QUIROGA A TODO COLOR, EN LA FUNDACION ESPINOLA GOMEZ

Esa constante es que, al salir del teatro, no sabemos del héroe ni una anécdota más respecto de lo que conocíamos al entrar. En este caso la desazón es peor. No sólo no aprendemos nada nuevo de Quiroga; sólo si sabemos bastante podemos entender, y eso hasta cierto punto, es lo que ofrece esta pieza. No son claras, por ejemplo, las alusiones al veneno: la primera esposa del escritor se envenena, pero también pudo ser el cianuro que ingirió Quiroga para adelantarse al cáncer terminal de próstata. Suceden, ingrávidos y desasidos, la muerte accidental de Federico Ferrando, por una bala que dispara Quiroga, la peligrosa vida en la selva, el raro aprendizaje de los niños Eglé y Darío, el accidente con la escopeta que mata al padre, las alusiones a «El almohadón de plumas», las latas de galletitas con diversos fines de archivo. Quiroga (Fernando Nieto) se proclama, de frente al público, rotundamente modernista y renovador, lo que habría de justificarse en el epígono de Heredia que escribió «Los arrecifes de coral» y el imitador de Poe y Maupassant. Pero nada sabemos de su arte, de sus éxitos o fracasos como escritor; mucho menos hay en la pieza un examen crítico del escritor, una justificación de por qué lo representamos ahora, en el siglo XXI. ¿Por qué Quiroga y no, por ejemplo, Alberto Nin Frías, Víctor Pérez Petit o Carlos Roxlo?

Desde el punto de vista de la escritura, el texto es desesperantemente pobre; en particular el monólogo, reiterado con variaciones, que comienza «Como todos los días se levanta el hombre a las seis de la mañana». El libreto tiene casi todos los defectos de la mala literatura: énfasis y solemnidad, cargosas repeticiones, frases y situaciones de impenetrable sentido, ausencia de ideas, dialéctica, crecimiento y progresión, pobreza de vocabulario. Sin duda Nieto no tuvo en cuenta, en esta obra que se autodefine como narración, el octavo mandamiento del decálogo del escritor de cuentos del mismo Quiroga: «Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea».

Pero nos parece evidente que el talentoso autor de «Quiroga con la luz prendida» tenía otros propósitos. La obra se escribió para una puesta en escena de la que debemos decir que es sorprendente, curiosa, peculiar, singularmente cuidada y quizás única en su género. La presentación escénica (escenografía del autor, Fernando Nieto) es refinada y bien compuesta plásticamente; lamentamos no saber a qué vienen los historiados paneles plásticos transparentes que dividen en dos el escenario. La acción comienza y prosigue, luego de algunos intermedios, con evoluciones geométricas de los personajes, movimientos que pertenecen al ballet; y durante toda la obra la coreografía (de Patricia Mallarini) y la música (también de Fernando Nieto) tienen una importancia protagónica.

Finalmente, merece todo un capítulo el fenomenal vestuario (Pablo Auliso y Cecilia Prigue). Los personajes se visten y desvisten sin pausa, y no hay una sola pieza de su atuendo que, considerada en sí misma, carezca de interés. Pero una vez agotada la posibilidad de la sorpresa y del placer estético lateral que los trajes deparan, una vez que advertimos que no siempre el cambio de atavío corresponde a un personaje diverso, esta exuberancia caleidoscópica se nos presenta como un acto de pura imaginación, como un espectáculo en sí mismo, desconectado de Quiroga y cuyas claves, si es que existen, no nos son dadas.

El mero despliegue coreográfico y plástico con ser considerable, no alcanzaría para justificar, ni mínimamente, la obra; pero se suman Fernando Nieto director, Fernando Nieto actor y las actrices Bettiana Pastrana (que en general y hasta donde podemos arriesgarnos, representa a Eglé Quiroga) y Leticia Sarante. En el aspecto de la puesta en escena, «Quiroga con la luz prendida» tiene verdadero mérito y hace lamentar que no esté apoyada en un libreto mejor, en una investigación original, en verdadero trabajo de creación, menos complaciente consigo mismo, sobre todo menos «literario». Hay todo un proyecto de dirección en marcha, nada simple ni obvio; hay un ritmo y un sentido casi magistral del espacio escénico; y es de toda evidencia la conmovedora aplicación que demandó, nada exhibida sin embargo, este «Quiroga con la luz prendida». Finalmente, los tres actores lucen una convicción y hasta una personalidad que apenas puede creerse, si tenemos en cuenta la endeblez del texto. Nieto, que es toda una presencia en el escenario (con algo, para nosotros, de Joachim Phoenix), dio una imagen disidente, pero verdadera, de Quiroga: fue el niño bien, elegante y seductor, el hijo del cónsul argentino en Salto, el play boy que viaja a Europa en primera clase y no el hirsuto morador de una selva que, como la literatura, se le resistió siempre… o casi siempre.

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