Opinión. Grato regreso de Jean Paul y de Rocío Villamil

A puerta cerrada, de Sartre, en  teatro del Museo Torres García

En esa época Sartre y el existencialismo eran lecturas obligatorias, casi un catecismo, para las élites intelectuales. Hubo una especie de dictadura moral por la que ningún artista podía atreverse a existir si no era un escritor «comprometido». Desde los cafés de Flore o des Deux Magots, en París, Sartre dictaba la ley.

Había heredado y asimilado lo peor de Marx, uno de sus más claros antecedentes: por una parte el gusto por la invectiva despiadada y la facultad de aburrir a lo largo de cientos de páginas de árido razonamiento. Pero no tenía el genio de Marx. Le es inferior como escritor; es mucho más débil aún como analista de la historia, materia en la que nunca deja la sensación, que suele dar Marx, de una clarividencia sobrehumana. El talento de Sartre se consumía en el hoy, en lo inmediato, casi diríamos en lo anecdótico, como en sus encarnizadas polémicas con Camus, Garaudy o Lefort.

Sartre, que personalmente era de hábitos simples y «burgueses», hacía mucho ruido; tenía talento para el bochinche; su revista «Les Temps Modernes» era provocativa, afilada y valiosa; pero ni ese talento ni ese ruido estaban mal empleados. Ello, por momentos, le valió ser la consciencia crítica de la Europa pensante, siempre alerta para denunciar en el acto cualesquiera injusticias, errores, discriminaciones, represiones o abusos de poder llegaran a su mesa de trabajo; y no vaciló en chocar y polemizar con el entonces poderoso Partido Comunista francés. Hizo ruido con sus obras; y es lógico que casi todo escritor lo intente. ¿Quién se había atrevido a escribir una pieza de teatro cuyo título fue «La prostituta respetuosa»? Sartre. ¿Quién asumió la defensa de Genet, ladrón y homosexual, al que dedicó el copioso libro «Saint Genet, comédien et martyr»? Sartre.

Por eso esta reposición de Rocío Villamil debe ser bienvenida. En primer lugar, por permitir la revaloración del arte dramático de Sartre. La situación de «A puerta cerrada» es conocida: los tres personajes han muerto, están en el infierno por varios pecados ­y aún crímenes­ que se revelarán a medida que se suceden las escenas. Discuten, se atacan, tratan de seducirse. Uno de los personajes es una lesbiana, a quien la muerte no ha apagado los fuegos. Otro es un traidor. En ese establecimiento penitenciario no hay parrillas atendidas por diablillos con tridentes, sólo la soledad a tres. El infierno son los otros. Están condenados a maltratarse por la eternidad. La idea podrá discutirse: el cielo, a veces, son los otros. Pero el don verbal de Sartre pasa por encima de estas minucias y de toda preocupación de coherencia. Allá va, desde el comienzo, seguro de sus demostraciones concluyentes, firme como un profesor, nada tiránico pero frío e insensible, que demuestra en el pizarrón un teorema de matemáticas. La obra sigue a la palabra; los personajes no se nos paran delante, no nos dicen su vida y su presencia: son fantasmas que, todos ellos, dicen la epístola edificante del autor, como preconizaba San Pablo, con ocasión y sin ella. Es posible que la obra no convenza, pero sí vence, se impone, triunfa todavía. Curiosamente, no hay tesis en «A puerta cerrada»; es evidente que Sartre no se propuso ninguna demostración, ni aún indirecta. El suyo es un triunfo de abogado, de orador, de loco. Todos los personajes tienen sus pecados. Nosotros los tenemos; estamos todos condenados. Sartre nos mira desde el Sinaí portátil de una mesa de café y truena este sinsentido: «El hombre es una pasión inútil». Sonido y furia; pero el sonido nos envuelve y la furia aún nos sugestiona.

Esta fuerza ha sido atendida con toda exactitud por la puesta en escena de Rocío Villamil. Hay una comprensión exacta del poderoso texto, una graduación sabia en las verdades ocultas que van siendo reveladas; finalmente, hay una interpretación de primer nivel. José Serra entró un poco inseguro el día del estreno (entraba nada menos que al infierno) pero se afirmó después con intensidad y comunicación. Rita Olivera, que ya ha actuado bajo la dirección de Rocío Villamil, se mostró serena e impecable; Fernanda Uhia compuso a satisfacción al tercer personaje. Un grato y nada extemporáneo regreso, este de Sartre; pero también es grato el regreso de la directora.

A PUERTA CERRADA, de Jean­Paul Sartre, con José Serra, Rita Olivera y Fernanda Uhia. Vestuario y ambientación de Grupo La Mirada, dirección de Rocío Villamil. En teatro del Museo Torres García.

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