre la euforia y la depresión, acorde a los vaivenes de su vida profesional y afectiva.
El desempeño de actividades nada creativas para subsistir con la mayor dignidad posible, parecen atormentar al joven narrador. Para él, la escritura ya era una suerte de vicio irreprimible.
En ese contexto, más de una carta alude a su trabajo en una empresa de comercialización de automóviles, cuyas exasperantes rutinas notoriamente lo disgustaban.
Sin embargo, jamás claudicó en su razonable aspiración de dedicarse plenamente al oficio de escribir, que cultivaba cotidianamente como una pasión.
Aunque es notorio su afecto y respeto por Payró, ese crucial vínculo también responde a la emergencia de acercarse más a Argentina y a la posibilidad de acceder a un mercado más acorde a sus aspiraciones de publicar o trabajar dignamente.
En los textos, que mixturan el relato autobiográfico con la reflexión, aflora un Onetti ansioso por dedicarse en cuerpo y alma a lo que ama y hasta la utopía de la editorial propia.
Sin embargo, ese proyecto naufragó amargamente, porque el escritor no tenía ninguna vocación empresarial y su temperamento algo bohemio marcaba un derrotero existencial radicalmente diferente.
En la mayoría de las cartas de la década del treinta, el autor trasunta un hondo desencanto por la indiferencia demostrada hacia su escritura y las dificultades para publicar.
Incluso, las propias apreturas económicas van marcando el rumbo cardinal de su carrera, ya que escribe con la urgencia de participar en concursos literarios y ganar el dinero que le permita subsistir.
A este período corresponde la creación de «El pozo», su primera novela édita, que fue publicada en 1939 y supuso toda una revolución en el universo de la narrativa contemporánea.
Por entonces, Onetti intercala sus comentarios sobre literatura y arte pictórico con sus reflexiones sobre la política mundial, demostrando una sorprendente clarividencia para anticipar lo que sucedería en Europa, incluso antes del estallido de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial.
Obviamente, el narrador refiere a su experiencia de trabajo en el emblemático semanario Marcha, que nació inicialmente como un tímido proyecto periodístico. Sin embargo, con el tiempo, se transformó en un disparador de la conciencia crítica nacional, hasta su definitiva clausura durante la dictadura.
Este periplo epistolar, que se extiende hasta mediados de la década del cincuenta, transita también por otros momentos de la vida profesional del gran creador compatriota, como su tarea periodística en la agencia internacional de noticias Reuter.
Las cartas, transformadas a la sazón en fértil territorio literario, aluden, tangencial o explícitamente, a otras dos obras referentes de Onetti: «Para esta noche» y «La vida breve», cuya creación coincide con el período abordado en los textos compilados.
También en estos dos casos, el excepcional narrador debió luchar tenazmente para lograr la publicación y así comenzar a construir su propio destino.
Aunque estas reveladoras cartas desmitifican en muy buena medida al Onetti parco y hosco que suele conocerse, igualmente explicitan su personalidad bastante desencantada, su radical soledad, su adicción por el alcohol y hasta la recurrente inestabilidad de su vida afectiva.
«Cartas de un joven escritor», que tiene naturalmente mucho de documento histórico, es la crónica de una entrañable amistad entre dos artistas, pero también de la cultura de una época y la personal percepción sobre trágicos acontecimientos que estremecieron al mundo contemporáneo.
Pese a que en esta oportunidad la obra del escritor no es la materia estudiada, la abundante correspondencia presentada resulta singularmente esclarecedora para interpretar cabalmente el espíritu crítico e iconoclasta que impregnó la obra del emblemático Juan Carlos Onetti.
(Edición de Trilce)
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